Por qué Turquía ha declarado la guerra diplomática a Alemania y Países Bajos llamándoles nazis

En el eterno vodevil de emociones fuertes en el que se ha convertido la actualidad política de Europa, el último capítulo lo vuelve a protagonizar el siempre volátil, habilidoso y provocador presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdoğan. En esta ocasión, sus pisadas nos llevan de los campos de concentración de la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial a la matanza de Srebrenica en Bosnia durante los noventa.

¡La política europea!

Quién pudiera aburrirse en los tiempos que corren. En la polémica de turno, Erdoğan ha dedicado elegantes piropos (lindezas tan bien intencionadas como "fascistas" o "nazis") a los gobiernos de Países Bajos y Alemania en el contexto de una batalla política interna que arrastra a Turquía a los bordes del autoritarismo oficial y que le aleja sin remedio y de forma definitiva de su acceso, ya antes remoto, a la Unión Europea.

Un referéndum que se juega fuera de casa

El origen de todo hay que encontrarlo en el afán de Erdoğan de hacerse con más poder del que ya posee dentro del sistema político de Turquía. Nuestro buen amigo Erdoğan sobrevivió, intervención en la televisión estatal a través de una llamada vía Facebook mediante, al golpe de estado que trató de acabar con su mandato el pasado verano. Desde entonces, Erdoğan optó por purgar cualquier conato de disidencia en el estado turco, relacionado con los golpistas o no. Jueces, maestros, barrenderos, no se libró nadie.

Erdoğan en una de sus visitas al Kremlin. (Flickr/Kremlin)

Para Erdoğan y su partido, el AKP, el proceso natural debía terminar en un referéndum que habrá de decidir sin remedio el futuro de los turcos. El 16 de abril, Erdoğan afronta una votación de escala nacional que decidirá si Turquía continúa siendo una democracia parlamentaria al uso, con su ya tenue separación de poderes, o si se entrega de forma total al presidencialismo autócrata, al uso de Hungría, Rusia o las repúblicas de Asia central.

La tendencia ya la comentamos en su momento en este post. Erdoğan es sólo el último invitado a una fiesta en la que llevan disfrutando, arramplando con el minibar, personalidades tan simpáticas para la democracia liberal como Vladimir Putin, Viktor Orbán o, de forma ya reciente, Donald Trump, y a la que podemos sumar un largo listado de países con ciertas limitaciones de las libertades y derechos siempre dentro del marco democrático.

Aquella democracia "iliberal" de la que tanto se enorgullecía Orbán frente a la impasividad de sus colegas del Partido Popular Europeo parece insuficiente a Erdoğan. Su referéndum constitucional es clave y de él depende, en gran medida, su futuro político a corto plazo. Y dado que votan todos los nacionales turcos, incluidos aquellos que no viven en Turquía, Erdoğan se ha lanzado a hacer campaña por el resto de Europa.

Es aquí donde entran en juego Países Bajos y Alemania, respectivos países que vivirán en los próximos meses (en el caso holandés, días) elecciones que también pueden ser determinantes para el futuro político de la Unión Europa (a día de hoy, el aleteo de una mariposa en Silesia es capaz de tambalear los cimientos de la Unión).

Dada la amplia población turca residente en Alemania y Países Bajos, Erdoğan envió delegaciones con el objeto de hacer campaña. Alertadas ante la posibilidad de que un ya abierto enemigo de los intereses europeos colocara un caballo de Troya en casa, tanto Alemania como Países Bajos expulsaron a los delegados del AKP y prohibieron los mítines ("el espacio público holandés no es lugar para las campañas políticas de otros países", según Rutte). Ámsterdam llegó al punto de prohibir a un ministro turco aparecer por el país.

Que si eres un nazi, que si el genocidio de Srebrenica

Erdoğan, que al igual que Putin ha sabido utilizar cualquier crisis exterior para reforzar su figura en casa, optó por lanzar gasolineras enteras a la hoguera acusando de actitudes "fascistas" a las autoridades holandesas y anunciando que acudirá al Tribunal de La Haya por vulneración de los derechos humanos. No contento con eso, criticó a Merkel, declaró que "protegía a terroristas" y opinó que la Unión Europea tenía "tendencias nazis".

Aún no satisfecho, el gobierno turco ha decidido prohibir la entrada en el espacio aéreo del país a los diplomáticos holandeses, y Erdoğan ha vuelto a echar mano de todo el arsenal de productos inflamables en su despensa diciendo que "conocemos bien a los holandeses por la matanza de Srebrenica, sabemos cómo de podrido tienen el carácter por su masacre de más de 8.000 bosnios allí".

Mark Rutte en su despacho. (Wikipedia)

Juego, set y partido para Recep Tayyip. En una escalada insólita, Erdoğan ha pasado de acusar a Europa occidental de mantener viva la llama del nazismo por prohibir los mítines turcos pro-reforma constitucional a restregar por la cara del gobierno holandés el desastre de Srebrenica, la matanza de miles de varones musulmanes bosnios por parte de Ejército de la República Srpska serbio ante la indiferencia y pasividad de los cascos azules holandeses.

Erdoğan, antaño presidente de un país cuya solicitud de entrada en la Unión Europea dista ya más de treinta años, juega con el cóctel étnico y alinea sus intereses junto a los de los musulmanes europeos frente a los "nazis" y "fascistas" alemanes u holandeses.

Tanto Alemania como Países Bajos han reaccionado también con fiereza. El caso de Ámsterdam ha sido especialmente evidente: Mark Rutte, el actual primer ministo laborista, se juega su continuidad en las elecciones que le enfrentan al islamófobo y euroescéptico Geert Wilders, cuya posición en diversas encuestas amenaza el liderazgo de los partidos tradicionales holandeses en el parlamento (pero que aventura un difícil, por no decir imposible, camino de pactos políticos para que la extrema derecha gobierne en Holanda).

"Y el viernes me tengo que reunir con Trump. Señor, qué cruz". (Wikipedia)

Rutte no puede permitirse una imagen blanda frente a su electorado, no cuando Wilders aviva la llama anti-musulmana y anti-inmigración. Pese a ello, sus palabras han sido más suaves que las del desatado Erdoğan, definiendo la reacción turca como "loca" y explicando que trabajará por mantener las relaciones entre ambos países del mejor modo posible, por más que ahora, evidentemente, no se encuentren en un buen momento.

Por su parte, Merkel reaccionó del modo más flemático imaginable, exigiendo a Erdoğan que cesara en su empeño de instrumentalizar a las víctimas nazis en su favor político. "Estos comentarios deben parar", añadió la canciller, quizá en referencia al largo historial de coqueteos retóricos de Erdoğan con el nazismo, adulando las virtudes del sistema político nazi y explicando que desearía tener tanto poder como Hitler en su día.

Si la situación parece surrealista sólo lo es por la continua presión a la que Erdoğan y otras fuerzas internas de Europa están sometiendo a los gobiernos pro-Unión Europea. Desde su muy criticado pacto por la gestión de las solicitudes de asilo de los refugiados sirios, Erdoğan se ha mostrado como un incómodo aliado para los intereses europeos. Y aunque su camino se tuerza indefinidamente para entrar en la Unión, entre tanto está contribuyendo a sacudirla desde dentro en una de sus muchas, perennes, definitivas crisis.

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