La pizza hecha con perritos calientes no es ninguna herejía gastronómica: está en su origen

Pizza con corteza de perrito caliente. Es la última idea de Pizza Hut para animar la campaña veraniega. Y, para parte de la redacción, es el fin de la pizza como la conocíamos. Para mí, es la evolución Pokémon del concepto pizza. Estoy dispuesto a coger un avión y plantarme en Estados Unidos si no la traen aquí. Porque la pizza es la antítesis de las leyes físicas: es infinita.

Además, es un paso natural, parte de la propia historia de la pizza. Si el mundo pudo superar la inclusión de las anchoas, dividirse en dos bandos en torno a la pizza hawaiana o permitir que los solteros del mundo arrojasen una pizza precocinada en un microondas, añadir perritos calientes a una pizza es como votar o quejarse: parte de los Derechos Humanos.

¿Qué es una pizza?

Un trozo de pan horneado con cosas por encima, cuyos orígenes se remontan a la Antigua Grecia o, en nuestra opinión, a cualquier cultura que supiese hacer pan y tuviese hambre. Pero aceptemos Grecia: una de sus colonias era lo que hoy conocemos como Napoles, Italia. Ciudad que hace unos siglos (del XVI al XVIII, más o menos) quería comer mucho y barato porque estaba llena de pobres, los lazzaroni. La solución a su hambre consistía en unos puestos callejeros donde se horneaba pan con todo tipo de ingredientes por encima: la pizza.

La pizza era el nexo de todos los horarios de comida para los que no podían permitirse otra cosa. Desayuno, comida, merienda, cena... Y sus ingredientes reforzaban esa condición: aceite, ajo, anchoas, queso y tomates (una cosa roja que los ricos italianos pensaban que sólo servía como adorno). Ese origen ya legitima cualquier pizza: échale lo que haya.

Lo que pasa es que nos hemos quedado con la leyenda de "lo que debe ser" una pizza: la margarita. Tomate rojo, queso blanco y albahaca verde. La variedad más simple, pero digna de una reina del siglo XIX. La Reina Margarita de Saboya, que da nombre a la variedad y que la leyenda afirma que era su preferida porque son los colores de la bandera de Italia.

Y de ahí, la pizza salió de Napoles primero, y llegó a Estados Unidos después. La filosofía de pasar de reinas y entregar la pizza al pueblo en cualquier variedad forma parte de sus fundamentos como nación: "la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad".

Pizza ilimitada

No apta para pizzófobos.

Es decir, la pizza "normal", la que te hace llorar porque no tienes nada más que echarle por encima y plantearte tu vida como un cúmulo de fracasos que te han llevado a calentar pan con queso y tomate, es la de la nobleza. Mientras que la pizza con perritos calientes o salsa barbacoa o piña o cualquier otro elemento de los que hacen torcer el morro a los gourmets es la tuya. Y la mía.

La de Pizza Hut ni siquiera es la pizza más cabestra del mundo. Y tampoco es novedad en ellos, que ya habían planteado la rolling pizza siguiendo una fórmula que no conoce el fracaso: más queso. El Dr. Oetker (que existió de verdad) lanzó hace años la pizzaburguesa que abre este apartado. Hemos convivido con pizzalzones (puede que no se escriba así), pizzas hechas de nachos y pizza tortilla de patata (concebollista). Incluso nuestra gastronomía sabe que es la solución correcta: el hornazo salmantino, la empanada de cualquier cosa, y todo lo que implique pan y comida es compatible.

Más que lo que no echar, la pizza trata de lo irrenunciable, su límite está por debajo: todo lo que no sea masa, queso y tomate como punto de partida no llega ni a bocadillo. Quizás el único límite sea la pizzalada, que ya fue objeto de varias bromas en Twitter.

Y con razón. Cuando Hidrogenesse cantaban aquello de "no me digas que no hay nada más triste que lo tuyo" se dejaron fuera el combo ensalada y pizza. La pizza es el "sólo se vive una vez" de tus arterias, el YOLO de varias generaciones. La ensalada, el tímido intento de disculpar el miedo a la muerte echando cosas a un plato, porque tiene lechuga.

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Foto: Scott Bauer

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