¿Correrá la industria del azúcar el mismo destino que la industria tabacalera?

Cuestionados por el futuro del tabaco a corto plazo, pocos en la década de los sesenta habrían podido adivinar que el destino de la una vez feliz y próspera industria tabacalera tendría un aspecto sombrío en el siglo XXI. El tabaco estuvo una vez asociado al éxito social, contaba con un excelente colchón de prestigio entre la población y se alentaba su uso en los espacios públicos a través de la publicidad o mediante estudios pagados por las grandes multinacionales que desligaban cualquier problema de salud a su inhalación.

Un puñado de años después, la industria del tabaco es el patito feo de los grandes conglomerados de consumo de occidente. Obligado a incluir en sus productos cada vez más agresivas advertencias sanitarias, alejado de hospitales, aviones, cafeterías y ministerios, en franca decadencia desde mediados del siglo XX, todos asumimos que el tabaco es una forma de matarse lentamente. Algunos lo aceptan con resignación, otros no. Pero su destino está escrito.

Viajemos cincuenta años en hacia adelante. ¿Podremos escribir lo mismo de la industria del azúcar? ¿Caerá en desgracia como el tabaco?

El azúcar y un engaño que ha durado décadas

Pese a que los efectos nocivos del consumo de azúcares libres, los presentes en la mayor parte de alimentos procesados, no son tan conocidos, es posible que su destino cambie, y que la industria que los sostiene atraviese un proceso de regulación y desprestigio colectivo similar al que sufrió en su momento la tabacalera. Al margen de lo probable o improbable de que sus caminos terminen en el mismo lugar, lo cierto es que hay ciertos patrones, ciertas similitudes, que se repiten, y que auguran tiempos posiblemente difíciles para la industria del azúcar.

El último ejempo de ello lo publicaba The New York Times hoy: durante la década de los sesenta, grandes corporaciones alimenticias pagaron a investigadores nutricionales de la Universidad de Harvard para que publicaran trabajos académicos, obviamente fraudulentos, en los que el papel del azúcar quedara libre de relaciones nocivas con enfermedades cardiovasculares y otras causas comunes de muerte.

El objetivo, según relata Anahad O’connor en su texto, era ascender a las grasas saturadas al altar del sacrificio alimenticio por el bien de nuestra salud. El experimento funcionó: en 1980, el Departamento de Agricultura de Estados Unidos recomendaba reducir al máximo la ingesta de grasas saturadas en la dieta habitual de sus ciudadanos. Las grasas, según se explicaba, eran las principales causantes no sólo de enfermedades relacionadas con el deterioro de nuestra salud, sino también de la obesidad. Rápidamente, la industria se alejó de las grasas como de la peste. En su lugar, triunfaron los azúcares libres.

O lo que es lo mismo, nuestro concepto de "alimentación saludable" hoy en día: 0% materia grasa, sí, pero con unas cantidades de azúcar procesado inasumibles. La tendencia iniciada en Estados Unidos rápidamente ganó tracción en el resto de países occidentales. El reino del azúcar comenzaba.

Puro azúcar procesado.

La situación de virtual acriticismo ha durado algunas décadas, pero llega a su fin. El ejemplo de los investigadores de la Universidad de Harvard recibiendo sumas de dinero equivalentes a 50.000 dólares actuales no es aislado. El año pasado, también The New York Times reveló cómo Coca-Cola, la principal productora de bebidas no alcohólicas del mundo (y repleta de azúcares libres) había invertido miles de millones de dólares en investigaciones que desvincularan sus productos a enfermedades cardiovasculares o a la obesidad.

Al igual que la otrora influyente industria tabacalera, la gran industria alimenticia que sostiene a los azúcares procesados es poderosa porque controla la mayor parte de un mercado multimillonario. Coca-Cola y Pepsico son las dos productoras líderes de refrescos, y se comercializan por todo el planeta. Tanto en Estados Unidos como en la Unión Europea, las grandes cadenas de alimentos procesados también son gigantescas y poderosas.

Otro ejemplo: Coca-Cola también trató de socavar la campaña del anterior alcalde neoyorquino, Michael Bloomberg, para reducir en la medida de lo posible las bebidas azucaradas de tamaño gigantesco, tan típicas en Estados Unidos. Todo ello mientras recomienda estilos de vida saludable y asocia sus productos al deporte y al cuidado físico.

Azúcar y tabaco: historias que sí se cruzan

Lo cierto es que la actitud de la industria alimenticia para con el azúcar procesado tiene similitudes más que evidentes con la tabacalera. Del mismo modo que las grandes multinacionales del sector, las tabacaleras financiaron durante años estudios y campañas de publicidad que pusieran en duda los trabajos académicos que vinculaban de forma evidente al consumo de tabaco con, entre otras muchas, enfermedades como el cáncer de pulmón. El proyecto se bautizó como Operación Berkshire, y fue el coletazo final del tabaco.

No encontrarás publicidad de Marlboro en Internet.

A largo plazo, la industria tabacalera sólo logró retrasar su destino. Pero sólo en los países occidentales, donde su consumo se ha paralizado durante las últimas décadas y donde su mercado está en declive (los jóvenes fuman menos que los mayores). Cuando se encontró con trabas regulatorias en su casa, el tabaco se dirigió hacia su patio trasero, más libre y más vulnerable a los intereses de las grandes multinacionales. Fue en los países en vías de desarrollo donde el tabaco encontró su nuevo reino. Desde entonces, el consumo en países como China o la India no ha parado de crecer. Las gráficas asustan.

¿Qué está sucediendo con el consumo de azúcares procesados? Algo parecido. Pese a no haber alcanzado un punto de no retorno similar al del tabaco, la industria alimenticia se está cubriendo las espaldas, y el consumo de alimentos procesados (baratos de hacer, fáciles de vender) se ha disparado también en países en desarrollo. Algunas estimaciones calculan que alrededor del 75% de nuestra dieta del futuro cercano consistirá en productos procesados. Malas noticias para nuestra salud, buenas para los azúcares.

Y eso, desde muchos puntos de vista, es un problema para todos. Como explicamos en su momento en Vitónica, la evidencia que liga el consumo de azúcares procesados a cada vez más enfermedades (no sólo las cardiovasculares, sino también el cáncer) crecen. Comemos tanto azúcar que hay quien propone considerarlo una droga y reducir su uso de forma drástica. En esencia, el azúcar procesado es una forma dulce y muy apetecible de exponer a nuestra salud a riesgos que, conforme avanza la investigación académica, son cada vez mayores.

Sí, ya hablamos del azúcar en muy malos términos

La situación, al menos en Occidente, podría cambiar. No es un elefante gigantesco en la habitación del que nadie se atreva a hablar: tanto los medios internacionales de habla inglesa como los hispanohablantes tratan la materia con frecuencia. Programas como el de John Oliver dedican segmentos enteros a explicar cuál es el problema con los azúcares procesados. Y documentales como Fed Up (entero aquí) ilustran con todo lujo de detalles cómo los azúcares libres dominan nuestra dieta, desde el desayuno hasta la cena.

La pieza audiovisual comienza precisamente en 1980, cuando el gobierno estadounidense, convencido por multitud de estudios científicos que apuntaban hacia las grasas saturadas como las culpables de todos nuestros males, recomienda reducir su ingesta. Despojados de grasas, los alimentos tienen menos calorías y saben peor, así que las compañías alimenticias se aferran al azúcar procesado para completar su parte.

Lleno de azúcar.

Desde entonces, el relato del azúcar es el relato de la conquista. Aunque conviene matizar: no se trata del azúcar natural presente en verduras y frutas, sino de los monosacáridos y los disacáridos, azúcares añadidos a alimentos de producción industrial como los bollos, los cereales, los zumos o prácticamente casi cualquier cosa que incluya hidratos de carbono. En su momento, Vox comparó el desayuno medio de un estadounidense y su postre: el resultado era, en términos de ingesta de azúcares procesados, el mismo. Intercambiables.

Mientras Time recomienda volver a la grasa como solución a un problema que no ha hecho más que crecer (las muertes por paradas cardiovasculares, en la que los azúcares procesados son influyentes, son muy superiores a las atribuibles directamente al tabaco o al alcohol; la obesidad se ha disparado en Estados Unidos desde la defenestración de las grasas saturadas), la industria del azúcar continúa su curso. Y al igual que la del tabaco, es improbable que reduzca su tamaño o que caiga de la noche a la mañana. Si es que lo hace.

Lo has adivinado: repleto de azúcares. Aunque apenas tenga grasas.

Pese a sus diferencias (mientras el azúcar es un elemento que podemos ingerir de manera natural: la inhalación de humo es intrínsecamente negativa de cualquier modo), es sencillo toparse con decenas de artículos que recomiendan reducir el consumo de azúcar procesado o que proponen retirarlo por completo de nuestra dieta. Su resiliencia, sin embargo, es mayor a la que tuvo el tabaco en su momento: el azúcar procesado está en una parte masiva de los productos que comemos, y se introduce en nuestra dieta desde pequeños.

Entonces, ¿si viajamos cincuenta años hacia el futuro nos encontraremos con cajetillas de donut repletas de imágenes de arterias saturadas y camillas de hospital? Puede ser: las autoridades públicas cada vez están más preocupadas por el asunto, y la regulación de los azúcares añadidos cotiza al alza. De ser el futuro así, la historia, una vez más, se habrá repetido. Y habrá desprestigiado a otra industria gigantesca por el camino.

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