La increíble historia del tipógrafo que descubrió en Figueres el museo de sus sueños por casualidad

"Este hilo". El mensaje, acompañado siempre de un tuit que iniciaba una cadena de subsiguientes mensajes ejerciendo de narración continuada, se ha convertido en un cliché. A menudo sólo sirve para llegar a opiniones más o menos razonadas que diatriban sobre una cuestión de actualidad concreta. Pero también sirven para descubrir historias maravillosas en una red que, pese a estar repleta de ruido, también tiene sitio para los momentos enternecedores. Es el caso del hilo de Marcin Wichary, tipógrafo.

Su historia comienza, como todas las demás, en "este hilo", y en este tuit en concreto:

La palabra "mágico" ha perdido todo su significado en un mundo post-moderno y a menudo demasiado cínico. Pero lo relatado por Wichary posteriormente tiene todos los ingredientes para, si bien no mágico, al menos resultar alucinante.

En Figueres sólo de paso

Wichary es un tipógrafo estadounidense que estaba viajando por la provincia de Girona en dirección Barcelona. Por recomendación de sus amigos, sus huesos depararon en la ciudad de Figueres, puesta en el mapa a nivel internacional por Salvador Dalí, su más reconocible hijo. Al margen del último genio que alumbró España, Figueres cuenta con un bello casco histórico repleto de museos de todo tipo. Entre ellos, uno titulado "de la Técnica", que rápidamente atrapó la atención de Wichary en un discreto cartel urbano:

Inspirado por el prometedor icono, Wichary comenzó a patear las calles de Figueres en su búsqueda. Lo intentó primero orientado por Google Maps y los datos de su móvil, para darse cuenta más tarde de que no contaba con servicio alguno en España. Así que optó por pasear al modo clásico: dejándose guiar por las indicaciones urbanas. Al cabo del rato y con la esperanza de encontrar el museo casi perdida, se topó con un letrero que indicaba su existencia.

El museo era muy, muy pequeño.

Encontrar un museo maravilloso de casualidad

Pero merecía le pena desde su entrada. Wichary se había topado de morros nada menos que con una vieja máquina de escribir, una Bar-Lock de finales del siglo XIX. Un objeto asombroso con una cubierta de hierro espectacular. Su carácter eminentemente estético, de una época ya olvidaba, se compaginaba con lo raro de su hallazgo. Para su gozo, la Bar-Lock podía tocarse, por lo que Wichary comenzó a teclearla entusiasmado.

Convencido por el primer descubrimiento, nuestro protagonista se dirige al recepcionista del museo, y entre señas (no habla ni español ni catalán) paga la escueta entrada y comienza a explorar los rincones del pequeño espacio.

Tanto en la primera como en la segunda planta encuentra pocas cosas destacables. Relojes, máquinas de coser y elementos técnicos y muy antiguos pero, a su juicio, poco destacables. Wichary recorre las primeras instancias desinteresado y a gran velocidad, hasta que se topa con lo que intuitiva e inconscientemente estaba buscando: una escalera que conduce a una misteriosa tercera planta de la que el recepcionista no le había hablado. Y en su camino, la escalera está repleta de pósters sobre máquinas de escribir.

Muchas máquinas de escribir. MUCHAS

Hasta que se encuentra, alucinando, con su merecido premio: una sala con cientos de máquinas de escribir.

Winchary flipa, naturalmente. La sala es en esencia el lugar de sus sueños. Abrumado por lo que ha encontrado de forma involuntaria paseando por las calles de una recóndita y no muy conocida ciudad española, comienza a llorar de la emoción. Jamás en su vida y en su carrera se había topado con un lugar con tantas máquinas de escribir.

Había de todo. Una Sholes and Glidden (también conocida como Remington No. 1, la primera máquina de escribir de la historia que introdujo el teclado QWERTY, el que estás utilizando ahora mismo en tu teclado); máquinas de escribir de tipo index, rarísimas; o incluso una Imperial dual de la que él mismo había hablado en sus charlas. Cosas que conocía, de las que había hablado y de las que sólo había visto fotografías en mal estado repartidas por la red. Ahora las estaba tocando con sus propias manos.

El tiempo se anula en el lugar de tus sueños

Para Wichary, el museo de Figueres era literlamente el sitio con el que había soñado desde crío. Un recóndito homenaje a la historia de las máquinas de escribir y a la tipografía, su profesión, encontrado de casualidad, tras un puzzle de señales callejeras y en una ciudad de tránsito que le habían recomendado sus amigos por un motivo totalmente distinto. Uno de esos lugares que se quedan grabados en la memoria. Y desconocido.

Al cabo de las horas, Wichary vuelve a tocar la tierra con los pies. Una mujer, trabajadora de museo, le informa en español o catalán que es hora de cierre. El tipógrafo asiente consternado y finalmente abandona el lugar, tras una serie de intercambios señaléticos presumiblemente cómicos. Llevaba allí medio día, perdido entre máquinas.

Lo más sorprendente es que Wichary había investigado lugares con máquinas de escribir específicos, pero la joya de Figueres había pasado desapercibida y anónima. Y que su casero de Airbnb, cuestionado por mail sobre museos de este tipo en concreto, había permanecido en silencio. Llegó allí de pura casualidad.

Sea como fuere, y contó su aventura con apasionado interés en Twitter, en uno de los relatos más enternecedores e interesantes que ha dejado la red social, y que le permiten sobrevivir sobre sus numerosos problemas. Como remache a su alucinante historieta, Wichary quiso regalar a todos sus seguidores y a aquellos que habían seguido la peripecia con atención más fotos de las joyas escondidas en Figueres. A disfrutar:

Ver todos los comentarios en https://www.xataka.com

VER 0 Comentario

Portada de Xataka