La extraña resistencia de la cabina de teléfono: aún hay miles de ellas y siguen dando dinero

Toparse hoy en día con una cabina telefónica es el equivalente, en términos comparados, a hacerlo en su día con un poste telegráfico: sorprende que aún existan tales cosas cuando otras tecnologías, más universales, avanzadas y útiles las han dejado obsoletas. Sin embargo, persisten: sólo en Estados Unidos se calcula que quedan unas 100.000, según las cifras más recientes de Comisión Federal de Comunicaciones (FCC). La cuestión es, ¿por qué?

La respuesta no podría ser menos sorprendente: porque hay gente que las sigue utilizando. Sólo en 2015 se calcula que entregaron unos 280 millones de dólares en ganancias directas para los operadores. Cifras similares arroja Canadá, un país muchísimo más pequeño en términos poblacionales pero poblado por unas 60.000 cabinas aún rentables (más de 22 millones de beneficio el año pasado). Obsoletas, feas y redundantes en 2018, pero extrañamente exitosas.

Como la intuición indica, los espacios donde más y mejor perviven son aquellos donde el acceso a la telefonía móvil, tan universal hoy en día, es débil y en ocasiones inexistente. Puntos fronterizos entre Estados Unidos y México carentes de un servicio eficiente, valles remotos colapsados en invierno y conectados al mundo exterior por una tenue línea telefónica, o barrios periféricos habitados por poblaciones pobres cuyo acceso a un terminal y a un contrato móvil es inexistente.

En parte, es uno de los motivos por los que Canadá prohibió el año pasado a uno de los operadores nacionales, Bell, subir un 100% (de medio dólar a uno) el precio del minuto: porque es un servicio público. En España aún resisten 18.000 por el mismo motivo: pese a la insistencia de Telefónica, la empresa hoy privatizada que siempre ha contado con el monopolio del servicio, el Ministerio de Energía aún las considera "servicio universal", lo que obliga a un mínimo en las calles.

En Estados Unidos siguen dando alrededor de 280 millones de dólares de beneficio anual. (MetaPixel)

Y ahí siguen, mantenidas diariamente por las empresas. Tanto en Estados Unidos como en Canadá dan dinero, aún por encima de su coste de mantenimiento. En España, según cuenta Telefónica, no parece ser el caso: el estado compensa alrededor de 1,8 millones de euros anuales a la multinacional, pero el coste real debe oscilar por encima de los 5 millones de euros. Sea como fuere, la compañía se ha tenido que hacer cargo directo de ellas una vez eliminada su filial.

Aún un pequeño salvavidas

Para personas sin renta fija y en condiciones precarias suponen una vía de escape. Son útiles, por ejemplo, si tienen que llamar a algún familiar en caso de emergencia y no tienen teléfono móvil o un contrato activo. También tienen su función en plenos desastres naturales: cuando las líneas colapsan, las cabinas siguen funcionando (y la gente acude a ellas). En las afueras de los hospitales aún son populares. ¿Qué pasa si te quedas sin batería y cargador? Recurres a ellas.

No es la norma, por supuesto: a finales de los años '90 España aún contaba con más de 100.000 cabinas repartidas por todo el país. En menos de diez años la universalización de los teléfonos móviles y la llegada de los smartphone le propiciaron un golpe mortal. Según Telefónica, el 88% de los ciudadanos españoles no han utilizado alguna durante el último año. Es una cifra impresionante, pero no si la invertimos: ¡el 12% de los españoles aún las sigue utilizando!

Siempre les quedará un espacio en las películas de Wes Anderson. (Zbysiu Rodak/Unsplash)

Dice mucho de su resistencia si asumimos, como indican algunos estudios, que la posesión y el uso de los smarphone se ubica por encima del 95% en la mayor parte de países desarrollados. Es un peculiar salvavidas para rentas bajas y zonas remotas, similar al que ejercen las lavanderías públicas (muy abundantes y frecuentes en las grandes ciudades) o los locutorios (indispensables para muchas comunidades de migrantes que no tendrían acceso a Internet de otro modo).

Ahora bien, ¿por cuánto tiempo? Pues por poco, eso sí. Las cifras de posesión de un smartphone se han disparado (aunque los terminales siguen siendo caros). Y pese a la aparente boyantía de las cabinas en Estados Unidos y Canadá (millones de dólares en beneficios directos, nada menos, más de lo que pueden decir Uber y Twitter, por cierto) sus cifras se están encogiendo: el número y los beneficios del negocio se encogieron a la mitad en los últimos cinco años.

Eso sí: que desaparezca el servicio no significa que lo hagan las cabinas. En Reino Unido se están utilizando para todo: puntos de recarga de teléfono, compra de tarjetas prepago y hasta cafeterías. Y en Andalucía, Telefónica convirtió a 7 de ellas en un espacio para cargar la batería del móvil. No hay mal que por bien no venga.

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