La sorprendentemente larga lista de guerras y revoluciones causadas por pedos

"Y Amasis, ni corto ni perezoso, me respondió tirándose un pedo".

El ser humano ha desarrollado una peculiar relación de amor y odio hacia las flatulencias. En función del contexto y de las personas involucradas, un pedo puede interpretarse en clave cómica o puede obtener un significado ofensivo. Si una persona optara por lanzar uno sobre tu cara, tu lógica reacción oscilaría entre la indignación y la agresividad. Nadie podría culparte.

Así las cosas, y pese al aspecto trivial de su existencia (son un producto natural de nuestro organismo, al fin y al cabo), es normal que determinados pedos hayan marcado el rumbo de la historia. No a gran escala, sino a través de pequeñas revueltas, enfrentamientos, confusiones y hasta guerras que, sí, en su origen se debían a una Histórica Flatulencia. Pedos capaces de levantar en armas a una nación.

Naturalmente, los registros más antiguos de tamañas leyendas se remontan a los tiempos de la Antigüedad griega y romana. Se sabe que el primer historiador que dató una revolución causada por un pedo fue Heródoto, quizá el más grande de su tiempo y cuyas obras, muy especialmente Historias, sirven aún hoy como fuente esencial para entender el mundo de nuestros antepasados. Es allí donde encontramos la historia del pedo de Amasis.

Mi reino egipcio por una flatulencia

Amasis era uno de los generales de confianza de Apries, también conocido como Haaibra-Uahibra, uno de los faraones de la última dinastía del Antiguo Egipto. Por aquel entonces, la proyección del antaño glorioso imperio no era boyante en demasía, por lo que Apries tuvo que lidiar con un sinfín de problemas bélicos relacionados con la expansión de otros molestos vecinos (como los griegos, los babilónicos y los judíos).

El origen de su desgracia quedaría ligado a una de las muchas invasiones que sufrieron sus dominios. Cuando los griegos micénicos se adueñaron de una gran parte de la actual Libia, Apries envió a un puñado de soldados "nativos" y de tropas mercenarias (combatientes extranjeros pagados a sueldo sin mayor lealtad que el dinero). La campaña fue un desastre legendario y causó un gran malestar entre las tropas leales a Apries.

En la provincia se desató el caos y se sucedieron los motines. Los soldados egipcios y los mercenarios, devastados, se enfrentaron los unos a los otros. El proceso minó la credibilidad y el liderazgo de tal modo que cuando envió a uno de sus mejores generales a solucionar el problema, Amasis, este recogió el malestar de la soldadesca e hizo lo que todo hombre en su lugar hubiera hecho: declararse "faraón". La revuelta contra Apries ya era irreversible.

El pobre faraón duraría poco, no sin antes ser ridiculizado hasta el exceso. Cuando Apries envió a un mensajero a Amasis para recordarle su posición y las consecuencias de su traición, Amasis le respondió con un rotundo y sonoro pedo. "Envía eso de vuelta", le debió espetar al respetable delegado de Apries. Y allá que fue.

Para Apries todo el flatulento incidente supondría su definitivo final: Amasis se auparía al trono, acabaría con su vida y se adueñaría de su reino

El pedo abrió un conflicto local por el poder y una guerra donde se dirimiría el futuro de la dinastía. Apries ya había perdido Jerusalén a manos de Babilonia, y sus revoltosos vecinos hicieron todo lo posible por derrocarle. Mostraron su apoyo a Amasis, lo que forzó a Apries al exilio. Tras organizar un pequeño ejército, volvió a Egipto con objeto de recuperar su trono. La expedición supuso otro fracaso estratosférico que acabó con su vida, su linaje, su herencia y su trono. Pedo mediante.

Si el pedo relatado por Herodoto era más casual que causal, el narrado por otro historiador de la Antigüedad, Flavio Josefo, sirvió de detonante para una revuelta en toda regla.

El pedo que causó una revuelta en Judea

Corrían los alegres tiempos del Imperio Romano unificado y en paz, en su pico máximo de expansión, alrededor del año 52 después de Cristo. Por aquel entonces la burocracia romana se había expandido lo suficiente como para gestionar las tierras mediterráneas de Oriente Medio, incluida la amplia franja de terreno que servía de patria a los judíos. Eran tiempos convulsos, décadas después de la muerte de Cristo y en pleno correveidile de leyendas sobre su figura.

Maqueta del Templo de Jerusalén, que sería destruido por las tropas romanas veinte años después de los flatulentos incidentes. (Juan R. Cuadra/Wikipedia)

En Judea, la convivencia entre ciudadanos romanos, judíos ortodoxos, judíos helenizados, griegos y pobladores de todo tipo se habían agudizado. Al carácter no bienvenido de la invasión romana había que sumar la conjugación siempre complicada de diversos ritos, sensibilidades y religiones en una región volátil y pequeña. La suma de todos los factores provocó la primera de las grandes revueltas judías del primer siglo. Eso y un pedo.

En plena tenura de Venditio Cumano como procurador de Judea, la celebración de una Pascua desató una revuelta gigantesca que terminó con la vida de miles de judíos locales. En plenos fastos religiosos, la comunidad local se acercó al Templo de Jerusalén como mandaba su tradición. Cumano, a igual que otros procuradores, optó por desplegar un pequeño contigente de soldados con objeto de vigilar los actos y preservar la tranquilidad y el orden en caso de que fuera necesario.

Hasta ahí, nada excepcional. El origen de nuestra flatulenta historia, tal y como relatan los textos de Flavio Josefo, llega de la mano de un soldado con especial tino para la mofa. Tras dirigir diversos exabruptos e insultos hacia los judíos congregados en el templo, uno de los subordinados romanos se agachó, se levantó las faldas y mientras sostenía sus posaderas en dirección hacia la muchedumbre lanzó un sonoro y grotesco pedo. Los judíos, escandalizados, reaccionaron apedreando a los soldados romanos.

¿Qué han hecho los romanos por nosotros? Pues tirarse pedos.

El asunto no quedó ahí. La provocación del soldado espoleó una repentina protesta contra la figura de Cumano, de cuyo mandato la población local tenía una magra opinión. Cumano, en estado de pánico, se rodeó de un grueso sustancial de las tropas romanas en Jerusalén y se pertrechó en una fortaleza cercana. Al parecer, entre enfrentamientos y avalanchas provocadas por la aglomeración y el caos callejero murieron entre 20.000 y 30.000 personas. Las cifras de Flavio Josefo sólo pueden pasar por exageradas.

Sin embargo, sí es factible que miles de personas perecieran aquel día, habida cuenta de la escala de la violencia que alcanzarían las revueltas judías, más severas, del siglo posterior. Apenas veinte años más tarde y siendo Judea ya una provincia romana en toda regla, diversos levantamientos populares se transformaron en guerras de primera magnitud. En el año 70 las tropas imperiales sitiaron y destruyeron Jerusalén y reprimieron con extraordinaria dureza a la población judía, que se rebelaría en más ocasiones.

Los peces también tienen sus gases

Por si dos (!) ejemplos no fueran suficientes, nos vemos obligados a incluir otro chanante episodio en esta breve pero larga historia de los pedos bélicos. En esta ocasión, viajamos directamente al siglo XX y cambiamos el objeto de nuestro estudio. De los humanos a los peces.

Sabido es que las relaciones entre Suecia y Rusia jamás han sido del todo simpáticas. A sus particulares pleitos históricos por el control de Europa del Este y del Norte hubo que sumar un delicado espacio fronterizo en el Mar Báltico durante los años del Telón de Acero. Pese a que Suecia no ha sido un país miembro de la OTAN hasta el último año, siempre observó con recelo la asertividad rusa en las costas bálticas, su salida natural hacia el Atlántico desde el corazón continental.

Cómo explicarte. (Sticker Mule/Unsplash)

El recelo se mantiene hoy, y es uno de los motivos por los que el país escandinavo recuperó el servicio militar obligatorio. Pero a principios de los ochenta la cuestión era más peliaguda. Por un motivo comprensible: en 1981, un submarino ruso emergió en aguas marítimas suecas, muy cerca de la principal base naval del país nórdico y cargado con armas nucleares. El incidente pasaría a la historia como "whisky on the rocks" (por la tipología del sumbarino soviético, un U-137) y agravó las sospechas suecas.

Desde entonces, los servicios militares suecos anduvieron al acecho, y detectaron regularmente extraños y misteriosos sonidos provenientes de las profundidades del Báltico. La intuición apuntaba hacia nuevos submarinos rusos merodeando, pero no tenían pruebas consistentes.

Suecia había identificado un extraño sonido en las aguas del Báltico, y creyó por lógico razonamiento que se trataba de un submarino ruso

La historia se alargó durante más de una década hasta que en 1994 un nuevo ruido no identificado explotó en el seno del gobierno sueco. El primer ministro Carl Bildt, desde entonces firmemente alienado en el ala dura europea contra Rusia, escribió una furibunda carta a Boris Yeltsin reclamando que tomara un control más competente de sus submarinos. Suecia creía, y lo hacía con cierta razón, que Rusia le buscaba las cosquillas. El incidente diplomático se oteaba en el horizonte.

¿Qué sucedió? Que un grupo de investigadores suecos descubrió a qué se debían realmente los ruidos. No eran submarinos, sino peces. Arenques tirándose pedos. Tan surrealista conclusión ha sido explicada desde entonces muy a menudo por Magnus Wahlberg, uno de los científicos encargados de desentrañar el misterio. Resulta que los peces sufren de flatulencias, y que cuando emiten sus gases el sonido es similar a la fritura del bacon, burbujitas que salen a flote.

No cuesta imaginar la cara de Bildt cuando leyó las conclusiones de la investigación, ni el asombro de los científicos cuando compraron un arenque, lo llevaron a una pecera y, tras observarlo, comprobaron que, en efecto, se tiraba pedos. Pedos que casi causan un incidente diplomático, pero al menos más inofensivos que aquel del soldado romano o de nuestro buen amigo Amasis.

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*Una versión anterior de este artículo se publicó en febrero de 2018

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