Europa antes y después de Trafalgar: así cambió todo la batalla marina más espectacular de su tiempo

El 21 de octubre de 1805 se produjo la batalla de Trafalgar, una de los enfrentamientos navales más conocidos de toda la historia. Aquella contienda fue especialmente significativa para las tres naciones que participaron en ella. Inglaterra derrotó aplastó a la flota combinada de España y Francia, y con ello consolidó un poderío marítimo que mantendría durante todo el siglo XIX.

Aquella batalla fue precedida de una serie de acontecimientos igualmente singulares: qué mejor momento que este aniversario de su celebración para repasar quién era quién en una batalla que encumbró al vicealmirante Nelson al olimpo de los héros británicos y dejó casi totalmente en el olvido a Villeneuve, al mando de la flota franco-española. Napoleón, que pretendía invadir Inglaterra, tuvo que rendirse a la evidencia. Aquello cambiaría el curso de la historia.

Francia, Inglaterra y España ya andaban como el perro y el gato

A finales del s. XVIII la situación histórica era especialmente convulsa. Francia era una potencia continental con un ejército muy numeroso, mientras que Inglaterra había fortalecido de forma asombrosa su flota y su comercio marítimo y seguía siendo aparentemente inexpugnable ante un ataque. España entraba en la ecuación como aliado potencial de ambas naciones, que jugaban a los dimes y diretes y firmaban constantes acuerdos y alianzas para hacerle la pascua al tercero.

Carlos IV, rey de España desde 1788 a 1808

Napoleón sabía que su flota no podía competir con la inglesa y España pretendía mantenerse neutral. Carlos IV también tenía muy claro que la potencial invasión francesa era un peligro real, y para evitar este enfrentamiento se firmó el Tratado de San Idelfonso en 1796. Eso colocaba a España oficialmente como aliada de Francia. Hoy por ti, mañana por mí, dijeron ambas naciones: si Gran Bretaña empieza a hacernos la puñeta, uniremos fuerzas contra ella. A España, eso sí, le tocaba contribuir económicamente a las guerras de Napoleón.

Aquel tratado era visto de formas distintas por unos y otros, por supuesto: Manuel de Godoy, amante de la reina María Luisa, escribiría en sus memorias que esta alianza "preservó a mi patria de los duros encuentros y desastres que afligían y afiligieron largamente una gran parte de la Europa [...], este tratado en fin que evitó a la España un sin número de males, y le procuró muchos bienes". Historiadores y autores modernos no están tan de acuerdo con esa valoración.

El escritor Arturo Pérez-Reverte narraba no estaba de acuerdo con esa valoración. En su novela de ficción histórica 'Cabo Trafalgar' lo dejaba claro: "Tenemos un rey abúlico e incapaz, una reina más puta que María Martillo, y su amante, Godoy, príncipe de la Paz, el niño bonito de Madrid, el héroe de la guerra de las Naranjas, jefe máximo de las fuerzas navales y de las otras, lamiéndole un día sí y otro también el ciruelo a Napoleón con los tratados de San Ildefonso".

La pérfida Albión

El poeta y diplomático francés Augustin Louis Marie de Ximénès (tenía antepasados aragoneses) publicaría en 1793 un poema en el que se unía al hartazgo francés frente a la actitud de Inglaterra. En él arengaba a los ejércitos franceses con aquel famoso "Attaquons dans ses eaux la perfide Albion" ("Ataquemos en sus aguas a la pérfida Albión").

Aquel calificativo tan asociado ya a Gran Bretaña desde entonces se hizo más cierto que nunca en la trágica batalla (por llamarla de algún modo) del cabo de Santa María. El 5 de octubre de 1804 la escuadra mandada por el brigadier José de Bustamante y Guerra daba una apacible vuelta por el Algarve —que de turístico tenía más bien poco en aquella época— con un rico botín que se traían desde Montevideo.

Cuando el brigadier abrió el ojo aquella mañana se encontró de golpe y porrazo con la escuadra inglesa al mando del comodoro Graham Moore, que iba directo a por ellos sin haber mediado palabra. Bloody Spaniards y todo eso. Sin guerra de por medio y sin provocación las fragatas sajonas se situaron a barlovento —que es como se ganaban la mayoría de combates navales entonces— y comenzaron el ataque a traición contra la flota española.

El resultado fue aplastante: la escuadra española perdió a 269 de sus marineros y tuvo 80 heridos. La escuadra inglesa —criticada incluso en la prensa de su propio país— solo perdió dos hombres y tuvo siete heridos. Los británicos se hicieron con un enorme botín, pero no con todo: la Fragata Nuestra Señora de las Mercedes se hundió con un tesoro fabuloso que siglos después acabaría siendo recuperado por los cazatesoros de la Odyssey Marine Exploration: España lograría recuperar las 500.000 monedas sacadas del pecio en 2007 tras el fallo del Tribunal Supremo de los Estados Unidos.

Eso no les importaba mucho ni a británicos ni a españoles 200 años atrás, claro. Tenían otra cosa en la que pensar. Aquella fue la provocación última. Nuestro particular día de la infamia. ¿Queréis guerra? Tendréis guerra.

En España ya se estaba poniendo el sol

Muy atrás quedaban ya los tiempos de Felipe II y de un imperio en el que nunca se ponía el sol. La otrora magnificencia de la flota española, envidiada por amigos y enemigos a partes iguales, estaba de capa caída. No tanto por los barcos en sí, algunos de los cuales seguían siendo ideales de la muerte, sino por las tropas y marinos (no los mandos, porque Churruca y Gravina, entre otros, eran admirados incluso por los ingleses) que teníamos en la época.

Nos quejamos ahora del paro, las pagas extras suprimidas y los EREs. Aquello, queridos lectores, era el despiporre, y ni siquiera los soldados y marinos de guerra lograban que sus familias recibieran las pensiones tras cumplir con la madre patria y morir (o no) en el intento. Las arcas nacionales no estaban para esas cosas —sí para pagarle los dineros a Napoleón, por lo que parece— así que la moral estaba por los suelos y las tripulaciones eran en muchos casos llevadas a los barcos a la fuerza.

Presos y marinos novatos reclutados mediante una leva se mezclaban con soldados y mandos (algunos, entre los mejores marinos de su tiempo) que salvando algunas honrosas excepciones estaban hasta las narices de no poder comprarles regalos de navidad a sus pequeños infantes.

Aquellos mandos sabían lo que se les venía encima. El marqués de la Ensenada había logrado recuperar algo del brillo de la Armada española décadas antes, pero con Carlos IV el estado de nuestra flota era lamentable: como las arcas nacionales no daban ni un duro para tratar de adecentarla, algunos generales, brigadieres y jefes de escuadra se habían gastado su propio dinero para contratar a carpinteros y pintores para que nuestros barcos no dieran tanto el cante frente a los franceses.

No era suficiente, por supuesto. La biodramina tardaría 150 años más en llegar para salvarnos de los mareos marinos (y por lo visto, los de la realidad virtual), y la mitad de la tripulación se pasaba los días echando lastre porla borda con cara amarillenta. Eso los que sobrevivían, porque muchos acababan heridos o muertos en el cumplimiento del deber por caídas o golpes varios.

En Francia la cosa andaba algo mejor, pero la Marine francesa era el patito feo de los ejércitos napoleónicos. Al emperador le iban más la infantería y la caballería, así que buena parte de sus recursos económicos iban destinados a esos ejércitos (no los suficientes, como comprobaría en Rusia) y no a los barcos.

La reciente revolución, no obstante, les había levantado el ánimo a los tripulantes de la armada francesa, que entonaban día sí día también el "allons enfants de la patrie" y tenían el espíritu patriótico por las nubes. Eso no serviría de mucho, porque aunque de ánimo andaban bien, de lo que no andaban muy surtidos era de mandos decentes, y aquí el vicealmirante Villeneuve se llevaba la palma. Pero nos estamos adelantando a la historia.

Esa alianza conjunta lo tenía complicado frente a una Armada inglesa que estaba en su mejor momento. Mimada por un gobierno que, oh sorpresa, pagaba a marinos y mandos regularmente y que además cuidaba su herramienta principal para defender lo que era suyo (y atacar lo de los demás). Entrenados, motivados y bien pagados, los marinos y los barcos ingleses eran el terror de las aguas.

"Al inglés, a la mujer y al viento, dice el proverbio, con mucho tiento", apuntalaba Pérez-Reverte en 'Cabo Trafalgar'. En esa novela el autor nos recordaba cómo los jefes y oficiales españoles eran "chicos de más o menos buena familia", mientras que los franceses se habían ganado los galones tras una revolución que había renovado la plantilla a base de guillotinazo limpio. Napoleón "amariconó un poco el escalafón, los ascensos no fueron por antigüedad sino por echarle pelotas a los abordajes". Los mandos franceses venían de la cantera, como quien dice, y su motivación era máxima.

Y para muestra, un botón (histórico): el de Jean-Jacques Étienne Lucas, más conocido como Petit Lucas —incluso por sus hombres— por su baja estatura. El capitán del Redoutable se dedicaba a entrenar a sus hombres en el manejo del mosquete o del sable hasta la extenuación, y pagaba las cervezas de después a los que se esforzaban de verdad.

Puede que aquellos marinos no tuvieran la tableta de chocolate de los espartanos, pero lo que sí tenían era muy mala leche —y esa era una característica típicamente española— y hubieran seguido a son capitaine hasta la muerte. Uno de sus hombres, por cierto, fue el que le metió al almirante Nelson la fatal bala entre pecho y espalda que le acabó dejando sin vida y que serviría a la postre para que los británicos le ensalzaran como un héroe nacional.

Napoleón quería lo imposible: invadir Inglaterra

Y en estas estábamos, con una fuerza combinada que tenía un objetivo claro: el de servir como punta de lanza para la futura invasión de Inglaterra. Como explican con prodigiosa profundidad en Todo a babor Napoleón era todo un señor de la guerra, pero le iba mucho más la tierra firme, y pecó de "querer ser almirante siendo general".

La idea de Napoleón era simple y brillante: hacer que los ingleses centraran su atención en otra parte —la idea era arrastrarlos al otro lado del charco— para dejar desprotegidas sus propias costas. A partir de ahí tocaría entonar una vez más el le jour de gloire est arrivé a sus ejércitos y colársela pérfidamente a la nación pérfida por definición.

Todo salió mal en aquel plan porque las cosas en el mar son muy distintas. Están las tormentas, están el estado de barcos y tripulaciones, y está el tener a vicealmirantes como Villeneuve, al que se le daban mejor las huidas que los enfrentamientos y que merecería un artículo propio para él solito. La misión era ambiciosa, desde luego. Como explican en el citado artículo:

Villeneuve, vicealmirante francés al mando de la escuadra del Mediterráneo debía burlar el bloqueo ejercido por el también vicealmirante Nelson sobre Tolón y prestamente unir las escuadras españolas de Cartagena y Cádiz con rumbo al Caribe, donde debían unírseles (si lograban eludir el bloqueo británico) otras escuadras francesas venidas desde Rochefort y la principal, la del océano, desde Brest. Con el “ruido” montado atraerían numerosas unidades inglesas y lo aprovecharían para volver rápido a Europa, unir otra escuadra española en El Ferrol y aproar hacia El Canal o para levantar el bloqueo de la de Brest si ésta no lograba zarpar sin combatir (como de hecho ocurrió, por el estrecho y férreo bloqueo impuesto); consiguiendo el éxito de toda la operación.

¿Perdimos la batalla de Trafalgar por el vicealmirante Villeneuve?

La carambola era de aquí te espero, por muy francés que fuera el billar, y como Murphy era muy inglés, todo lo que podía salir mal salió mal. O casi todo. Villeneuve no paró de perder oportunidades desde que escapó por primera vez de la vigilancia de Nelson y su bloqueo británico. Llegó a Cartagena y las prisas —y el miedo a que Nelson se presentase de repente— hicieron que no incorporase a la flota 6 navíos del contralmirante español Salcedo.

En su camino hacia Cádiz pudo haber aprovechado su superioridad para deshacerse de la escuadra inglesa de vigilancia del vicealmirante Orde, que constaba de 5 navíos. Villeneuve aquí pareció aplicar el "deja para mañana lo que puedas hacer hoy" y salió corriendo para evitar el enfrentamiento. O más bien navegando, pero todo lo rápido que pudo.

En Cádiz sí incorporó los 6 navíos del vicealmirante español Gravina y otro navío francés que estaba también allí, y con esa flota parte hacia las Antillas, donde se le unieron dos navíos más, pero no otras dos poderosas escuadras que hubieran configurado un conjunto temible. Con todo y con eso Villeneuve contaba con 20 navíos con los que se dedicó a una extraña espera pasiva con la que sus colegas españoles —y en especial Gravina— no estaban muy de acuerdo. Ya que estamos aquí, pensaba el vicealmirante, podríamos recuperar la isla de Trinidad, entre otras cosas.

Pero no. Lo más gracioso es que Nelson, que estaba harto de jugar al ratón y al gato, llegó a la zona con 10 navíos. Villeneuve pudo aprovechar ese momento para entablar combate y aprovechar nuevamente la superioridad numérica, pero Nelson era mucho Nelson. Al menos para él. Villeneuve era algo así como el Poulidor de los mares. El eterno segundón frente a un Nelson (Eddy Merckx) que siempre parecía tenerle tomada la medida. Villeneuve volvió a hacer lo que mejor sabía: huir.

EL vicealmirante puso rumbo a Finisterre, y tras un viaje aciago se encontró con una oportunidad más. El 22 de julio de 1805 tenía enfrente 15 navíos ingleses dirigidos por el vicealmirante Calder, que por muy vicealmirante inglés que fuera, no era Nelson.

Por si eso fuera poco, los navíos franceses y españoles disponían del barlovento, pero una vez más Murphy acudió en forma de niebla. Los navíos españoles se emplearon a fondo, pero los franceses preferían batallar con un sol radiante. Dos barcos españoles desaparecerían en la refriega, y Villeneuve —que no movió ni un dedo para recuperarlos— puso rumbo a Vigo para tomarse un Ribeiro y reponer fuerzas.

El vicealmirante francés no acertaba ni una, porque desde allí Villeneuve pondría rumbo al sur y a su fatídico destino, y no al norte, donde el almirante inglés Cornwallis había cometido un error estratégico al dividir la escuadra que bloqueaba Brest.

Si Villeneuve hubiera ido hacia esa zona, como Napoleón le había ordenado, hubiera podido aprovechar la debilidad inglesa para atacar. Pero el francés navegó hacia Cádiz, donde se reunió con el imponente Santísima Trinidad de cuatro puentes y 136 cañones -único en su clase- mientras los ingleses se reunían también frente al Canal y desde allí iniciaban la caza de la flota franco-española. Napoleón ya no soportaba más a su vicealmirante (en una carta al Ministro de la Marina, afirmaba que a Villeneuve "le falta la determinación y no tiene coraje moral"), y éste lo sabía.

De hecho Villeneuve acabaría precipitando los acontecimientos, a pesar de que los mandos españoles le recomendaban que dejase que los temporales estivales perjudicasen el bloqueo inglés. Salió a toda prisa de Cádiz para evitar ser reemplazado por François Étienne de Rosily-Mesros, y cuando llegó al cabo de Trafalgar se encontró con la flota inglesa de Nelson. Imposible huir otra vez.

Nelson ganó la batalla, pero España y Francia no se lo pusieron muy difícil

Aquel 21 de octubre de 1805 todo estaba en contra de la flota franco-española de 33 navíos (18 franceses, 15 españoles). Ni los mandos ni las tripulaciones de uno y otro país se llevaban bien —especialmente después de lo sucedido en Finisterre—, y la precipitada salida de Cádiz provocó que muchos de los que integraban esa flota no fueran gentes de mar, sino soldados de tierra o reclusos liberados para prestar servicio en una leva apresurada.

La disposición táctica de la batalla tampoco favorecía a la flota franco-española: la tradicional fila que formaban convertía la línea en algo tan largo como frágil, y los mandos españoles, que protestaron por aquella táctica, no pudieron hacer nada. Villeneuve quiso pasar a la historia a lo grande, y lo consiguió.

Los españoles se sabían condenados ante el genial ataque de Nelson, que con aquel ataque frontal desafiaba la táctica clásica de situar una línea paralela a la franco-española para que luego comenzaran los fuegos artificiales. Atacar de ese modo ponía en grave peligro a los barcos que iban delante, que no podían atacar y estaban a merced del fuego de la línea que trataban de cortar. Eso no le importaba a Nelson, que pensaba a largo plazo, como los grandes.

El vicealmirante inglés aprovechó sus 27 navíos en dos columnas que tenían la misión de cortar centro y retaguardia enemigos, y además encabezó aquel ataque en el HMS Victory junto a Collingwood, del HMS Royal Sovereign, para dar ejemplo. En aquella genial maniobra táctica tampoco estuvo acertada la respuesta de Villeneuve, que de repente ordenó virar en redondo para tener Cádiz a sotavento. Aquel viraje acabó con la línea de combate y precipitó una derrota que acabó siendo absoluta.

La muerte de Nelson, por Daniel Maclise. Fuente: Wikipedia.

Los barcos ingleses pudieron castigar a una flota que había perdido organización y maniobrabilidad, y la efectividad de las tripulaciones de la flota inglesa acabó el trabajo: los españoles estaban desesperados por las decisiones tomadas y mucho peor entrenados, mientras que los franceses combatieron con igual desventaja al quedar en una posición —nunca mejor dicho— franca, pero para Nelson. El vicealmirante acabó pagando caro su arrojo: recibió un disparo fatal en un encuentro con el barco francés Redoutable y murió al poco pronunciando las famosas palabras "Gracias a Dios, he cumplido con mi deber".

La victoria estaba a punto de consumarse, y el vicealmirante logró con ella un sitio en la historia. Francia perdió 12 de sus 18 barcos, con 2.218 muertos, 1.155 heridos y unos 500 prisioneros. España perdió 10 de los 15 navíos con los que luchó, y tuvo 1.022 muertos, 1.383 heridos y unos 2.500 prisioneros.

Cayeron mandos históricos como Churruca, Alcalá Galiano, Alcedo, o Bustamante, mientras que Gravina acabaría haciéndolo pocos meses después por las heridas sufridas en aquella batalla. Inglaterra no perdió ningún barco, y sus bajas fueron también mucho más reducidas: 449 muertos (aunque entre ellos estaba Nelson y varios de sus oficiales) y 1.241 heridos.

Villeneuve fue apresado, enviado a Inglaterra y puesto en libertad bajo palabra. Emprendió viaje hacia París con el objetivo de aclarar su situación, pero antes de llegar apareció muerto (¿asesinado?)con seis puñaladas en el pecho en la habitación del hotel de Rennes donde se hospedaba. Su paso a la historia fue, también en eso, muy distinto del de Nelson.

Con aquella derrota Napoleón tuvo que asumir que la invasión de la pérfida Albión ya no era factible: los ingleses se hicieron con el dominio absoluto de los mares durante un siglo, y la campaña napoleónica acabaría centrándose en la Europa continental. Para España aquel fue un golpe definitivo (otro más) que le hacía perder su relevancia como potencia colonial y marítima.

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