
Porque una invasión abierta de territorio noruego plantearía una situación mucho más clara
Durante casi un siglo, Svalbard fue uno de esos lugares donde Rusia y Occidente conseguían convivir incluso cuando las relaciones se deterioraban en otros sitios. El archipiélago pertenece a Noruega, está a más de 900 kilómetros de su territorio continental y un tratado internacional permite que ciudadanos de otros países desarrollen allí determinadas actividades económicas. Rusia conserva incluso una localidad propia, Barentsburg. Esa excepcionalidad que durante décadas ayudó a mantener la calma es ahora precisamente lo que preocupa.
Un pedazo de Noruega a 900 km. Svalbard ocupa una posición extraordinaria en el Ártico. El Tratado de 1920 reconoce la soberanía noruega, pero concede a sus signatarios derechos económicos y establece que las islas no pueden utilizarse con fines bélicos ni albergar bases navales o fortificaciones.
Rusia heredó allí una presencia soviética que llegó a ser enorme: durante la Guerra Fría había unos 2.400 ciudadanos soviéticos en Spitsbergen y representaban alrededor del 70% de su población. Hoy esa presencia se concentra principalmente en Barentsburg, una antigua localidad minera administrada por la empresa estatal rusa Trust Arktikugol.
Sin necesidad de invadir. La preocupación noruega no se centra únicamente en soldados rusos desembarcando en Svalbard. Desde la invasión de Ucrania, autoridades y expertos noruegos han señalado una sucesión de actividades que consideran provocaciones de “zona gris”: actos con simbología militar, una organización juvenil indirectamente relacionada con la marina rusa, anuncios de ejercicios con misiles en las proximidades y una presencia institucional rusa renovada.
Los servicios de inteligencia noruegos sostienen que Moscú busca ampliar su margen de actuación en el archipiélago, mientras Rusia niega cuestionar la soberanía de Noruega y acusa a Oslo de contribuir a la militarización de la región ártica.
Svalbard y los submarinos. Lo hemos contado antes. La geografía explica por qué unas islas aparentemente remotas importan tanto. A unos 1.000 kilómetros se encuentra la península rusa de Kola, donde está concentrada una parte fundamental de las fuerzas submarinas nucleares estratégicas de Rusia.
En un conflicto, los submarinos rusos necesitarían acceder desde aquellas aguas hacia las profundidades del Atlántico Norte, precisamente una de las zonas cuya vigilancia interesa especialmente a la OTAN. Eso convierte el entorno de Svalbard en un espacio donde cables submarinos, navegación, vigilancia marítima y actividad militar adquieren una importancia muy superior a la que su escasa población sugeriría.
La pesadilla de Noruega. El escenario más incómodo no requiere una ocupación. Rusia podría alegar, por ejemplo, una emergencia que afectara a ciudadanos rusos de Barentsburg y enviar fuerzas para gestionar la crisis, creando una situación en la que Noruega considerase vulnerada su soberanía mientras Moscú presentase la operación de otra manera.
Expertos citados por Politico plantean precisamente ese tipo de hipótesis como una posible prueba de cohesión para la Alianza: una acción suficientemente agresiva para que Oslo pidiera ayuda, pero deliberadamente diseñada para abrir una discusión entre los aliados sobre si constituye el ataque armado contemplado por el artículo 5.
Reforzar el norte. Oslo intenta responder sin romper el delicado equilibrio jurídico y político de Svalbard. Noruega prepara nuevos satélites de vigilancia marítima, está renovando su Armada y su Guardia Costera y ha encargado cinco fragatas antisubmarinas Type 26 británicas y seis submarinos Type 212CD alemanes, al tiempo que aumenta la cooperación militar con aliados como Reino Unido y Alemania.
La defensa de Svalbard forma parte de la planificación de la OTAN, pero las autoridades noruegas insisten en combinar disuasión y estabilidad en lugar de responder a cada movimiento ruso elevando inmediatamente la tensión en las propias islas.
Pocas piezas para un problema. La vulnerabilidad también es física. Longyearbyen, la principal población noruega, depende de dos cables submarinos de internet, un aeropuerto, un depósito de agua y una central eléctrica alimentada con combustible importado.
Las autoridades están reforzando esas infraestructuras y disponen de planes para evacuar rápidamente la localidad si una crisis lo exigiera. En un territorio tan aislado, alterar una conexión, una instalación o una ruta logística puede tener consecuencias desproporcionadas sin necesidad de desplegar una fuerza militar convencional.
La prueba para el Artículo 5. Una invasión abierta de territorio noruego plantearía una situación mucho más clara; una sucesión de sabotajes, incidentes, emergencias fabricadas o movimientos difíciles de atribuir sería otra cosa. Ahí reside el verdadero problema de Svalbard: Rusia mantiene una presencia legítima amparada por un tratado centenario dentro de un territorio cuya defensa corresponde a Noruega y está integrada en la planificación de la OTAN.
Moscú niega que pretenda alterar esa soberanía y una ocupación se considera un escenario improbable incluso entre algunos especialistas citados. Pero precisamente por eso las islas representan un escenario especialmente delicado: a más de 900 kilómetros de la Noruega continental, la prueba más difícil para la Alianza podría no ser decidir cómo responder a una invasión, sino ponerse de acuerdo sobre cuándo una provocación ha dejado de ser una provocación y se ha convertido en un ataque.
Imagen | Picryl, Mozzihh, Wen Nag (aliasgrace)
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