Siete años, cero partidos, dos tarjetas rojas. La epopeya de Tommaso Berni, el eterno tercer portero

Mucho antes de que el fútbol se convirtiera en uno de los mayores espectáculos deportivos del planeta, sus protagonistas eran hombres comunes y corrientes. Trabajadores de fábricas o campesinos que disponían de cierta habilidad técnica o de una competencia física envidiable. Jornaleros del balón que, bajos o espigados, gordos o flacos, no destacaban en nada y sin embargo se desvivían por la rivalidad, la tensión, el fragor del enfrentamiento, la adrenalina competitiva.

Aquel tiempo pereció. El fútbol se convirtió muy rápidamente en un deporte de masas primero y en un negocio multinacional después. Hoy las principales estrellas del deporte firman contratos millonarios, pueblan las campañas publicitarias y son iconos globales en un mundo eternamente interconectado. Ser futbolista es en la mayor parte de las ocasiones un privilegio, uno que apareja focos, miradas, atenciones, debates, estrés, presiones públicas y un permanente escrutinio de tus actos.

Pero siguen quedando funcionarios de la pelota, hombres que acostumbran a volar bajo el radar. Futbolistas sin talentos especiales que deambulan por los campos de primera y segunda división arañando contratos, minutos y convocatorias. Complementos necesarios, apoyos indispensables, rellenos cruciales en el éxito de otros compañeros más dotados para el deporte. Acostumbran a tener carreras largas, con la esperanza de una temprana jubilación laboral, y a asumir su rol con naturalidad.

Tommaso Berni es uno de ellos. Su historia podría reconciliar al aficionado común, tan hastiado por la espectacularización y la mercantilización de su deporte favorito, con nuestra cotidianidad, nuestra mediocridad, nuestro nada excepcional paso por la vida. Durante sus últimas siete temporadas como futbolista, Berni, portero, ha jugado la impresionante cantidad de cero partidos. Y ha sido expulsado en dos ocasiones.

Tan hermosa epopeya la hemos conocido hoy gracias a su salida del Inter de Milán, equipo en el que ha militado durante los últimos seis años. Berni es portero, profesión especialmente rigurosa en la élite del fútbol profesional. Aquejados de diversas supersticiones, objeto de las maldiciones de los aficionados, figuras siempre preñadas de misticismo y leyenda, los porteros tienden a guardar su puesto con celo. Los hay que ocupan su portería en un solo club durante décadas, privando a su competencia de saltar al campo y lucirse ante la afición. 

Un portero, si es bueno, lo puede ser para siempre.

No jugó, pero sí fue expulsado

Pero para que haya héroes debe haber villanos. Todos ellos cuentan siempre con un segundo portero, validos imprescindibles para los entrenadores en caso de que su primera opción se lesione o sea expulsada en pleno partido. La segunda opción a veces disputa partidos secundarios o poco competitivos, pero se luce de tanto en cuanto.

Historia distinta es la del tercer portero, rol reservado a hombres absolutamente anónimos como Tommaso Berni. La progresiva ampliación de las plantillas profesionales provocó que la mayoría de los clubes incorporaran a un tercer portero. Más competencia dentro de la plantilla equivale a mejor rendimiento, y así los entrenadores contaban no con una, sino con dos balas en la recámara. Muy a menudo, los terceros porteros son futbolistas en la recta final de su carrera o canteranos deseosos de labrarse un hueco en el primer equipo. Jugadores dispuestos a pasar una o varias temporadas en el banquillo a costa de un bien mayor.

Tommaso. En un entrenamiento, claro. (Inter)

Berni llegó al Inter de Milán en 2014, cuando tenía 30 años. Fue tercer portero desde su primer hasta su último día, ya con 37. Para un portero, son años de fulgor y brillo, un lustro donde alcanzan la plenitud de su facultades. Quizá sabedor de sus limitaciones, nuestro hombre optó por convertirse en una pieza ideal para club y entrenadores. Un tipo tan implicado con el curso de sus compañeros, aunque jamás saltara al campo con ellos, que llegó a ver dos tarjetas rojas pese a no haber vestido la camiseta jamás.

Ambos hechos sucedieron a lo largo de este curso. Primero en enero, durante el transcurso de un partido frente al Cagliari. El árbitro expulsó a Lautaro Martínez, uno de los mejores jugadores del Inter, y Berni entró en cólera. Protestó de forma visible la acción, dirigiéndose en términos poco amables hacia el colegiado. Vio la tarjeta roja y contempló el resto del partido desde los vestuarios. Algunos meses y un confinamiento después, en junio, los hechos se repitieron: en esta ocasión ante el Parma y tras otra decisión arbitral acaloradamente disputada por el banquillo neroazurri.

Que un portero que no ha disputado un solo minuto de competición durante los últimos seis años pueda despedirse de un club con dos tarjetas rojas a sus espaldas sólo se explica desde la convicción y la implicación. Al parecer, Berni era un pequeño símbolo de la grada interista. Cuesta culparles. El portero representaba todo el ideal que un aficionado desea de sus jugadores: máxima responsabilidad, compromiso absoluto en cada entrenamiento, apoyo moral y cicerone para los jugadores más jóvenes, profesionalismo máximo. La suerte de simbiosis con el escudo y la institución que tanto gusta entre los seguidores de cualquier equipo de fútbol.

Para el Inter las ganancias eran altas y las pérdidas bajas. Berni cobraba apenas 200.000€ anuales, cifras muy modestas para cualquier futbolista profesional. La suya es una figura similar a la de Pepe Reina en la Selección Española. Un hombre que acude al vestuario por su rol humano, no tanto deportivo, alguien que aglutina convocatorias y encadena contratos porque aporta cualidades más propias del departamento de recursos humanos que de un futbolista profesional. En el caso del italiano, nada que reprochar. Se trata de la mejor salida para un deportista sin tanto talento como otros.

Adjuntamos vídeo con las mejores jugadas de Tommaso con los colores del Inter. (Inter)

Para el recuerdo quedará el que hasta la fecha sigue siendo su último partido dentro de los terrenos de juego. Data del 28 de octubre de 2012, cuando defendía la portería de la Sampdoria. Su equipo perdería aquel encuentro casualmente ante el Cagliari, por un gol a cero. Sería su última actuación en la Serie A, una saldada con una derrota.

Berni, un aficionado a la música y un apasionado por las diversas culturas africanas, deberá encontrar ahora otro equipo donde poner en práctica sus talentos, sean estos deportivos o humanos. Exceptuando tres años en el Ternana, un equipo menor italiano que por aquel entonces (2003-2006) se desempeñaba en la segunda división, Berni ha sido siempre un hombre de equipo. Un portero suplente. Ya fuera en el Lazio o en el Torino, en la Sampdoria o en el Inter. La más-común-de-lo-que-parece historia del hombre que pudo pasar dos décadas como futbolista profesional sin atesorar mayor talento que ser un buen tipo.

Que le vaya tan bien como hasta ahora.

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