La ciencia detrás de los arcoiris de fuego, los espectaculares estallidos de luz y color en las alturas

No es un pájaro, no es un avión y, ante todo, no es un arcoiris, pese a que su nombre informal y algo desencaminado así lo presente: los arcoiris de fuego, conocidos más acertadamente como arcos circunhorizontales, son un fenómeno de relativa recurrencia en nuestros cielos que genera espectaculares mosaicos de colores en las alturas. Se parece a un arcoiris sólo en la forma, pero no en su genésis ni en sus razones.

Puede que te hayas topado con ellos en alguna ocasión: espectaculares franjas de colores similares a los arcoiris convencionales que se proyectan a través de la luz en los cirros situados a mayor altitud, una especie de proyección colorista y de impresionante amalgama cromática que se filtra por las nubes y colorea el firmamento. Un estallido que, debidamente fotografiado, resulta en colecciones de imágenes superiores en espectacularidad al arcoiris.

¿Pero si no es un arcoiris por qué lo llamamos como tal y, más aún, por qué lo bautizamos como "de fuego"? Responder a su nombre no oficial es sencillo y requiere tan sólo de un vistazo a cualquiera de ellos: se parecen a los arcoiris por su composición cromática y al darse en días secos, esto es, sin efecto de la lluvia, tienen cierto aspecto de llama incandescente, retratada a través del prisma de las nubes transparentes y flamígeras que les dan vida.

La culpa la tienen los cirros

En realidad, el fenómeno no tiene tanto de arcoiris como de "arcos circunhorizontales", o lo que es lo mismo, halos formados por diferentes juegos de luz en la naturaleza. Los halos son bastante comunes en nuestro día a día y una feature particularmente bonita del sol y del firmamento: círculos iluminados, a menudo de varios colores, que en determinadas latitudes y condiciones meteorológicas rodean al sol o a la luna y le dotan de una corona visual cuyo interior es más oscuro que el cielo que les rodea. Molan.

(Adrian.lifa/Wikipedia)
(Matt Hecht/Wikipedia)

¿Qué pasa cuando añadimos los colores del arcoiris a un halo cualquiera y, además, le restamos el efecto cegador del sol o de la luna? Que tenemos un arco circunhorizontal, el halo más preciado y singular que podemos encontrar.

Para que tan preciosista franja multicolor se forme en las alturas necesitamos dos condiciones ineludibles: por un lado, que el sol se ubique como mínimo 58º por encima de la línea del horizonte; por otro, una generosa ración de cirros, las llamativas nubes que siempre se ubican por encima de los ocho kilómetros de altura y que se despliegan en largas, estrechas y difuminadas hileras sobre la faz de la tierra, generando un paisaje de hebras blancas sobre un fondo azul intenso.

(ProfessorX/Wikipedia)
(Guillaume Piolle/Wikipedia)

La naturaleza de los cirros, tan altos, es esencial para explicar las diferencias entre los arcoiris y los arcos circunhorizontales: mientras los primeros son el resultado del reflejo de la luz solar en las gotas de lluvia aún en suspensión en la atmósfera, los arcos circunhorizontales requieren de un clima seco, porque su gestación depende de las diminutas partículas de hielo hexagonales escondidas en el interior de los cirros. Es ahí donde los rayos de un sol altísimo van a reflejarse, expandiéndose a través de los cirros a través de largos arcos.

Tan largos que, en ocasiones excepcionales, son capaces de extenderse por todo el arco visual desde nuestra posición. Su formación es extraña y singular porque, a lo anteriormente explicado, hay que añadir otro factor: la posición casi horizontal de las particulas de hielo de los cirros en relación a los rayos del sol, única forma de prolongar su luminosidad en la forma de un arcoiris de fuego. Sus casos son tan particulares que en la mayor parte de las ocasiones el arco circunhorizontal es breve, y se circunscribe a nubes aisladas.

Arcoiris de fuego: dónde cazarlos

El resultado del proceso anterior, en caso de que todos los condicionantes estén en su sitio, son imágenes tan espectaculares como esta:

(Senior Airman Matthew Plew/Wikipedia)
(Kristopher Wilson/Wikipedia)

Cirros que capturan, reflejan y devuelven los rayos del sol en mil colores distintos, al modo de un arcoiris que colorea exclusivamente determinadas nubes. Aunque algunas de las fotos más llamativas y comunes de Internet hayan subido artificialmente los colores del arco circunhorizontal, lo cierto es que su carácter extraño y su indisoluble relación con los cirros los convierte en auténticos espectáculos de luz y color, en "arcoiris de fuego" que no tienen nada de arcoiris o de fuego, pero que poéticamente sí lo aparentan.

"Ok, me gustan, ¿dónde puedo verlos?". Virtualmente, en casi todos los puntos del planeta. Y decimos casi: por ejemplo, si viajas a los países nórdicos, con muy, muy pocas horas de sol al año con el astro rey tan alto, por encima de 58º sobre la línea del horizonte, vas a tener imposible toparte con uno de ellos en pleno esplendor (a lo que podríamos sumar los cielos habitualmente húmedos). En general, cuanto más sol, mejor: este gráfico ilustra cómo de probable es que te topes con uno en función de la ciudad en la que estés.

Houston es un buen lugar. Ciudad de México, uno aún mejor.

En general, malas noticias para Europa: estamos demasiado al norte, también los españoles o los italianos. Madrid lo tiene más fácil que Londres o que Copenhague, a cuyo norte es sencillamente ilusorio encontrarse con uno, pero sigue estando más al norte y sigue contando con menos horas de sol que, por ejemplo, Houston, Miami o Los Ángeles, ciudades estadounidenses más al sur y cuyos veranos ofrecen largas horas de sol alto a lo largo del día. Lo mismo puede decirse en México, que cuenta con las condiciones ideales para observarlos.

En este caso, la latitud es la clave, y cuanto más te alejes del Ecuador, más difícil te lo pones. De modo que si estás en el lugar adecuado, con el sol en la posición clave, con los cirros en pleno esplendor y con sus partículas de hielo colocadas paralelamente en relación a la línea del horizonte, entonces quizás, y sólo quizás, puedas capturar con tu cámara (o con tus ojos), el incomparable espectáculo de un arcoiris de fuego.

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