Si Reino Unido declarara la guerra a España por Gibraltar se estaría declarando la guerra a sí mismo

Escenario hipotético: el plazo de dos años marcado por el Tratado de Lisboa para asentar la salida del Reino Unido de la UE se acaba y no hay acuerdo sobre el estatus de Gibraltar, el pequeño territorio de ultramar perteneciente a la Corona británica en la Península Ibérica. España reclama la soberanía sobre el peñón, Reino Unido la reafirma y en una inflamación nacionalista ambos países se declaran la guerra.

¿Qué pasaría?

Algunos medios británicos llevan dos días teorizando sobre la posibilidad tras las declaraciones Michael Howard, ex-líder del Partido Conservador. Según Howard, Theresa May no tendría reparos en hacer lo que otra mujer hiciera en las Malvinas hace treinta años: defender los intereses de Reino Unido. Pero el símil escondía un paralelismo tenebroso y tramposo: Thatcher tuvo que recurrir al ejército para lograrlo. ¿Insinuaba Howard que May debería hacer lo propio con... España?

Las reacciones ante las palabras de Howard han sido mixtas: desde la sorna surrealista hasta el aplauso inflado de espíritu belicoso. Y han provocado que periódicos como The Daily Telegraph comiencen a divagar sobre un posible escenario bélico entre Reino Unido y España, aún hoy socios y aliados en el seno de la Unión Europea. Según The Telegraph, la Royal Navy británica podría destrozar a la española pese a su ruinoso estado, imponiendo su voluntad y reafirmando el estatus de Gibraltar frente a la UE.

Pero el húmedo sueño del nacionalismo británico, siguiendo su propio escenario imaginario, tiene un reverso inquietante: la OTAN.

Los enemigos de mis aliados son mis ¿aliados?

El problema no sería la Unión Europea sino la Organización del Tratado del Atlántico Norte, a la que tanto Reino Unido como España también pertenecen. Desde su fundación, la organización, capitalizada por el inmenso poderío de Estados Unidos, se estructuró en torno a un principio básico: "unus pro omnibus, omnes pro uno". Una estrecha asociación que obliga a todos los miembros a defender a cualquier socio que sufra una agresión externa.

El Belgrano yéndose a pique, la última vez que Reino Unido fue a la guerra por defender los intereses de un territorio a miles de kilómetros de Londres.

Lo especifica la firma original del tratado en su Artículo 5:

Las Partes acuerdan que un ataque armado contra una o más de ellas, que tenga lugar en Europa o en América del Norte, será con-siderado como un ataque dirigido contra todas ellas, y en conse-cuencia, acuerdan que si tal ataque se produce, cada una de ellas, en ejercicio del derecho de legítima defensa individual o colectiva reconocido por el artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas, ayudará a la Parte o Partes atacadas, adoptando seguidamente, de forma individual y de acuerdo con las otras Partes, las medidas que juzgue necesarias, incluso el empleo de la fuerza armada, para res-tablecer la seguridad en la zona del Atlántico Norte.

Originalmente, la OTAN buscaba así asegurar protección mutua en caso de posible agresión ante los países del Pacto de Varsovia, la organización paralela establecida por la Unión Soviética y los países comunistas dentro de su órbita. En el clima de tensión permanente de la Guerra Fría, donde cada mañana el mundo parecía amanecer a un paso de la guerra, la idea tenía sentido: prevenir ante posibles ataques ante la amenaza de la defensa en grupo.

De modo que de cumplirse las húmedas ensoñaciones del post-imperialismo británico, escenificado en los Tories y en el Brexit de magnífico modo, el escenario sería el siguiente: Reino Unido declara la guerra a España → los países de la OTAN protegen la agresión a uno de sus miembros → Reino Unido, como flamante miembro de la OTAN, se ve obligado a proteger a su socio agregido de la agresión que él mismo ha infligido.

Conferencia de la OTAN en 1955. Cuando se firmó el tratado nadie esperaba que dos países miembros quisieran darse de tortas el uno al otro. (Bundestag Archive)

La cadena de acontecimientos da una idea de la absurda posibilidad de guerra entre España y Reino Unido. De forma lógica, el tratado original de la OTAN no incluía un artículo explicando qué podían hacer los estados miembros en caso de que dos aliados decidieran declararse la guerra. No era un escenario a contemplar (los aliados, por definición, no se atacan).

La idea anterior, de hecho, es la clave de bóveda del sistema de relaciones entre los países occidentales posterior a la Segunda Guerra Mundial: una serie de conexiones políticas, de enlaces económicos y de alianzas diplomáticas que atan virtualmente a todos los países de volver a resolver sus disputas con a palos, tal y como llevaban haciendo mil años. La OTAN y la UE son dos pilares básicos pensados, ante todo, para evitar que países como Alemania o Francia tengan la tentación de volver a las armas (ejem).

De ahí que las palabras de Howard sean tan improbables. Ni siquiera la experiencia sirve de guía en caso de enfrentamiento entre socios de la OTAN: nunca ha sucedido. Y si ha de suceder por primera vez con motivo de un peñón seco entre el Atlántico y el Mediterráneo, Reino Unido habrá de pasar por encima de su principal enemigo: Reino Unido.

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