Inadaptados en el colegio, genios fuera de él

La enseñanza reglada o la familia no siempre hacen un buen trabajo a la hora de detectar genios. Incluso en los niveles superiores: el estudiante de Yale Fred Smith recibió una nota baja ("puede que uno de mis habituales aprobados") al describir en un trabajo para Economía un servicio de reparto digno de la era de la información. Dice la leyenda que la nota vino remachada por un comentario de su profesor: "las ideas tienen que ser factibles".

Smith nunca desestimó aquel trabajo mal calificado. Seis años después, en 1971, el estudiante de aprobados creaba FedEx, una de las empresas de mensajería más importantes del mundo. Como él, muchos genios han tenido difícil encaje en las aúlas, hasta el punto de que en algunos casos se consideraba que tenían problemas de desarrollo intelectual.

Charles Darwin

Darwin, rememorando sus años fiesteros.

"Mi padre y todos mis maestros me consideraban un chico del todo ordinario, más bien por debajo del estándar intelectual". Darwin escribía estas líneas en su autobiografía. Mal estudiante de niño, peor estudiante de medicina durante sus años formativos, su padre le metió a estudiar letras con la esperanza de que al menos pudiese ordenarse sacerdote. Y fue con ese cambio de carrera (en la que tampoco se aplicaba mucho, según su padre, que le consideraba un diletante) cuando descubrió una vocación que le llevaría a sentar la teoría de la evolución.

"No os necesitamos. Ni siquiera habéis ido a la universidad todavía"

La anécdota la contaba Steve Jobs al recordar los primeros años con Wozniak, cuando intentaron que empresas como Atari o HP se interesasen en su ordenador personal. Jobs, que había aprendido a leer antes del colegio, nunca fue un buen estudiante: en primaria le suspendían con frecuencia por mal comportamiento y desinterés, hasta que un profesor de cuarto de primaria encontró la solución: pagarle por hacer los deberes. Según Jobs, aquello despertó en él el interés por aprender. Y suponermos que por los negocios.

Thomas Edison

Anda que no le gustaba a Edison un buen copyright.

Edison apenas aguantó unos meses en el colegio. Se distraía con frecuencia y sus maestros pensaban que era idiota. Su madre le dio toda la educación que pudo hasta que, con 12 años, el joven Edison se convirtió en un vendedor de periódicos ferroviario. Y aprovechó el tren para estudiar por su cuenta y llevar a cabo experimentos químicos que no siempre salían bien. A los 19 años se convirtió en operador de telégrafo en el turno de noche, que pidió para poder dedicarse a sus dos aficiones favoritas: leer y experimentar, así se llevase por delante el suelo de la oficina y el despacho del jefe por un accidente con ácido sulfúrico. Pero, cuando le despidieron a los 20 años por ese incidente, Edison ya iba camino de convertirse en uno de los inventores más prolíficos de la historia: más de 1.000 patentes sólo en territorio estadounidense. Que sí, que no todas eran suyas, pero...

Lowell Wood, el hombre que superó a Edison

Wood tiene 74 años y hace un par de meses superó a Edison como el hombre con más patentes a su nombre en el país de ambos. Y tiene 3.200 más esperando veredicto. Es el mayor inventor de nuestro tiempo. ¿Aquel sistema Star Wars de satélites con láser antimisiles con el que Reagan quería hundir a los soviéticos? Lo diseñó él, a sabiendas de que no era práctico por tiempo y dinero, pero eh: satélites con rayos láser. Ojalá inventar algo así.

Y, sin embargo, Wood deja claro que como estudiante tuvo sus problemas: sacaba las peores notas de clase y la única forma que tenía de acercarse a los problemas era repetir los exámenes y esforzarse muchísimo en cada materia... En vez de poder desarrollar su mente "polímata", como la describe Bill Gates: la de un tipo que sabe de todo y que tiene una perspectiva inédita para cada problema. Algo que nunca pudo reflejar en sus notas durante los años 50, hasta que no se saltó un par de cursos y se apuntó a la universidad con 16 años.

Walt Disney

Walt Disney vendía periódicos en Kansas con 10 años. Y luego iba al colegio. Cuando podía.

Disney no era un mal estudiante, pero sí irregular dada la precaria situación económica de su familia. Y tampoco le volvía loco el instituto: optó por apuntarse a clases nocturnas de Bellas Artes. Sin embargo, como tantos otros grandes nombres de la época, Disney dejó los estudios a los 16 años para participar en la Primera Guerra Mundial. En su caso, dentro de la Cruz Roja y como conductor de ambulancias, puesto que el artista Disney no era tan buen falsificador de certificados de nacimiento y el ejército le rechazó por ser menor. A la vuelta, nadie quería contratarle como dibujante (ni como conductor de ambulancias): todos los periódicos de Kansas le rechazaron, pero su hermano le encontró un trabajo temporal dibujando anuncios para el banco en el que trabajaba.

Años más tarde, recibió un diploma honorífico de secundaria. A los 58 años.

Srinivasa Ramanujan, las matemáticas como forma de vida

Las matemáticas se le aparecían en sueños.

Ramanujan ha sido uno de los matemáticos más brillantes y desconocidos del principios del siglo XX. Un genio hindú al que la escuela le gustaba tan poco que sus padres tuvieron que contratar a alguien para asegurarse de que no hacía novillos. Fracasaron. Sin embargo, entre su madre, su llegada a trompicones a la secundaria y un par de universitarios que vivían de realquilados en su casa, Ramanujan descubrió las matemáticas... Y a los 13 años ya estaba desarrollando teoremas propios. Su pasión le permitió atravesar la secundaria entre becas y premios, pero su desinterés hacia todo lo demás hizo que no consiguiera terminar la universidad: sobresaliente en matemáticas, suspenso en todo lo demás.

Por suerte, Ramanujan fue "descubierto" dos veces: la primera por la recién creada Sociedad Hindú de Matemáticas y la segunda por el matemático inglés Godfrey Hardy, que se encargó de llevar al genio desconocido a Cambridge. Por poco tiempo: el enfermizo Ramanujan murió a los 32 años en 1920, dejando un legado tan avanzado que todavía seguimos descubriendo.

Robert Sternberg: una vida enfrentada a los test

Sternberg no tenía problemas con los estudios: tenía problemas con los exámenes tipo test. De ansiedad, para ser exactos, que hizo que a los seis años "fracasase" en un test de inteligencia. Lo que le hizo darse cuenta de que los test, en general, no miden nada más "que una serie de capacidades, no la inteligencia o el conocimiento".

Exámenes comunes, entrevistas de acceso a la Universidad o al trabajo... Son campos en los que el brillante psicólogo tuvo dificultades (sacó un tibio aprobado en su primera clase de Psicología), y a los que ha dedicado su investigación para llegar a una conclusión demoledora: "hay un montón de niños que tienen el potencial para tener éxito en sus campos.

Pero, tal y como está concebido el sistema, nunca tendrán una oportunidad. (...) Es un desperdicio enorme de talento". Porque Sternberg es uno de los psicólogos más importantes del mundo en los campos de la inteligencia, los procesos cognitivos y... el amor, un campo al que llegó cuando fracasó su primer matrimonio.

Sus investigaciones dejan claro algo que estuvo a punto de pasarle a él: el sistema educativo "tradicional" muchas veces corre el riesgo de devorar a los genios. "Lo hacía tan mal con los exámenes tipo test que durante mis primeros tres años en el colegio, tuve maestros que pensaban que yo era estúpido. Y cuando la gente cree que eres estúpidos, tienen muy pocas expectativas sobre ti". Pero, ¿por qué el sistema funciona? "Porque es una profecía autocumplida": cuando un alumno lo hace bien en estos exámenes, despierta el interés de los profesores, recibe más ayuda, puede ir a mejores colegios y después obtener mejores trabajos. Para Sternberg, se trata del sistema recompensando sus propios valores elegidos.

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