Japón organiza el Mundial de Rugby, y teme quedarse sin cerveza ante la avalancha de británicos

Dos acontecimientos marcarán la reputación internacional de Japón en el futuro cercano: los Juegos Olímpicos de 2020 y el Mundial de Rugby de 2019. A celebrar durante el próximo otoño, la cita mundialista funcionará como ensayo de los fastos olímpicos, más populares, grandilocuentes y relevantes desde un punto de vista de la marca nacional. Ahora bien, el evento rugbístico tiene ciertas particularidades logísticas que testarán gran parte de las habilidades organizativas japonesas. La principal: sus aficionados beben mucha cerveza.

Mucha.

¿Cuánta? Según las estadísticas del anterior Mundial, celebrado con gran éxito por Inglaterra y Gales, una media de 1,4 litros por cada espectador. El consumo de alcohol tiene un alto componente simbólico y cultural dentro del rugby: el célebre tercer tiempo, el encuentro informal y amistoso entre dos rivales tras un partido, cristaliza la caballerosidad de ambos equipos mediante pintas de cerveza. Los aficionados rugbísticos, típicamente anglosajones, tienden a hacer lo propio antes, durante y después de los partidos. Nada que pudiera impresionar a los habituados organizadores ingleses o gales, por otro lado.

Brecha cultural. Japón es diferente. Cuando a finales del año pasado organizó un partido entre Nueva Zelanda y Australia evidenció su falta de preparación en materia cervecera. El estadio, Yokohama, uno de los más importantes del país, agotó todas sus existencias antes del pitido final. Se trata de una brecha cultural. El consumo de cerveza es menor entre la población japonesa que entre la irlandesa o escocesa, y muchos restaurantes no tienden a vender alcohol hasta pasadas las cinco de la tarde (muchos partidos se disputan a mediodía).

Cuando un periódico inglés descubrió que los estadios japoneses sólo planeaban distribuir cinco barriles de cerveza por partido, sus lectores entraron en pánico. En Japón se habla alto y claro de potencial escasez.

Soluciones. Las ciudades japonesas quieren evitar que la cerveza se agote antes de que comiencen los partidos. Sería un fracaso organizativo, no tanto por el propio interés de los japoneses en el preciado brebaje, sino por el descontento que generaría entre sus huéspedes. La organización recomienda a los bares y restaurantes adyacentes a los estadios almacenar hasta cinco veces más cerveza de la ordinaria. Las miras están fijadas muy especialmente en los aficionados ingleses e irlandeses, los más aficionados a hincar el codo.

Más turismo. La historia ilustra el eterno choque cultural entre Oriente y Occidente, y las peculiaridades de un deporte tan especial como el rugby (exceptuando Francia, las siete potencias que dominan el deporte son anglosajonas y cerveceras). Pero también los esfuerzos de Japón por convertirse en una potencia turística. El gobierno desea disparar la cifra de visitantes anuales a los 40 millones anuales. El Mundial de Rugby, que atraerá a más de 400.000 espectadores internacionales, servirá de excelente carta de presentación.

Los Juegos Olímpicos, aún más multitudinarios y diversos, son el plato fuerte. La línea que separa su éxito de su fracaso es delgada, y crucial para el futuro turístico de Tokyo.

Otras barreras. En una nación tan peculiar y aislada históricamente como Japón, tan ambiciosos planes implican un sinfín de retos culturales. Más allá de la cerveza (que sí es popular entre los japoneses, aunque no tanto como entre los británicos) hay otros problemas. Los tatuajes son uno de ellos. Asociados a la Yakuza y a otros grupos criminales, el país nipón los controla y vigila con celo. No sucede lo mismo en los países occidentales, muy en especial en aquellos que, como Nueva Zelanda o Australia, gozan de cierto carácter cultural pacífico y maorí.

La organización del Mundial de Rugby también se está preocupando de alertar a las autoridades. Esos tatuajes no tienen las mismas connotaciones culturales.

Imagen: Public Domain

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