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Durante siglos, los marineros de todo el mundo morían de escorbuto. Todos menos los vascos

Sidra
  • El vino era para los oficiales y la sidra para la tripulación. ¿Guardaba relación con el escorbuto?

  • Hasta 50.000 litros de sidra en las bodegas para sobrevivir en alta mar. Razones no faltaban

Editor

Un marinero del siglo XVI no temía tanto los naufragios —ni a las tormentas ni a los piratas— como sí temía a cierta enfermedad silenciosa. Acababa con las tripulaciones enteras, tardaba meses en matarte y la medicina de la época no sabía explicar. Las encías se ablandaban hasta sangrar y se caían los dientes. Heridas viejas, ya cicatrizadas, volvían a abrirse. La piel se llenaba de manchas moradas y, al final, el corazón fallaba.

Exacto: estamos hablando del escorbuto, la carencia grave de vitamina C (ácido ascórbico) que provocó más muertes que todos los combates navales y naufragios juntos. Una afección de la que se salvaban los balleneros vascos. Pero para contarlo bien has de permitirme que dé un par de pasos atrás. Concretamente, seis siglos atrás.

Cuánto mataba el escorbuto. Las cifras son difíciles de sostener porque resultan difíciles de creer. Cuando Vasco de Gama completó el primer viaje a la India en 1498, dijo que una enfermedad desconocida se había llevado por delante a la mitad de su tripulación. “La peste del mar”, la llamaban, y creían que era contagiosa, que bebiendo café se minimizaban los efectos, que comer luciérnagas aliviaba y, los más alucinados, que aquello era un castigo divino por los pecados a bordo.

Estamos en 1740. El comodoro George Anson zarpa de Portsmouth al frente de ocho barcos de la Royal Navy con casi 2.000 hombres. La misión: atacar las posesiones españolas en el Pacífico. Cuatro años después, en 1744, regresa a Inglaterra con 188 supervivientes, el 10%. El resto, muertos, de escorbuto. La expedición se cataloga como victoria porque capturaron un galeón español cargado de plata.

¿Y los vascos, dónde andaban? Los vascos llevaban siglos en el Atlántico Norte cuando Anson zarpó. Del golfo de Bizkaia partían los balleneros, cada vez con mejores herramientas. Hay registros desde el siglo VIII y IX, si bien su gran era comienza en el XIII. Cuando las ballenas desaparecieron del Cantábrico, los balleneros vascos siguieron su rastro hacia el norte: Islandia, Groenlandia. Después, Terranova.

Hay historiadores, entre ellos García Camino y Orella Unzué, el guardián del euskera A. Irigaray o el investigador Robert Loture, que sitúan la llegada de los vascos al continente americano en 1375, más de un siglo antes que Colón. No hay pruebas arqueológicas concluyentes de esa fecha, pero sí de su presencia consolidada en los siglos XV y XVI. La investigadora canadiense Selma Barkham pasó décadas en los archivos de Oñati y Tolosa documentando contratos, seguros y listas de tripulación. Lo curioso de todo es, ¿por qué estos no morían en alta mar?

El caso es que hacia mediados del siglo XVI los vascos controlaban el mercado mundial del aceite de ballena, el petróleo de la época, el ingenio que iluminaba las casas de Europa. Cien barcos zarpaban hacia Terranova cada año. Red Bay, en la canadiense Labrador —que los vascos llamaban Butus o Buytes—, era su base de operaciones. Y en esa bahía, en octubre de 1565, una tormenta hundió la nao San Juan, ese ballenero vasco tan mítico que varios siglos después fue reconstruido. El barco llevaba mil barriles de aceite de ballena en la bodega. No hubo víctimas y la tripulación volvió a casa. ¿El barco? En el fondo del mar durante cuatro siglos.

¿Sidra? ¿Alguien ha dicho sidra? Pero sin escanciar. En 1978, unos arqueólogos canadienses de Parcs Canada encontraron el pecio del San Juan. Y era como una cápsula del tiempo. Cada tabla del casco, la carga, los objetos personales de la tripulación, una chalupa ballenera entera, estaba todo. Tengamos en cuenta que la nao San Juan es el barco del siglo XVI mejor investigado del mundo. Y entre los restos aparecieron barricas, muchas barricas. Algunas de aceite de ballena… y otras tantas de sidra y txakolí.

Los balleneros, aseguradoras mediante, siempre detallaban bien sus contratos y todo lo estipulado quedaba registrado por la propia peligrosidad del asunto. Y se sabe que los marineros tenían derecho a entre dos y tres litros de sagardoa —sidra vasca— al día. Según calculó Xabier Agote, presidente de la asociación Albaola, hasta 50.000 litros de sidra se podían cargar en una expedición así. Porque el agua en alta mar se corrompía: el vino era para los oficiales y la sidra, más barata, era la bebida de la tripulación.

Salvando vidas con uvas y manzanas. La historia popular miente un poco. Hay más razones. De base tiene cierta lógica: los vascos bebían sidra, no morían de escorbuto, así que la sidra los protegía. El médico vasco Vicente Lardizabal ya sugirió en 1720 en su libro ‘Consideraciones politico-medicas sobre la salud de los navegantes’ —donde se dictaminan dietas al detalle—, que algún déficit vitamínico era el origen de la enfermedad. No lo relacionó con la sidra, pero estaba en la pista correcta.

El 20 de mayo de 1747, el médico escocés James Lind dividió a doce marineros enfermos de escorbuto en seis grupos a bordo del HMS Salisbury. A cada pareja le administró un tratamiento distinto: elixir vitriólico, vinagre, agua de mar, una mezcla purgante, naranjas y limón y, aquí está la clave, sidra. Un cuarto de galón diario de sidra para uno de los grupos. Solo los dos marineros que tomaron cítricos mejoraron de forma visible. Los que bebieron sidra no mejoraron. Lind publicó sus resultados en 1753 en A Treatise of the Scurvy, el primer ensayo clínico controlado de la historia de la medicina. La sidra estuvo en el experimento, pero no funcionó.

La sidra es zumo de fruta, sí, el problema es la química. La sidra vasca es sidra fermentada y la fermentación destruye la vitamina C. El investigador Daniel Zulaika publicó en 2020 en el Boletín de la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País el siguiente artículo: La sidra no prevenía el escorbuto en las travesías oceánicas. Las tablas de composición nutricional dejaban claro que la cantidad de vitamina C en la sidra fermentada es cero patatero.

Entonces, ¿por qué los vascos no morían de escorbuto? Por una razón más prosaica: el escorbuto necesita tiempo para matar y los primeros síntomas aparecen después de cuatro a seis semanas en ausencia de vitamina C. Los síntomas graves, tras dos o tres meses y la muerte después de cuatro o más. El viaje de la costa vasca a Terranova duraba aproximadamente un mes. Los balleneros llegaban a Red Bay a finales de la primavera, pasaban cinco meses pescando, volvían en diciembre, pero en ningún momento de la campaña pasaban más de un mes en alta mar sin tocar tierra.

El mito de la sidra protectora nació de una correlación sin causalidad: Lo que sí es cierto es que sus barcos llegaron a América antes que Colón, que su aceite de ballena iluminó las calles de París y casi todas las ciudades europeas durante dos siglos y que la sidra es un manjar. Aunque a mí me gusta más la asturiana, sea dicho de paso.

Imágenes | Flickr (Víctor Gómez, Aventuphoto)

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