Filmar la naturaleza en acción nos demuestra lo pequeños que somos

28 de mayo de 2008, Groenlandia occidental. Nada altera la paz de este remoto rincón del planeta. Adam LeWinter y Jeff Orlowski, miembros del programa Extreme Ice Survey, iniciativa dedicada a la captura de imágenes en vivo de diversos ecosistemas de la tierra, realizan su trabajo sin sobresaltos. Hasta que, en un momento dado, la tormenta se desata. Un glaciar comienza a fragmentarse. 75 minutos después habrá perdido gran parte de su masa. Es un espectáculo sobrecogedor.

La escena, que podéis ver más arriba, forma parte del documental Chasing Ice, estrenado el año pasado a lo largo y ancho de todo el mundo. En él observamos qué está pasando con los glaciares de la tierra. Y como se aprecia en el vídeo, no es nada bueno. Se están derritiendo, y lo están haciendo de un modo terrorífico, espectacular y embriagador. El que protagoniza el vídeo es el glaciar Ilulissat, y es el desprendimiento más grande del que jamás hayamos tenido grabación en vídeo.

Nada que sorprenda tras haber observado las imágenes. En ellas, observamos una pequeña gran comparativa: qué habría sido de parte de la isla de Manhattan si hubiera estado encima del glaciar. Algo feo. La masa derretida es tal, su virulencia es tan impactante, que hay pocas palabras para definir la espectacularidad de las imágenes. Simplemente es uno de los espectáculos más bellos, tráficos y dramáticos que la naturaleza nos ofrece.

Una prueba más en la larga lista de imágenes y vídeos que nos ponen en perspectiva respecto a nuestro mundo. Somos muy pequeños, y el glaciar Ilulissat es sólo un ejemplo de ello.

La incontenible fuerza de los mares

Pocos fenómenos naturales son tan destructivos como los tsunamis. Tanto el del 2011 en Japón como el de 2004 en gran parte del sudeste asiático provocaron no sólo gigantescos desperfectos materiales, sino también la pérdida de miles y miles de vidas humanas. Son imposibles de detener. Y sin embargo, su imagen real se aleja del cliché del imaginario colectivo, de la gran ola.

No por ello dejan de ser igual de impresionantes. En el vídeo de más arriba se aprecia en qué consiste un tsunami: el agua llega de forma más o menos progresiva, no en una sacudida repentina. Poco a poco, el brazo de mar que se adentra en la ciudad comienza a tomar más fuerza, más corriente, como un río masivo. Poco después, se ha desbordado, ha ganado altura y está arramplando con todo cuando se atisba en el horizonte.

A pie de tierra es así. Desde el aire se ve de otro modo.

Sucesivas cargas de olas, no demasiado altas pero sí de una potencia incontenible, se acercan poco a poco a la orilla. Lo que desde la lejanía no parece tan peligroso torna en una trampa mortal en la orilla. Los resultados posteriores son trágicos. La acción combinada del tsunami y del terremoto de Japón en 2011 provocaron la muerte de más de 15.000 personas, y resultados casi calamitosos para la infraestructura del país. Incluida una central nuclear, la de Fukushima.

El balance del tsunami de 2004 es mucho peor. Sus imágenes, también.

Una gran masa de espuma se acerca desde el horizonte. A pie de playa nadie percibe el peligro, pero desde los edificios adyacentes sí. El terremoto y tsunami de 2004 provocaron más de 250.000 muertes a lo largo del sudeste asiático, principalmente en Indonesia, India y Tailandia. Su impacto fue perdurable y una de las mayores tragedias naturales y humanitarias del siglo XXI. Un tsunami de semejante magnitud arrasa con todo lo que encuentra a su paso. No deja prisioneros.

Fuego, humo y cenizas en los bosques

En el otro extremo de los mares, los incendios forestales. No tan devastadores en términos humanos, igual de trágicos si nos referimos a su impacto en la naturaleza. Dada su condición, generalmente en grandes masas arbóreas lejos de los grandes núcleos de población, no suelen ser considerados tan espectaculares. Pero lo son. Véase por ejemplo este timelapse de un reciente incendio forestal en el parque de Yellowstone, en Estados Unidos.

La imagen del fuego es inexistente, y sin embargo sus efectos son notorios, personificados en la creciente e inabarcable gran columna de humo que domina el horizonte y la panorámica de un parque gigantesco. Algo parecido sucedió en 1988, en el mayor incendio forestal registrado en Yellowstone. Y en Yosemite, California, en 2013. Este timelapse de The Daily Conversation ofrece varios puntos de vista visuales para comprender la magnitud de la catástrofe.

Las imágenes de un gran incendio desde el aire tienen un alto componente dramático. Al desarrollarse de forma constante y no puntual, su impacto es mayor, más aún cuando frente a ellos se ubican de forma impávida miles y miles de árboles esperando ser devorados por las llamas. El canal Discovery utilizó un helicóptero para filmar el incendio de Ontario, Canadá, en 2011, en uno de los mayores incendios de la década en América del Norte.

Vídeos desde el corazón de la tierra

De los bosques a los volcanes, siempre con el fuego como hilo conductor. Pocos fenómenos naturales cuentan con tal aureola mitológica como los volcanes. A ellos, no en vano, se les atribuyen diversos actos históricos de amplia relevancia, como la desaparición de Pompeya o incluso la Revolución Francesa. Las nuevas tecnologías implantadas durante los últimos años nos permiten, de la mano de National Geographic, conocerlos más de cerca.

La fuerza de un volcán se puede medir en diversos parámetros. Desde la cantidad de lava vertida hasta las consecuencias en la vida diaria de miles de personas. Pero hay una que es especialmente visual, y es el momento mismo de la erupción y de la onda sonora destada tras semejante derroche de energía liberada. Aquí vemos el caso de un volcán en Papúa-Nueva Guinea.

¿Cómo es posible que un volcán llegue a paralizar por completo el espacio aéreo europeo? Lo que a priori parece imposible torna en certeza observando un timelapse de la erupción del volcán Eyjafjallajökull, en Islandia, durante 2010, algo que anuló viajes a lo largo de todo el continente, que provocó que más de uno se atragantara con la lengua al intentar pronunciar su nombre y que, una vez más, tuviéramos más vídeos de fenómenos naturales con canciones de Sigur Rós de fondo.

Y para cerrar el capítulo de volcanes, miremos a Chile, donde hace escasos dos meses entró en acción el Calbuco, en la región de Los Lagos. Un volcán destatado, imágenes de alta resolución, cámaras de vídeo por doquier, timelapse et voilá, un documento gráfico impagable.

La inmensidad de la tierra que habitamos

Entender la magnitud, el tamaño real del mundo que habitamos es una tarea complicada. Nuestra vida transcurre en un terreno limitado y conocido, habitualmente pacífico y pequeño en proporción al resto del planeta. De modo que la idea de inmensidad está limitada en nuestra imaginación. Pero no en la vida real. Y en ningún otro lugar del mundo tal concepto cobra tanta intensidad como en las llanuras que se reparten en todas las esquinas del globo.

Por supuesto, el impecable trabajo de la BBC y de sus series documentales Earth nos permiten ir más allá de nuestra cotidiana vida. Desde las migraciones terrestres más impresionantes y numerosas del mundo, hasta millones y millones de kilómetros llanos, apenas habitados o explorados, perdidos en el horizonte, prueba definitiva de la grandeza literal y metafórica de nuestro planeta.

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