Ellos, ellas y la RAE: el debate del sexismo y el lenguaje

El pasado mes de abril, durante una sesión parlamentaria, Pedro Sánchez evocó las célebres palabras de Bibiana Aído mientras se refería a la bancada del Partido Popular: "Ustedes, ayer, todos los miembros y miembras del grupo parlamentario...". Antes de que pudiera finalizar su oración, los diputados populares estallaron en una reacción a mitad de camino entre lo indignado y lo hilarante. Sánchez, consciente del efecto de su expresión, se excusaba y trataba de continuar denotando el carácter paródico de la doblez gramatical. El debate, claro, llegó más lejos.

Durante los días y semanas subsiguientes, proliferaron, de nuevo, los artículos de opinión alrededor de, por desgracia, el mayor legado mediático de Bibiana Aído, ministra socialista de Igualdad en el primero gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. ¿Era la expresión utilizada ahora por Sánchez una acertada forma de otorgar visibilidad a la mujer en el debate político o, por el contrario, se trataba de una aberración lingüística? Para quienes juzgaron las palabras de Aído y Sánchez como un error, "miembros y miembras" servía como ejemplo palmario del sinsentido al que el lenguaje inclusivo encaminaba al castellano.

Pese al carácter excepcional de la expresión empleada por Sánchez y acuñada por Aído, "miembros y miembras" no era sino la punta de lanza de un debate subyacente de profundas implicaciones para el modo en que todos los hispanohablantes nos comunicamos día a día. La conversación se ordena en torno a las implicaciones sexistas y machistas de nuestra lengua, al posible modo de corregir tales connotaciones y a su adecuación dentro de nuestro léxico y gramática. El lenguaje inclusivo, o lenguaje no sexista, no es una mera anécdota, y su debate es profundo y rico.

Gracias al progresivo mayor protagonismo de las posturas feministas dentro de nuestro espacio mediático, la idoneidad o la necesidad de utilizar un lenguaje inclusivo, reformado, se ha colocado encima de la mesa. No sólo en los periódicos o en las tertulias radiofónicas, sino también en diversos organismos públicos que, durante los últimos años, han desarrollado guías de lenguaje no sexista en las que se recomienda emplear dobleces gramaticales y ahorrar utilizaciones a su juicio sexistas como el masculino genérico. Son normativas, de carácter administrativo y muy disputadas.

De un tiempo a esta parte, la utilización de guías de lenguaje inclusivo ha chocado con la recepción negativa de la academia y de los profesionales de la lengua

Hace varios años, el catedrático Ignacio Bosque arremetió contra la mayoría de ellas y contra un fenómeno, a juicio de todos los firmantes de su artículo, que pasaba por alto la recomendación de los más elementales criterios lingüísticos. Bosque publicó su opinión en El País y la Real Academia Española colgó el largo trabajo, tan profuso en elementos formales como en opiniones personales del académico, en su página web. Se puede consultar aquí de forma completa.

¿Cuál era su idea de fondo? La que comparten muchos otros (que no todos) expertos en la materia, de catedráticos a académicos, pasando por investigadores y profesores de Filología: las guías de lenguaje inclusivo, el empleo de sus recomendaciones no sólo en el registro formal sino también en el informal, en el escrito o en el hablado, pasan por alto fundamentos elementales de nuestro idioma. Y lo que es peor, no contribuyen a solucionar el problema que tratan de combatir. Sin embargo, la suya es sólo una opinión en un debate cuyos matices son muy amplios y donde nada es blanco o negro. Veamos en qué sentido.

El masculino genérico, el principal campo de batalla

De forma a menudo simplificada, la cuestión sobre el sexismo en la lengua castellana ha tendido a rotar en torno a los masculinos genéricos y su idoneidad. El masculino genérico es el recurso aceptado por la RAE y por la mayoría de los lingüistas para designar a grupos de hombres y mujeres. "Los estudiantes", "los profesores", "los niños", "los jugadores". De firme asentación en nuestro uso diario, es uno de los principales campos de batalla de quienes abogan por el lenguaje inclusivo. Así, reclaman utilizar dobleces para visibilizar al género femenino: "Los niños y las niñas", "los profesores y las profesoras".

La RAE se muestra contraria a tal uso:

Este tipo de desdoblamientos son artificiosos e innecesarios desde el punto de vista lingüístico. En los sustantivos que designan seres animados existe la posibilidad del uso genérico del masculino para designar la clase, es decir, a todos los individuos de la especie, sin distinción de sexos: Todos los ciudadanos mayores de edad tienen derecho a voto. La mención explícita del femenino solo se justifica cuando la oposición de sexos es relevante en el contexto: El desarrollo evolutivo es similar en los niños y las niñas de esa edad. La actual tendencia al desdoblamiento indiscriminado del sustantivo en su forma masculina y femenina va contra el principio de economía del lenguaje y se funda en razones extralingüísticas. Por tanto, deben evitarse estas repeticiones.

La RAE, por lo general, se ha mostrado escéptica respecto al lenguaje inclusivo.

En su escrito, Bosque sostiene la misma argumentación. Para él, y para muchos otros académicos, los dobletes no contribuyen a mantener la economía del lenguaje (véase la constitución de Venezuela, por ejemplo), y los juzga innecesarios. Si bien no niega la presencia de sexismo tanto en la sociedad como en determinadas expresiones del lenguaje, Bosque tiende a reducirlos en torno a frases de marcado machismo ("Los directivos acudirán a la cena con sus mujeres") que, por descontado, son atacados y eliminados tanto por los defensores del lenguaje inclusivo como por las guías que menciona.

"Es sexista la utilización del masculino genérico en aquellos contextos en los que la referencia resulta ambigua, pues el ámbito en cuestión ha sido un dominio privativo del varón", explica María Márquez, profesora de la Universidad de Sevilla

¿Es suficiente? María Márquez es profesora en el Departamento de Lengua española de la Universidad de Sevilla y autora de Género gramatical y discurso sexista (Síntesis, 2013), donde analiza las guías de la polémica. Sobre los dobletes, explica: "Es sexista la utilización del masculino genérico en aquellos contextos en los que la referencia resulta ambigua, pues el ámbito en cuestión ha sido un dominio privativo del varón. En estos contextos, se ha hecho un uso abusivo del masculino genérico, pues la mención era específica". Y pone un ejemplo: los Derechos del Hombre y del Ciudadano de la Revolución Francesa, donde las mujeres no estuvieron reconocidas. La Carta original de 1789 se modificó en 1794 para abolir la esclavitud, pero los derechos de la mujeres siguieron sin aparecer, dando lugar a uno de los primeros textos emancipativos: la Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana de Olympe de Gouges, que nunca adquirió estatus oficial.

Sin embargo, hay numerosos grises. No todos los casos son tan evidentes como el anterior y, a su juicio, en muchas ocasiones, el masculino genérico sí puede servir para denominar a ambos sexos, especialmente por razones prácticas: "Nunca utilizo en mi clase los desdobles, porque es algo consabido que los alumnos matriculados son mujeres y varones. En ese contexto, el masculino es un auténtico genérico, por tanto es correcto decir 'Los alumnos entregarán sus trabajos el día del examen', haciendo una referencia global".

Fernando Vilches, doctor en Filología Hispánica por la Universidad Complutense, tiene una visión más crítica del uso de masculino y femenino para acabar con el masculino genérico: "No se puede andar todo el día con los dobletes que, además, se utilizan mal. Muy aficionados a ellos son los populismos políticos que dicen eso de 'los ciudadanos y las ciudadanas madileños', lo que nos lleva a una grave incorrección sintáctica relativa a la concordancia". En este sentido, la opinión de Vilches coincide con la de Burgos y se centra en los aspectos gramaticalmente incorrectos del lenguaje inclusivo.

Sin embargo, la utilización de lenguaje no sexista por parte del feminismo no interpreta el masculino genérico como una forma de pulir y dar esplendor a la lengua que hablamos, sino como una batalla en el campo de lo simbólico. "El lenguaje enmarca", afirma Elisa G. McCausland, periodista, crítica cultural e investigadora especializada en el análisis de la cultura popular desde la perspectiva de género. El marco del masculino genérico no es neutro, explica, e invisibiliza a las mujeres. "Hay una deuda histórica con la visibilización de las mujeres. El lenguaje lo utilizas para visibilizar lo que es visible y lo que no", añade. Los dobletes, tan polémicos, servirían de experimento provocativo, como forma de poner el debate encima de la mesa.

Desde el feminismo se argumenta: "Hay una deuda histórica con la visibilización de las mujeres. El lenguaje lo utilizas para visibilizar lo que es visible y lo que no", explica Elisa G. McCausland

"Hay toda una política de lenguaje, a nivel tanto lingüístico como sociológico y de consumo plural, hay una ideología aplicada que, claro, cuando haces experimentos como el femenino plural hay quien se mosquea", explica. Ella forma parte de la Asociación de Autoras de Cómic, en cuyo nombre no encontramos un doblete, sino un femenino plural, recomendación ausente en la mayor parte de guías de lenguaje inclusivo. No se trata de una agrupación limitada a autoras. Al contrario, también incluye a autores "que luchan por la igualdad real y efectiva". Pero utiliza el femenino genérico como reclamo de esa necesidad.

"Está relacionado el cómo nombramos las cosas con nuestra realidad. 'Todos y todas' haces más visibles algunas cuestiones y a la hora de dar clase me obligo a ello", añade. Del mismo modo, Vilches es consciente de la invisibilidad histórica a la que el género femenino ha sido sometido en el lenguaje (y por extensión, en otros campos de conocimiento, como la Historia), pero no acepta la eliminación del masculino genérico.

Una cuestión es eliminar por completo al sexo femenino de la lengua y otra volverse loco. Es evidente que estar constantemente diciendo en historia que "el hombre puebla la tierra", "el hombre inventa la rueda", "el hombre se hace sedentario"... nos lleva a pensar que la mujer no existía o estaba en la cueva esperando a que llegara su macho. Podemos decir con mucho más acierto "el ser humano". Y otra muy distinta son los discursos farragosos que hacen los políticos y sindicalistas con los dobletes de género que, además, están llenos de incorrecciones.

El sexismo más allá del masculino genérico

Es un debate parcialmente enquistado. El masculino genérico es quizá el elemento más visible de las dos posturas en torno al sexismo en la lengua, pero no el más relevante. Hay otros aspectos en nuestro lenguaje, en las expresiones y palabras que utilizamos diariamente, que sí representan de modo más evidente la discriminación a la que las mujeres se ven sometidas. Tanto quienes abogan por la utilización de un lenguaje no sexista como quienes se muestran escépticos ante los dobletes aceptan y comparten esta última idea. Entonces, ¿no sería mejor poner el foco más allá del masculino genérico.

"El lenguaje es sexista no tanto por sus estructuras morfológicas en las que, para mí, el accidente género trasciende al sexo, sino, sobre todo, por expresiones más evidentes como nenaza o marimacho y más sutiles como cabrón o hijo de puta, que si bien por su carga de insulto son malsonantes, para mí remiten a realidades que esconden una fuerte carga sexista", opina Carmen Escobar, filóloga y reconocida feminista. En este sentido, pone otro ejemplo claro: zorro adjetiva habilidad e inteligencia para los hombres, mientras que zorra se utiliza de forma altamente despectiva contra las mujeres.

Al margen del masculino femenino, María Márquez identifica casos de sexismo allí donde el lenguaje transmita estereotipos. En ocasiones, de forma mucho más sutil de lo que podría parecer a primera vista: "Por ejemplo, las declaraciones de Miguel Arias Cañete tras su debate con Elena Valenciano constituyen un caso clarísimo de discurso sexista. Cuando el candidato del PP dice que 'El debate con una mujer es complicado. Si demuestras superioridad intelectual o la acorralas, es machista', está actualizando el tópico de la dificultad de la mujer para sostener una argumentación seria, de su 'debilidad' y de su indefensión intelectual".

El masculino genérico puede servir como batalla simbólica, pero las expresiones sexistas en nuestro día a día van más allá de ello, y perpetúan estereotipos y actitudes discriminatorias hacia las mujeres

El subtexto del mensaje de Cañete, duramente criticado en su día, es evidente, aunque él en su momento pudiera negarlo: "La conclusión lógica sería su exclusión [de la mujer] de esa esfera. Sin embargo, basar la superioridad dialéctica en el sexo, como hace Arias Cañete, es, efectivamente, una muestra de discurso machista, una confusión de planos: el intelectual y el sexual", añade Márquez.

Lo podemos observar de forma cotidiana en nuestras calles, en nuestros debates o en nuestros medios. McCausland trabaja en varios de ellos, y considera que perviven enfoques machistas: "Los titulares de violencia de género utilizan la forma pasiva, y es bastante insultante. 'Una mujer muere'. ¿Cómo que una mujer muere? O 'una mujer es asesinada'. ¿Por qué utilizas la pasiva, por qué se omite el sujeto, un hombre o un ex-marido? En cambio, cuando una madre asesina a su hijo el sujeto es visible".

En el fondo, los masculinos genéricos, su utilización o sus dobletes, acaparan y ensombrecen el resto del debate, en un proceso de polarización que anula las aristas y los matices necesarios a nivel discursivo. O lo que es peor, impide profundizar en la eliminación del sexismo en nuestra forma de expresarnos. "Es un poco inocente pensar que podemos acabar con el uso sexista del lenguaje simplemente así [eliminando los masculinos genéricos], aunque reconozco que puede ser un gran paso. Me preocupa cuando veo que en algunos espacios se utilizan esas prácticas como un guiño al feminismo, pero no se tiene en cuenta otras discriminaciones sexistas", expresa Escobar.

Más aún cuando, en ocasiones, ni siquiera contrapone géneros. Escobar de nuevo:

Aun cuando la RAE ya admite el uso de presidenta, se llama desde el criterio filológico la atención sobre el hecho de que los sustantivos que terminan en -nte derivan de antiguos participios donde la oposición de género era inanimado / animado y no femenino / masculino. Para el hablante presidente es masculino y, por lo tanto, necesita un femenino como ocurre con otros sustantivos y adjetivos de su lengua. Es porque el hablante no conoce esa realidad en la que se oponía inanimado / animado. A mí me encantaría dar a conocer esa realidad, ya que resulta muy interesante y, además, señalaría el género gramatical como lo que es, un simple accidente gramatical. Que en alemán el sol sea femenino y en castellano sea masculino no cambia nada; que el camino sea femenino en griego y masculino en castellano, tampoco. Ahora bien, algunos lingüistas se llevan las manos a la cabeza cuando oyen decir presidenta y no cuando oyen asistenta. A mí, personalmente, es esto último lo que me llama la atención. Me gustaría separar perfectamente la ideología del lenguaje y viceversa, pero todo es permeable.

Dentro de ese "accidente gramatical", además, quedan fuera otras realidades, también soslayadas. "Hay una serie de minorías no incluidos en el os/as. Gente trans que no se siente identificada ni de un modo ni de otro. Hay experimentos como el hablar en '-es'. Hay quien puede pensar que es una tontería, pero eso también plantea un marco simbólico, y eso creo que también es importante", relata McCausland.

"Habría que recordar que muchos de los femeninos que hoy utilizamos con naturalidad no existían en los orígenes de nuestro idioma", señala Márquez

El sexismo en el uso del lenguaje se manifiesta, quizá de forma más clara y un tanto menos polémica, en "la resistencia" a aceptar "la creación de femeninos específicos a aquellos sustantivos con referencia personal cuando estamos hablando en un plano específico", como indica María Márquez. No es infrecuente negar la corrección de denominaciones como médica, jueza o ingeniera frente a "expresiones agramaticales, sintácticamente aberrantes" como "la médico", "la juez" o "la ingeniero". Esas resistencias perpetuan el estigma del género (lo femenino como peyorativo, en palabras de McCausland) frente a la seriedad y el rigor, frente al poder, que connota la utilización del género masculino.

Las lenguas se transforman conforme a nuestros usos lingüísticos, no son estáticas. ¿Es erróneo hablar de una médica o de una ingeniera? Márquez ofrece algo de perspectiva histórica como respuesta: "Habría que recordar que muchos de los femeninos que hoy utilizamos con naturalidad no existían en los orígenes de nuestro idioma: señor, portugués, trabajador, infante, parturiente eran las únicas formas utilizadas, independientemente del sexo del referente del sustantivo. Se crearon las formas femeninas y hoy las utilizamos de forma natural sin que se haya roto nuestra lengua, sin que se haya introducido ningún tipo de caos en nuestra conceptualización del mundo".

Feminismo: de la sociedad a las palabras

Para el caso que nos ocupa, la gallina llegó antes que el huevo. Todos los expertos consultados afirman que "el lenguaje no es sexista", y no lo es desde un plano estrictamente analítico, pero su uso en un contexto social sí puede llegar a serlo. Es decir, las palabras, la estructura gramatical de nuestro idioma no es sexista pero sé, pero refleja una serie de usos y de estereotipos sexistas que, como hemos visto, sí se transmiten a través de según qué forma de enfocar la forma en la que nos expresamos.

Márquez opta por hablar de "discurso sexista" antes que de "lenguaje sexista", porque tras ese discurso hay una serie de "léxico, palabras, y expresiones fijadas", además de "contenidos implícitos" y otros usos gramaticales, "que transmiten ideas discriminatorias, todo ello sobre un fondo social, ideológico y cultural determinado". Resulta complejo negar la discriminación hacia la mujer en el trabajo, en sus relaciones sociales y familiares y en otros aspectos de nuestra vida, y no es contraintuitivo pensar que ese modelo estructural se traslade al idioma. La pregunta, claro, es cómo evitarlo y corregirlo.

¿A través de las instituciones, a través de la Real Academia Española? Burgos hizo un llamamiento a incorporar a los profesionales de la lengua al proceso. Sin embargo, el papel que puede llegar a jugar la RAE es limitado, como comenta Vilches: "Revisar por revisar lo veo inútil. La RAE ya se ocupa de revisar, opinar, dirigir la evolución de la lengua sin perder de vista que la lengua es patrimonio de sus hablantes, no de la RAE o de los profesores de Lengua Española". En este sentido, la "sensatez" sería el mayor valor añadido que los expertos lingüístas podrían incorporar, limitando las formas agramaticales.

"El lenguaje es natural y fluye. Creo que se puede usar el lenguaje no sexista para señalar una realidad, pero el lenguaje no cambiará nada si no cambia la sociedad", opina la filóloga Carmen Escobar

Un proceso de autoconsciencia, según Carmen Escobar, sería más profundo y útil: "Creo que es conveniente ser más consciente cuando se habla de que el lenguaje que usamos está plagado de expresiones hechas por la sociedad en la que vivimos y que esta es patriarcal. Está lleno de expresiones que discriminan a minorías". El lenguaje, según ella, no puede ser artificial es difícilmente imponible por la vía normativa. "Es natural y fluye", explica, "creo que se puede usar el lenguaje no sexista para señalar una realidad, pero el lenguaje no cambiará nada si no cambia la sociedad".

Esa capacidad limitada del lenguaje inclusivo, o del discurso no sexista, debería apuntar más hacia los significados y no tanto hacia los significantes, de acuerdo a Escobar: "¿Por qué necesitamos formar modisto, asistenta o sastra? ¿Por qué cambia el significado de asistente y asistenta si el género morfolófico simplemente marca sexo o género? ¿Por qué con pianista no podemos hacer pianisto? Creo que estas cosas son las que señalan que el lenguaje sólo retrata lo que somos, y que no es el problema".

Para McCausland, una forma hábil de reflexionar sobre el lenguaje sexista es cuestionar en todo momento las relaciones de poder de nuestro entorno. "Los procesos de tu trabajo y de tu vida se retroalimentan con el lenguaje", opina. Y pone como ejemplo a los periodistas, que a menudo contamos con muchas más fuentes masculinas en nuestros reportajes que femeninas. "Tiene que ver en cómo estás codificado y con qué consideramos cada cuál que es el hombre y que es la mujer. Es un cuestionamiento interesante. Considerar a las mujeres sujeto pensante, que tienen una opinión y que han de ser escuchadas e incluidas".

Quizá, la batalla, el debate, no dependa tanto de los agentes que lo protagonizan como de la adaptación del lenguaje a las nuevas realidades y comunicativas

Márquez ofrece una visión algo más global, y aboga por la presencia de la academia en el proceso de reconversión de la lengua sin obviar que son los hablantes quienes la modifican y evolucionan: "Los cambios sociales conllevan necesariamente transformaciones en la conceptualización de la realidad y en las formas de nombrarla. La incorporación de la mujer al trabajo remunerado, a la esfera pública y política, necesariamente ha de verse reflejada en la lengua. Y ese es el objetivo de la RAE: ser flexible y adaptarse a los cambios sociales".

Sea como fuere, es el curso de la realidad quien, en última instancia, fija a la lengua. La segunda, no en vano, es un reflejo de la primera, y está condenada a evolucionar conforme las realidades sociales que la conforman cambian. "La investigación siempre puede dar luz, tratar de entender lo que ocurre, sus causas, prever la dirección de los cambios, dar indicaciones que pueden ser beneficiosas..., pero no podemos forzar el curso de las aguas de un río como tampoco podemos detenerlo", concluye la profesora. De cómo logre articularse la relación entre nuevas realidades y adaptación académica dependerá, en el futuro, la forma final de nuestro lenguaje. Y su carácter sexista o no.

Imagen | Francisco Anzola, Manuel, RAE | Juan Pablo Lauriente


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