
También rehabilitó y repintó dos bancos de la calle. El ayuntamiento catalán le ha sancionado con 1.733,39 euros.
¿Qué haces cuando ves que tu barrio, tu calle, va quedándose poco a poco despojada de árboles, donde el mantenimiento urbanístico pasa de largo? En Mataró, en la provincia de Barcelona, en la calle del Cós, Miquel, un vecino de la zona, decidió tomar cartas en el asunto. Arrastraba años de frustración documentada. Sus quejas oficiales empezaron en el lejano 2019. Reclamaba que se cuidara el entorno y, tras esperar mil días de algún movimiento por parte de su Ayuntamiento, decidió pasar a la acción directa, poniendo su dinero, su tiempo y su sudor.
Durante varios días, compró por 34,40 euros y plantó cinco árboles en alcorques vacíos. Lijó y pintó dos bancos públicos de madera podrida. Sustituyó varias baldosas reventadas por piezas nuevas y seguras. Creó un rincón habitable para su comunidad. Hizo el trabajo sucio con su propia pala y las herramientas que tenía por casa.
La maquinaria administrativa. Los inspectores de Mataró llegaron, levantaron acta del "desastre" y cayó el veredicto como una losa: una multa económica de 1.733,39 euros. El consistorio justifica el sablazo citando la Ordenanza de la Vía Pública local, la norma que protege el "dominio público" de cualquier alteración no autorizada por las vías burocráticas.
Lo kafkiano del asunto es lo que sigue. Porque la sanción no solo castiga la supuesta infracción urbanística: el monto total incluye el coste operativo de las brigadas municipales. Es decir, ir al lugar, arrancar cinco árboles sanos, volver a dejar como estaban los arreglos del pavimento y devolver a la calle su estado. Suena a distopía institucional, a una especie de ‘Brazil’ distorsionado en clave de urbanismo moderno que faculta la degradación, pero el ciudadano no puede tocar.
Lo que dice la ciencia. Voy a intentar explicarlo con una ronda de marcroestudios. La temperatura del aire durante el día siempre es menor bajo un dosel arbóreo. La sombra que arrojan es esencial, pero para que el enfriamiento sea drástico, una calle debe superar un umbral del 40% de cobertura arbórea. Las calles con árboles son, en promedio, 1 °C más fríos en el aire ambiental, pero estar bajo sombra directa puede suponer un descenso de 10 ºC frente al asfalto expuesto directamente al sol.
Además, los árboles urbanos filtran toneladas de partículas finas (PM2.5), reduciendo drásticamente la incidencia de asma y enfermedades respiratorias. Ah, y se ha demostrado una relación entre la presencia de árboles en calles densas (como el caso de Mataró) con una reducción inmediata del cortisol y una mejora de salud mental de los vecinos. Más verde, menos estrés.
Hay decenas de estudios directos sobre ciudades europeas comparando la mortalidad por islas de calor. Un tercio de las muertes prematuras se evitarían si se alcanzara un 30% de cobertura arbórea. Se ha medido la equidad arbórea, hay portales dedicados para hacer seguimiento con termografías de los dramas en algunas zonas y la infraestructura verde plantada por vecinos es, encima, más eficiente y barata de mantener a largo plazo que la refrigeración artificial.
Las preferencias de Mataró. Sentarse en un banco bajo una copa frondosa supone hasta 12 grados menos de temperatura respecto al asfalto expuesto al sol. Esta diferencia salva vidas durante las insoportables olas de calor. Las plantas preservan la fauna local, acogen a los pájaros y a los insectos polinizadores. Mejoran drásticamente el bioma del barrio, filtran el aire tóxico de los tubos de escape y elevan la habitabilidad de calles grises y tristes.
Al parecer, otro ciudadano del barrio denunció en agosto de 2024 que Miquel estaba actuando por cuenta pública. Este fue el inicio del expediente sancionador. En cualquier caso, el vecino de Mataró, Miquel, ha impugnado la sanción por la vía legal y defendido su obra civil, aludiendo a las mejoras estéticas y de habitabilidad, y argumentando que no ha causado ningún daño al patrimonio público. No hace falta firmar una agenda global rimbombante para satisfacer las necesidades de un barrio.
Guerrilla verde. El caso coincide con casos similares del pasado. Claudio Trenta, en Barlassina (Italia) era un jubilado de 72 años que veía con horror cómo sus vecinos caían al suelo —por un socavón enorme en un paso de cebra—. Como ignoraron la petición, el abuelo compró un saco de alquitrán, tapó el bache en apenas media hora de trabajo y la policía local lo sancionó con 882 euros. Le ordenaron reabrir el agujero con un pico.
En Viña del Mar, Chile, una vecina vivía al borde de una quebrada llena de maleza seca. Preocupada por un incendio forestal inminente, primero pidió ayuda al municipio y, ante las negativas, desmalezó toda la zona y tiró los restos orgánicos a un contenedor cercano. Le cayó otra multa de 180.000 pesos chilenos por "disposición ilegal de podas y escombros".
Hasta Rod Stewart —sí, la leyenda del rock británico— se grabó un vídeo tapando baches de su calle porque estaba hasta las narices de reventar las ruedas del coche y las autoridades locales le echaron una reprimenda pública. Algo similar le pasó a Arnold Schwarzenegger. Existe un movimiento, el “guerrilla gardening", focalizado en rehabilitar vertederos y zonas abandonadas y convertirlas en parques o granjas comunitarias. Luego llegan las multas por cultivar hortalizas sin pagar los permisos agrícolas comerciales correspondientes. Si el pueblo gobierna al pueblo, aquí encaja regular.
Dejarlo como estaba. Los artículos sobre bienes patrimoniales son claros. Se puede tipificar, por ejemplo, la manipulación de residuos —ya no volcar papeleras, sino recoger su contenido—, alterar, pintar o pegar carteles sin permiso en farolas, bancos, señales de tráfico o contenedores y situaciones similares.
Ante esta situación, Miquel resume que “en ocasiones parece más seguro dejar que un banco se pudra, que un alcorque permanezca vacío y que una acera continúe deteriorándose que intentar arreglarla por iniciativa propia”. Lo que está claro es que, en plena ola de calor, el asfalto quema pero más quema la burocracia, si atendemos al precio que cobra cualquier intento ciudadano de reformular lo habitable.
Imágenes | Pexels (Berna)
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