
Y en el centro de todo el ataque, un nombre: Oreshnik
En 1983, durante un simulacro soviético de ataque nuclear, miles de personas pasaron horas refugiadas en las profundidades del metro de Kiev mientras las autoridades ensayaban cómo sobrevivir a una lluvia de misiles sobre la ciudad. Cuatro décadas después, las mismas estaciones subterráneas han vuelto a llenarse de familias, colchones improvisados y sirenas antiaéreas en mitad de una nueva guerra sobre Europa.
La noche que todos temían. Durante el pasado fin de semana, Rusia lanzó sobre Kiev el mayor ataque balístico de toda la guerra en una ofensiva que durante horas convirtió la capital ucraniana en una sucesión continua de explosiones, incendios y alarmas antiaéreas. La magnitud del bombardeo no solo estuvo en el número de drones y misiles empleados, sino en el tipo de armas utilizadas: Moscú volvió a recurrir al misil Oreshnik, un sistema balístico de alcance intermedio diseñado originalmente para portar cabezas nucleares y cuya mera presencia tiene un fuerte efecto psicológico sobre la población y las defensas ucranianas.
Durante meses, Kiev había advertido de la posibilidad de un ataque combinado pensado específicamente para saturar las baterías Patriot y golpear la ciudad con una intensidad nunca vista desde finales de 2024. La sensación en Ucrania era que Rusia estaba preparando algo distinto, una demostración de fuerza destinada tanto a destruir infraestructuras como a transmitir la idea de que todavía conserva capacidad de escalada pese a los reveses recientes en el frente.
Oreshnik y el regreso del miedo nuclear. La aparición del Oreshnik ha cambiado parcialmente la naturaleza de la guerra aérea sobre Ucrania porque no funciona únicamente como un arma convencional, sino también como una herramienta política de intimidación estratégica. El misil libera múltiples cabezas durante el vuelo que caen a gran velocidad en trayectorias difíciles de interceptar incluso para los sistemas Patriot estadounidenses, uno de los pocos escudos capaces de frenar misiles balísticos rusos.
Aunque los anteriores lanzamientos de Oreshnik habían causado daños relativamente limitados y se cree que utilizaron cargas simuladas, en Ucrania el problema no es únicamente la destrucción física sino la normalización de un arma asociada al arsenal nuclear ruso. Las autoridades ucranianas y occidentales llevaban días alertando de preparativos para su uso y la población de Kiev respondió llenando estaciones de metro y refugios subterráneos incluso antes de que comenzaran las primeras detonaciones.
Fase de desgaste. El ataque también dejó al descubierto un problema que preocupa enormemente a Kiev: Ucrania depende casi por completo de los misiles Patriot para detener proyectiles balísticos y las reservas son cada vez más limitadas tras el enorme consumo de interceptores durante la guerra entre Estados Unidos e Irán. Rusia parece haber detectado esa vulnerabilidad y está utilizando grandes salvas combinadas de drones, misiles de crucero y misiles balísticos para obligar a Ucrania a gastar rápidamente unas defensas extremadamente caras y difíciles de reemplazar.
En esta ocasión, Moscú lanzó decenas de misiles balísticos y Ucrania solo logró interceptar una parte relativamente pequeña, una cifra que revela hasta qué punto la estrategia rusa busca simplemente saturar el sistema defensivo enemigo mediante volumen y simultaneidad. Lo inquietante para Kiev es que la matemática juega a favor del Kremlin: fabricar drones y misiles resulta mucho más barato y rápido que producir interceptores Patriot.
La respuesta rusa. La ofensiva llegó apenas horas después de que Ucrania golpeara instalaciones rusas y atacara una base de la unidad de drones Rubicon en Lugansk, una de las formaciones más importantes de guerra no tripulada del ejército ruso. Moscú presentó el bombardeo sobre Kiev como represalia directa y Vladímir Putin ordenó públicamente preparar una respuesta tras denunciar ataques ucranianos contra supuestos objetivos civiles. Sin embargo, el contexto estratégico va mucho más allá de una simple venganza.
Rusia atraviesa un momento incómodo en el frente: sus avances terrestres se han ralentizado considerablemente, Ucrania ha logrado atacar infraestructuras energéticas profundas dentro del territorio ruso y las oleadas de drones ucranianos han obligado incluso a reducir actos simbólicos como el desfile del Día de la Victoria en Moscú. Recordaba el New York Times que el ataque masivo sobre Kiev parece responder también a la necesidad del Kremlin de recuperar iniciativa psicológica y transmitir que todavía puede imponer costes enormes a Ucrania pese al desgaste acumulado.
Kiev como eterno laboratorio de guerra. Si se quiere también, la capital ucraniana se ha convertido en un ejemplo extremo de cómo están evolucionando las guerras contemporáneas: ciudades enteras funcionan permanentemente bajo amenaza aérea mientras la población aprende a convivir con ataques capaces de paralizar infraestructuras civiles durante horas. El bombardeo dañó entradas del metro utilizadas como refugio, destruyó edificios, incendió mercados y dejó escenas simbólicas como los arcos derretidos de un McDonald’s entre las ruinas todavía humeantes.
Al mismo tiempo, el ataque mostró cómo la frontera entre guerra convencional, guerra psicológica y competición tecnológica es cada vez más difusa. Ucrania intenta compensar su inferioridad industrial golpeando refinerías, centros logísticos y bases de drones rusas con ataques de largo alcance, mientras Moscú responde recurriendo a una mezcla de volumen, terror aéreo y armas diseñadas para enviar mensajes estratégicos además de destruir objetivos.
El precedente que preocupa a Occidente. Por último, contaba el Financial Times que en Kiev existe una creciente sensación de que Rusia está utilizando Ucrania como escenario para probar cómo reaccionan las defensas occidentales frente a ataques masivos y prolongados con misiles balísticos avanzados. Zelenski insistió antes y después del ataque en que el uso repetido del Oreshnik y la continuidad de esta escalada crean un precedente global para futuros conflictos, especialmente en un momento donde Estados Unidos y Europa observan con preocupación la expansión de arsenales similares en países como China, Irán o Corea del Norte.
Desde ese prisma, lo ocurrido en Kiev no solo afectaría a Ucrania: también sirve como advertencia sobre cómo podrían desarrollarse futuras guerras entre potencias con grandes capacidades misilísticas y defensas antiaéreas limitadas. La conclusión más incómoda para Occidente es que Rusia parece convencida de haber encontrado una fórmula relativamente eficaz para desgastar sistemas defensivos modernos mediante ataques masivos, repetitivos y cada vez más difíciles de contener.
Imagen | Russian Defence Ministry
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