"No hacer nada" está de moda: entre el acto de resistencia y el privilegio de unos pocos

La pandemia ha generado o mucho tiempo libre o muy poco. El teletrabajo y las menores obligaciones sociales han expandido las mañanas y los fines de semana de algunos, mientras los cuidadores y los trabajadores de la gig economy están exhaustos por las constantes demandas y solapamientos del trabajo y el hogar.

No puede sorprender a nadie, por tanto, que no hacer nada sea tendencia. Conceptos como "niksen", no hacer nada en holandés, o "invernar", descansar en respuesta a la adversidad, se han instalado en el léxico del wellness. No hacer nada se ha convertido incluso en una forma de aumentar la productividad, alineando el trabajo práctico con una cultura de conectividad permanente que busca optimizar cada minuto que pasamos despiertos.

Aunque tales recomendaciones suelen dirigirse a los privilegiados que tienen los recursos para controlar su tiempo, no hacer nada  también puede ser una forma de resistencia ante la maquinaria capitalista. Cómo no hacer nada, el libro superventas de la artista Jenny Odell, defiende un uso del tiempo libro que construya comunidades cohesivas mediante las relaciones con el entorno local antes que con el teléfono móvil.

En otras palabras, hay una ética de la ociosidad. Y los debates sobre ello se remontan miles de años en el tiempo, a filósofos y teólogos que distinguían entre la ociosidad cívicamente consciente, u "otium", y la pereza, o "accidia". Aunque ociosidad y vagancia han sido tanto elogiados como vilipendiados, una tensión central recorre la historia central de la holgazanería desde el Imperio Romano hasta nuestros días. ¿Qué obligaciones tienen los humanos para con la sociedad? Y sólo porque puedas no hacer nada, ¿deberías?

Muchos antiguos romanos menospreciaban el otium al considerarlo una desconexión política que amenazaba a la estabilidad de la República (su opuesto, "negotium", es la raíz de la palabra "negociación").

Otros, sin embargo, deseaban recuperar el ocio y la holgazanería como fines políticos positivos. Cicerón y Séneca defendieron el otium como una forma de cultivarse a uno mismo útil para la sociedad. Argumentaron que el estudio apropiado de la historia, de la política y de la filosofía requería tiempo al margen del ajetreo diario de la ciudad. Los ciudadanos que aprendieran sobre estas materias podrían contribuir a la paz y a la estabilidad de la República. Ambos se cuidaron de distinguir entre el otium de los estudios y la vagancia de las indulgencias hedonistas, como el alcohol o el sexo.

A Cicerón, en el medio, la vagancia le parecía genial siempre y cuando fuera para algo.

La sociedad cristiana medieval dividió de forma más estricta los dos tipos de ociosidad. Las comunidades monásticas se encargaban del "Opus Dei", del trabajo del Señor, entre las que se incluían actividades que los romanos hubieran definido como otium, entre ellas la lectura contemplativa. Pero el sistema medieval de vicios y virtudes también condenaba la vagancia. Geoffrey Chaucer la definió como "el albañal de todos los malos e inocuos pensamientos, de todas las murmuraciones, necedades e impurezas".

La ociosidad distraía de muchos tipos de trabajo: las tareas económicamente productivas, del trabajo espiritual de penitencia y de las "buenas obras" de caridad que asistía a los miembros más vulnerables de la sociedad.

Una crítica también moderna

Esta división entre el beneficioso otium y la reprensible accidia inspiró nuevas críticas en la era industrial. El economista y sociólogo decimonónico Thostein Veblen señaló con agudeza que el ocio era un símbolo de estatus que distinguía a quienes tenían de quienes no. Veblen contaba al "gobierno, la guerra, la práctica religiosa y el deporte" entre las principales actividades de ocio disfrutadas por las élites capitalistas. En esencia, Veblen condenaba las clásicas actividades de aprendizaje y ocio medievales con la saña antaño reservada a la vagancia.

Al mismo tiempo, otros interpretaban hasta las más holgazanas formas de ociosidad como un acto de resistencia a los principales males de la modernidad. Robert Louis Stevenson hallaba en la ociosidad un antídoto al esfuerzo capitalista que familiarizaba al ocioso con lo que él llamaba "los cálidos y palpitantes hechos de la existencia", un tipo de experiencia inmediata de la humanidad y del entorno natural que de otro modo quedaba anulada por la participación en la maquinaria capitalista.

Si la opinión de Stevenson sobre la ociosidad tenía cierto diletantismo irónico, Bertrand Russell hablaba muy en serio. Veía en el tiempo libre y el debate la solución a los graves conflictos ideológicos de los años treinta, entre el fascismo y comunismo. Desde su punto de vista, lo que él orgullosamente definía como "vagancia" promovía un hábito intelectual virtuoso que incentivaba el discurso deliberativo y protegía frente a los extremismos. Sin embargo, conforme el siglo XX avanzó la productividad se convirtió de nuevo en un marcador de estatus. Las largas horas de trabajar y un calendario a rebosar dotaban de prestigio (e incluso virtud) una vez juzgadas desde los valores capitalistas.

Bajo esta divisiva concepción de la ociosidad subyace su paradoja central. Por definición es inacción, de improbable influencia en el mundo.

(Nick Night/Unsplash)

Aún con todo, huir de la rueda de hámster de la productividad es posible avivar ideas que cambien el mundo. El verdadero pensamiento y reflexión requiere tiempo al margen del "negotium". Un foro de Reddit celebra los pensamientos que surgen en la ducha, mientras la mente deambula hacia ninguna parte, y las compañías de Silicon Valley ofrecen temporadas sabáticas para impulsar la innovación. Pero es difícil juzgar desde el exterior si la ociosidad es hedonista o edificante.

Si bien el repentino interés por la ociosidad de hoy en día se presenta a sí mismo como la panacea de una condición moderna muy peculiar resultado del confinamiento y de la omnipresencia de la tecnología, suele fracasar a la hora de enfrentarse a las implicaciones políticas de sus ideas. Dormir más, disponer de tiempo para las aficiones propias y alejarse de las tareas mundanas restaura cuerpo y alma y promueve la creatividad. Pero muy a menudo la interpretación que el movimiento wellness hace de la ociosidad (una reformulación del pecado medieval de la pereza como virtud) sólo refuerza sus privilegios.

En el peor de los casos, recomienda productos y experiencias extrañas (desde almohadas para ojos hasta caros retiros anti-agotamiento del trabajo)  para aquellos que disponen de medios y de tiempo, aislándoles aún más del resto de la sociedad.

De modo que, ¿deberías no hacer nada? Cualquiera que sea tu elección deberías saber que la ociosidad personal tiene una función diferente de la ociosidad cívica. La primera restaura y renueva, pero también puede conducir a un comportamiento antisocial o explotador. La segunda reconoce nuestra conexión con la sociedad aunque nos hayamos apartado de ella, ofreciéndonos espacios para explorar, jugar y descubrir. En última instancia, esto debería conducir a una sociedad más igualitaria.

Ambos tipos de ociosidad pueden ser un buen social. Pero cuantas más oportunidades tengan las personas para no hacer nada, mejor se sentirá todo el mundo.

The Conversation


Autora: Ingrid Nelson, Amherst College.

Este artículo ha sido publicado originalmente en The Conversation. Puedes leer el artículo original aquí.

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