China está lanzando boyas gigantes al mar que son auténticos "pequeños" centros de datos fortificados. A Corea no le va a gustar

China tiene un nuevo sistema de boyas de seis metros de diámetro con el que decir adiós al viejo sistema occidental de la Segunda Guerra Mundial

Eva R. de Luis

Editor Senior

La observación de los océanos es una actividad esencial para monitorizar el cambio climático, la navegación y la seguridad del planeta, no obstante el 95% de los datos de internet viajan por allí, el avistamiento de enbarcaciones fantasma está a la orden del día y seguimos encontrado nuevas islas. Hasta ahora, el elemento por antonomasia para vigilar el mar han sido sensores flotantes que conoce todo el mundo: las boyas, una herencia del mundo analógico. 

En esa calma chicha ha irrumpido China con su serie Dragón Marino (Hailong), una nueva generación de boyas enormes que marcan un antes y un después en escala, diseño y funcionalidad. Desde luego, no tienen nada que ver con ese amarre que ha reinado en la ingeniería naval desde la segunda guerra mundial.

La nueva boya china. La serie Hailong son, literalmente, pequeñas estaciones de datos fortificadas en forma de disco. Aunque lo de pequeño es relativo: su diámetro ronda los seis metros de diámetro y como estructura se parece más a una pequeña plataforma petrolífera no tripulada que a las boyas convencionales. Tras completar las pruebas pertinentes en mar, ya se ha integrado en la red de observación del mar Amarillo para monitorizar de forma continua y en tiempo real de toda la columna de agua, según el Instituto de Oceanología de la Academia China de Ciencias.

Al desplegar la nueva boya, los técnicos retiraron simultáneamente una boya anterior tras 16 años de servicio. Un gesto simbólico deliberado en tanto en cuanto no es un mero cambio de boya: según el Instituto es "el primer sistema del mundo con estructura de anclaje lateral de disco único", dejando atrás el clásico punto de amarre central que ha dominado la ingeniería marina occidental desde la Segunda Guerra Mundial.

Por qué es importante. El problema del diseño de las boyas clásicas es mecánico y de sobra conocido: cuando una boya con amarre central rota por efecto de corrientes y viento, los cables se enrollan y generan fallos estructurales y de instrumentación. Este nuevo anclaje lateral de disco resuelve el problema de raíz porque emplea otra geometría, de modo que minimiza esos errores, operando con más estabilidad. Es decir, la importancia radica en la continuidad de los datos. 

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La segunda razón es estratégica. El el Instituto de Oceanología de la Academia China de Ciencias ya había probado otros sistemas de observación sincronizada capaces de abarcar desde 10 kilómetros de atmósfera hasta 1 kilómetro de profundidad bajo el agua, soportar vientos de 60 m/s y olas de hasta 20 metros alimentándose de fuentes energéticas varias (undimotriz, solar, eólica, híbridas). Esta nueva boya traslada estas capacidades a aguas especialmente sensibles. Es, en pocas palabras, una boya diseñada para estar operativa a largo plazo.

Contexto. Desde los años 40, el estándar mundial de las boyas ha sido definido por los diseños de la marina estadounidense, como por ejemplo las tipo NOMAD (Navy Oceanographic Meteorological Automatic Device). Para la época estos dispositivos cumplían gracias a su simplicidad y facilidad de despliegue, aunque por su física son vulnerables al balanceo excesivo. Si hay oleaje serio, las mediciones de precisión se ensucian. A lo largo de los años este estándar ha cumplido precisamente porque cumplían, su mantenimiento es bajo y otras alternativas presentan desafíos a su despliegue.  

Pero China, impulsada por su necesidad de controlar el Mar de China Meridional y el Pacífico Occidental, ha optado por rediseñar la plataforma desde cero. De hecho, China y Corea tienen un acuerdo de pesca en el Mar Amarillo que data de 2001 donde se prohíbe expresamente las instalaciones permanentes. Así que China lo ha cumplido a su manera: desde entonces ha desplegado 13 boyas, dos grandes jaulas de acuicultura y una plataforma de mantenimiento. Analistas del Center for Strategic and International Studies (CSIS) califican esta estrategia de "soberanía progresiva".

Cómo lo han hecho. El desarrollo lo lidera el Instituto de Oceanología de la Academia China de Ciencias, que lleva desde 2016 probando sistemas de amarre de transmisión en tiempo real. La nueva boya es, por tanto, el resultado de una década de desarrollo, no un salto tecnológico que llega de la noche a la mañana. El secreto de su diseño es la topología: desplazar el punto de anclaje del centro geométrico del disco a un lateral elimina el momento de torsión producido por el enredo de cables en el diseño clásico. 

En lugar de un casco que cabalga las olas, el cuerpo tiene un diseño con una sección transversal estrecha en la línea de flotación y un lastre profundo, lo que reduce notablemente las fuerzas hidrodinámicas. Para la gestión energética, las fotografías publicadas por la marina surcoreana el año pasado muestran modelos con paneles solares que, asistido por inteligencia artificial para la gestión de datos y la optimización del instrumental. El resultado es una plataforma que brilla por su autonomía y resiliencia, ya que puede operar de forma continua en condiciones de mar adversas sin intervención humana.

 Sí, pero. Desde un punto de vista técnico y geopolítico, este despliegue tiene una doble lectura: la descripción oficial de China presenta estas boyas como herramientas para el estudio del cambio climático y la alerta de tsunamis, pero de forma inherente esta infraestructura es dual: si integra un sonar y puede procesar datos en tiempo real, también puede funcionar como una herramienta bélica y de control. Por otro lado, el despliegue de estas plataformas inteligentes en aguas en disputa tienen su aquel desde el punto de vista del derecho marítimo internacional ya que son estructuras complejas y casi permanentes. Dicho de otro modo, es como poner una pica allí.



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