¿Quién descubrió Altamira? El tatarabuelo de Ana Botín, las pinturas; Modesto Cubillas, la cueva

Ayer se cumplieron 139 años desde que Marcelino Sanz de Sautuola hallara en el interior de la cueva de Altamira el conjunto de pinturas prehistóricas más sorprendentes del continente europeo. Lo hizo junto a su hija, María, explorando una gruta cántabra en la que tan sólo aspiraba a encontrar viejas herramientas de sílex y restos humanos. Sautuola publicaría sus hallazgos poco después, para pasmo y escarnio de la comunidad arqueológica internacional, que no le creyó.

La rehabilitación de Sautuola y de Altamira llegaría décadas más tarde, cuando diversos estudios profesionales (Sautuola no era arqueólogo o geólogo, tan sólo empresario y terrateniente) ponderarían con justicia el valor inmarcesible de las pinturas cavernarias. No vivió para disfrutar del reconocimiento en vida, pero su familia, entre cuyos herederos se encuentra Ana Botín, actual presidenta del Banco Santander, sí: ayer Google celebró la efeméride con un precioso Doodle.

Tan feliz hecho causó no poca controversia en las redes sociales (esto es, Twitter) cuando Botín hizo referencia tanto al hito de su antepasado como al homenaje de Google: "Se cumplen 139 años del día en que mi tatarabuelo Marcelino y su hija María fueron a la Cueva de Altamira buscando restos de huesos y sílex, y se encontraron con nuestra joya del arte paleolítico". Hasta aquí, todo normal. Lo sorprendente fue la reacción desencadenada a un, a priori, inocente tuit.

Diversos usuarios comenzaron a citar y a responder a Botín reclamando la autoría del descubrimiento a un humilde aparcero y tejedor asturiano afincado en los alrededores de Altamira, Modesto Cubillas. Algunas de las reivindicaciones, que trazaban un relato moral donde un acaudalado burgués cántabro se aprovechaba durante siglo y medio del fortuito descubrimiento de un anónimo labriego local, sumaron miles y miles de retuits, alcanzando una difusión muy superior al comentario original de Botín. Se abría una batalla por el relato de Altamira.

El oficial, en efecto, señala siempre a Sautuola y su hija como las dos personas que se toparon por primera vez con las pinturas. Así se cuenta en las reseñas que el New York Times dedica desde hace años a tan majestuosa cueva, en los libros de texto escolares, en la propia página web dedicada a Altamira y hasta en la Wikipedia anglosajona, probablemente la más profesional y fiable de cuantas se hayan escrito. ¿De dónde salía Modesto Cubillas y quién descubrió realmente Altamira?

Marcelino Sanz de Sautuola y su hija, María. (Commons)

La respuesta es más o menos simple, y lleva resuelta décadas, pese al candor con el que se debatió ayer en Twitter. Modesto Cubillas (Modesto Cobielles Pérez según su partida de nacimiento en el concello de Llanes, Asturias) descubrió la cueva; Sautuola las pinturas.

Lo que va de 1868 a 1879

En 1868, Cubillas paseaba con su perro de caza por los alrededores de Altamira cuando el animal quedó atrapado entre los matorrales. De forma fortuita y al ir a liberarlo, Cubillas abrió la puerta del mayor tesoro arqueológico de la península ibérica. Sin embargo, no entró, quizá desinteresado por lo que pudiera hallar en su interior. En su lugar, corrió a notificar el hallazgo al hombre que le arrendaba algunas tierras, Marcelino Sanz de Sautuola, cuya afición geológica era conocida entre los locales.

Cantabria es tierra de cuevas y grutas, la mayor parte de origen kárstico. Fue su carácter como refugio durante las duras glaciaciones la que permitió que diversas culturas prehistóricas florecieran en el interior de sus cavidades, a resguardo de las inclemencias. Cuando Sautuola escuchó las noticias que llegaban desde Santillana del Mar, no les prestó demasiada atención: Cantabria estaba repleta de recovecos semejantes, y no parecía urgente explorarla o investigarla.

Pasarían los años hasta que Sautuola, de excursión con su hija, decidiera introducirse en aquella gruta hollada por primera vez por Modesto Cubillas. La había rondado superficialmente entre 1875 y 1876. Cuando se adentró en la oscuridad, en 1879, lo que descubrió no fueron los huesos y las herramientas rudimentarias que andaba buscando (fascinado como estaba por la explosión de restos dispuestos en la Exposición de París, que había visitado), sino extrañas formas conservadas nítidamente en las húmedas paredes de la cavidad. Bisontes, ciervos, jabalíes.

(Commons)

Sautuola publicaría sus ideas sobre Altamira al año siguiente en el escrito "Breves apuntes sobre algunos objetos prehistóricos de la provincia de Santander". Lo expuesto resultó de gran interés para Juan Vilanova y Piera, veterano paleontólogo español, y juntos difundieron la buena nueva. El nutrido grupo de arqueólogos y paleontólogos franceses que se contaba a la vanguardia de la incipiente ciencia hizo caso omiso de los descubrimientos, impensables entonces, y los catalogó de fraude. Era imposible que aquellos dibujos, tan bellos, se hubieran creado miles de años atrás.

Como quiera que Altamira impactó a la comunidad científica, la cueva se convirtió en motivo de desvelos para la opinión pública nacional y europea. El debate sobre su auténtico origen no se cerraría hasta décadas después, y Sautuola pasó o bien como un majadero que había falsificado los dibujos de la gruta o bien como un pobre inocente al que alguien, más hábil, había engañado. No todo el mundo opinaba así, y en 1881 el mismo rey Alfonso XII visitó Altamira.

Para entonces nadie se acordaba ya de Cubillas, el primer hombre que se asomó al abismo prehistórico en Altamira. Sautuola era un burgués influyente que llegaría a obtener un escaño por las Cortes generales, y suyo fue el hallazgo de las pinturas. La conversación, obvio, rotaba sobre él, lo que no significaba que Cubillas se hubiera olvidado de aquel día de 1868 en el que acudió al rescate de su perro. Consciente de ello, decidió escribir al monarca aprovechando su paso por Santillana del Mar. La carta se puede leer hoy aquí:

A S. M. el Rey Alfonso XII, el que suscribe con el más profundo respeto expone:

Que soy el único y verdadero descubridor de la cueva de Altamira, que V.M. ha visitado y el que se la hizo ver a varias personas, entre ellas al señor don Marcelino Sautuola, actual diputado provincial del distrito a la que la caverna pertenece. Que soy natural de Celorio, concejo de Llanes, provincia de Oviedo, y vecino de Puente Avíos, del Ayuntamiento de Ongayo. Que tengo de edad sesenta y un años y soy un labrador pobre, que con grandes dificultades adquiere algo de lo más indispensable para la vida. Que si la cueva tiene algún mérito, como si no lo tiene, yo soy el primero que la vio en la edad presente, y quien dio ocasión, por tanto, para que adquiriese el hallazgo la celebridad que hoy tiene.

Si V.M. cree que merezco algún socorro, a V.M. se lo suplico. Soy de VM. humildísimo y leal súbdito, que a Dios pide conceda larga vida a vuestras MM. y AA.

Torrelavega, setiembre 14 de 1881. M. Cuvillas

(Commons)

Cubillas, un campesino pobre de solemnidad como tantos otros millones en el campo español, pedía al rey caridad. "Que s la cueva tiene algún mérito", cosa que no se sabía por entonces, se le reconociera a él, no a Sautuola. La misiva de Cubillas es una reivindicación intelectual por el descubrimiento de Altamira y también un grito de socorro, aunque es improbable que Alfonso XII le prestara la más mínima atención. La disputa por el hallazgo tiene otro siglo y medio.

Entonces, ¿quién la descubrió? Sin lugar a dudas, Cubillas es el hombre al que cabe responsabilizar por la cueva. Sin sus indicaciones, Sautuola jamás se habría introducido en ella y habría dado con las pinturas. Pero el valor intrínseco de Altamira no es la cueva en sí (común hasta el punto de pasar once años desapercibida pese a haber sido notificada), sino las pinturas. Los murales rupestres. Y su encuentro y posterior divulgación es responsabilidad de Sautuola.

Es un hito forjado a medias entre ambos hombres, en cualquier caso de forma fortuita. Ana Botín lleva y no lleva razón cuando lo reivindica para su tatarabuelo. Y quienes reparan el nombre de Cubillas llevan y no llevan razón cuando lo reivindican para el labrador.

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