#HotelesSinNiños: el polémico debate sobre los alojamientos turísticos sólo para adultos

¿Es moralmente aceptable la discriminación de los niños en la oferta de alojamiento de un hotel? ¿Se debe aceptar a nivel legal a los hoteles que no permiten a las familias con hijos contratar sus servicios? Esta y muchas otras preguntas semejantes sobrevuelan hoy el Twitter hispanohablante a través del hashtag #HotelesSinNiños, un debate que contrapone argumentos exagerados, posiciones a priori irreconciliables y modelos de ocio antagónicos.

El origen del debate es un tanto incierto dado que los hoteles sin niños llevan siendo una realidad bastante arraigada en determinados sectores hoteleros de España y el resto de Europa. Una rápida búsqueda en el Google anglosajón devuelve resultados de lo más variopintos, muchos de ellos promocionados exclusivamente como "adults only", y la hemeroteca española incluye un montón de reportajes sobre la nueva moda de la hostelería, de espaldas a los más pequeños.

Si eres demasiado joven como para ser padre o demasiado adulto como para haber sufrido el problema en tus carnes puede sonarte a chino. De modo que, ¿de qué estamos hablando?

Free child: una safe zone para adultos

Los hoteles sin niños forman parte de una amplia amalgama de productos que discriminan o segregan de forma directa a aquellas familias que deseen alojarse o incluir a sus niños en el pack turístico de turno. Una suerte de safe zone totalmente pervertida en su esencia que, amparada en las bondades del libre mercado y el derecho de admisión, aleja a los niños de las zonas de ocio. Hoteles y restaurantes que buscan acceder a la pareja que aún no destina la mitad de su sueldo a los críos y a solteros de diverso calado que desean no ser perturbados por llantos molestos.

La idea está tan extendida, pero a su vez ha quedado tan de lado de las autoridades, que a finales de la semana pasada saltaba a la primera plana mediática gracias a una medida del gobierno de la Comunidad Valenciana. En aquella, Compromís abogaba por limitar desde la normativa vigente a los hoteles sin niños. El objetivo era abrir todos los hoteles a toda clase de cliente. La agencia valenciana de turismo (AVT) lo desestimó porque, legalmente, al parecer, los hoteles sí pueden segmentar a su público.

¿Cómo? Sencillo: aunque no existe una discriminación real, es decir, aunque no exista una prohibición sobre el papel, en la práctica los dueños de las casas rurales, los hostales o los restaurantes implicados en el movimiento desincentivan a las familias con hijos. Por lo que la acción práctica de las autoridades está limitada. En Valencia, al parecer, son bastante comunes, especialmente en el ámbito rural, donde los inquilinos suelen compartir zonas comunes y espacio.

Paralelamente, aquel mismo día saltaba otra polémica en Twitter recogida aquí por El Español. En este caso se trataba de un malentendido entre el prestigioso restaurante Aita Mari y el caricaturista Andrés Palomino. Palomino acusaba en Trip Advisor a los dueños del restaurante de haberles expulsado de malos modos y de forma poco disimulada por la espuria razón de tener un par de hijos. El restaurante se defendió explicando que sólo advirtieron de las complicaciones de adaptar un menú para infantes, pero que en ningún caso cerraban el paso a las familias.

Sea como fuere, el caso explotó en otro hashtag, #StopNiñofobia, que se unía a la larga lista de acusaciones modernas entre adultos con y sin hijos, una larga batalla repleta de argumentos absurdos en la que los unos reclaman espacios libres de la molesta presencia de niños para disfrutar de su madurez sosegada y razonable, sin vástagos en el horizonte.

La tiranía del mercado: si hay demanda, hay oferta

Más allá del cliché, la "niñofobia" lleva siendo un tema recurrente en medios desde hace dos décadas. El debate es simple, ¿por qué se acepta que un restaurante oriente su nicho de mercado hacia las familias con hijos, una realidad no censurada hoy en día, pero se critica exactamente lo opuesto? De fondo se despliegan segmentos de mercado para públicos no interesados en compartir su tiempo con niños y argumentos similares al racismo o la homofobia, comparando la aversión a los niños con formas de discriminación por razón de orientación sexual o etnia.

En este caso el problema sería la edad, lo cual tendría bastantes giros (la mar de interesantes en las sociedades occidentales contemporáneas, por otro lado) argumentativos, como un mero repaso a Twitter hoy muestra.

Para unos la cuestión es la civilización de los padres: adultos solteros y sin hijos estarían dispuestos a compartir su espacio y tiempo de ocio con pequeñas criaturas humanas sólo si sus padres los hubieran educado debidamente (intuimos: si no gritaran, molestaran o alborotaran el lugar), poniendo el foco en la falta de valores de los padres de hoy (un tema ancestral). Otros señalan lo grave e injusto de la medida (los niños no tendrían la culpa) o el mero resentimiento hacia los pequeños.

Y para muchos otros es una cuestión de hipocresía: del hoteles sin niños pasamos a los hoteles sin cuñados cuarentones que molestan por sus debates a grito pelado, a hoteles sin guiris borrachos que destrocen el mobiliario urbano, a hoteles sin chavales de entre 18-19 años que armen jaleo a las 3 de la madrugada o, por qué no, a hoteles sin despedidas de soltero.

Dado que la legislación vigente no aplica o no se aplica por parte de las autoridades, el debate se resume a mera ley de oferta y demanda en el propio sector hotelero. Y sea indignante o no, la idea funciona: hace poco abría en Ibiza un hotel de 4 estrellas destinado única y exclusivamente a adultos. Antes que un debate moral, como cuentan aquí varios dueños de los establecimientos, para ellos es un debate económico: se califican como "free child" porque hay gente que busca unas vacaciones así.

Y donde hay clientes, hay rentabilidad. Pese a que no tengan nada en contra de los niños.

Imagen | Leo Rivas Micoud/Unsplash

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