Dos turistas de EEUU decidieron liberar las langostas de un bar de Italia. Los ecologistas creen que fue una decisión pésima

El suceso ocurrió en Campania y ha generado un debate interesante: ¿altruismo o inconsciencia?

Carlos Prego

Editor - Magnet

En teoría iba a ser un gesto bonito, una especie de performance improvisada con la que dar un punto emotivo a unas vacaciones en el Mediterráneo, pero ha acabado convertido en un error garrafal. Hace unos días, mientras comían en un restaurante de Campania (Italia), dos turistas estadounidenses decidieron rescatar a la docena de langostas que nadaban en el acuario del local. Pagaron por ellas. Las metieron en un barreño. Se subieron a un taxi. Y viajaron hasta una playa del Tirreno, donde liberaron a los crustáceos. Todo fantástico si no fuera por un pequeño detalle: lo que hicieron podría ser un delito medioambiental.  

Ahora se arriesgan a pagar una multa considerable.

Dice el refrán que el infierno está empedrado de buenas intenciones. En las aguas del Tirreno, Italia, las buenas intenciones han provocado otra cosa: una liberación ilegal de langostas. El suceso ocurrió hace unos días, cuando dos turistas de Texas (madre e hija) decidieron coronar sus vacaciones en Nápoles con algo que a priori parecía un gesto altruista: pagar por una docena de crustáceos condenados a morir en una cocina para luego liberarlos en el mar.

¿Gesto altruista o delito ambiental?

Para entender la historia hay que viajar al restaurante Mercato Pompeiano, en Campania, donde hace unos días dos estadounidenses decidieron probar la gastronomía local. Hasta ahí nada extraño. La sorpresa llegó cuando pidieron al camarero que les vendiera la docena de langostas que nadaban en el acuario, el típico expositor en el que los clientes pueden escoger el marisco que quieren que les cocinen.

Su intención no era darse un festín de crustáceos, sino meter a los animales en un barreño para liberarlos en el mar. Fue la propia hija la que se encargó de 'pescarlos' del estanque con una pequeña red. Luego, para pasmo de los dueños del restaurante, las dos turistas se subieron a un taxi y viajaron hasta la cercana playa de Castellammare di Stabia. Una vez allí la hija se remangó, se acercó a la línea de costa en la que rompían las olas y fue soltando una a una las langostas que hasta poco antes miraban a los comensales del Mercato Pompeiano con las tenazas sujetas con cintas.

No hace falta imaginárselo. La escena puede verse porque las propias turistas se encargaron de grabarlo todo en un vídeo que ha acabado viralizándose. En él se observa a la hija con el agua hasta los tobillos, liberando las langostas, mientras la madre inmortaliza la escena con su móvil. Algunos medios italianos precisan que iban acompañadas de un guía.

"Queremos llevarnos a Estados Unidos este recuerdo. Ha sido hermoso, estamos felice", explica la madre, orgullosa. La pareja incluso envió un mensaje al dueño del restaurante. "Aunque solo vivan unos días más, valió la pena. Mi madre siempre ha querido hacer esto cuando veíamos langostas en restaurantes, pero hasta ahora nunca había sido posible".

El vídeo de la liberación no tardó en correr como la pólvora en redes, donde provocó reacciones enfrentadas. Hay quien aplaude el gesto por su altruismo. Y hay quien lo considera una majadería con graves consecuencias medioambientales.

¿El motivo? A ojos inexpertos quizás todas las langostas parezcan iguales, pero no es así. En la grabación se aprecia que las langostas que las turistas soltaron en las aguas del Tirreno son de la especie Homarus americanus (americana o canadiense), oriunda del Atlántico noroccidental y que se caracteriza por los tonos marrones de su caparazón, muy distinto al color azulado que suele identificar a la langosta europea. No es ninguna sorpresa porque la variedad americana suele ser la que usan los restaurantes de la región.

Ese pequeño detalle es importante porque en la práctica la Homarus americanus se considera una especie invasora en el Mediterráneo. No solo eso. Las liberaciones de animales, aunque solo sea de una docena de ejemplares, como ocurrió en Castellammare di Stabia, requiere de estudios y una cuidadosa planificación previa. Primero porque introducir especies puede alterar el equilibrio de los ecosistemas. Segundo, porque no es extraño que los ejemplares sueltos porten parásitos o enfermedades letales para la fauna autóctona.

Por si lo anterior no fuera suficiente hay expertos que advierten que las langostas liberadas por las turistas estadounidenses probablemente no vivieron mucho más tiempo del que hubieran aguantado en el acuario del restaurante. ¿El motivo? Probablemente el agua del estanque se mantenía a una temperatura inferior a la que se encontraron en la playa de Castellammare di Stabia, con lo que no es descabellado que sufrieran un choque térmico letal.

Lo peor de todo no es que ambas turistas se hayan visto envueltas en un agrio debate medioambiental en redes o que su gesto, bienintencionado, pueda suponer un error garrafal en términos medioambientales. Lo peor es que se arriesgan a multas considerables o incluso penas de prisión.

Su performance podría entenderse como un delito contra la biodiversidad, una vulneración de la legislación italiana y europea que, como se encargaba de recordar estos días la prensa local, acarrea hasta tres años de prisión y multas administrativas y penales de entre 10.000 y 150.000 euros.

Imágenes | JF (Unsplash) y Wikipedia

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