De sinfonía usada por los nazis a himno de la UE: cómo la Novena de Beethoven se convirtió en un símbolo político

La Novena Sinfonía de Ludwig van Beethoven es una de las composiciones más emblemáticas de la historia de la música. Pero lo cierto es que su fama deriva, además de su indudable técnica y musicalidad, de la andadura histórica que ha protagonizado a lo largo de los siglos. Su cuarto movimiento se ha convertido en un himno para ideologías muy diferentes y ha desempeñado un papel simbólico en la reconciliación entre pueblos. De hecho, este es uno de los motivos que los alemanes remarcaron cuando presentaron la obra a la candidatura de la Unesco para convertirse en Patrimonio de la Humanidad.

En cualquier parte del mundo, sea donde sea, si tarareas o silbas la Oda de la Alegría, es muy probable que alguien la reconozca al instante. La pieza, que es en realidad una musicalización del poema del mismo nombre escrito en 1785 por Friedrich Schille, alude a la idea de la fraternidad, a que todos los seres humanos son en realidad hermanos. Es esa idea de solidaridad universal lo que llega al sentimiento de la gente. Y es su popularidad y su capacidad de estimular las emociones más íntimas de quien la escucha las que han hecho que, a través de las décadas, varios movimientos y organizaciones se hayan apropiado de ella para distribuir su ideología o mensaje. "Es el fetiche musical de Occidente", decía el escritor Esteban Buch en su libro Beethoven's Ninth: a Political History.

Uno de los acontecimientos más sonados, donde la Novena Sinfonía tuvo un papel importante, fue la caída del Muro de Berlín, en 1989. El director estadounidense Leonard Bernstein interpretó una versión de ella con la Orquesta Filarmónica de Berlín en la que la palabra alegría (freude, en alemán) se sustituyó por libertad (freiheit). Un símbolo para resaltar la hermandad entre las dos Alemanias. Esa misma década, y con un significado parejo, se escuchó en boca de los manifestantes de la plaza de Tiananmen, contra la opresión de las autoridades de China, así como en Chile en protesta contra los abusos del gobierno de Pinochet.

Pero el uso de esta composición para proyectar ideas políticas no es un fenómeno reciente. La Oda a la alegría en particular, con letra o sin ella, ha sido empleada desde 1824 hasta el día de hoy como un símbolo político. Otto von Bismarck, antiguo canciller alemán, fue el primero en asignar a Beethoven el papel de inspirador de la raza germáni­ca conquistadora. También lo hizo el régi­men nazi, que no solo recurrió a la obra de Wagner para cimentar su doctrina.

Un símbolo para la propaganda nazi

El movimiento coral fue interpretado en las Olimpiadas de Berlín de 1936, un evento que intentó demostrar la supuesta superioridad de la raza aria y que fue inmortalizado por la cineasta Leni Riefenstahl. Y la sinfonía completa fue dirigida por Wilhelm Furtwängler, junto a la filarmónica de Berlín, para el cumpleaños de Hitler en 1937. Según el ministro de propaganda nazi, Joseph Goebbels, la sinfonía era la mejor opción porque “ilustraba con su combatividad y lucha la capacidad del Führer de lograr una victoria triunfante y alegre".

En el siglo pasado, la Novena Sinfonía vivió una dualidad casi hilarante. Ya que por otro lado fue la pieza que el violonchelista Pau Casals interpretó en los actos de pro­clamación de la Segunda República espa­ñola, en 1931. Y continuó utilizándose durante la segunda mitad del siglo XX. En 1974, la misma oda sirvió de base para el himno nacional de Rodesia. Resulta también curioso que a las autoridades del nuevo estado africano, de­fensor del apartheid, no pareciera incomo­darles que, dos años antes, hubiese sido adoptada por el Consejo de Europa como himno europeo. Ni que después de la Se­gunda Guerra Mundial hubiese sido pro­puesta por Naciones Unidas como himno mundial. Eso sí, en 1985, la adaptación que hizo Von Karajan se convirtió en el himno oficial de la Unión Europea.

La pieza se ha empleado en gran­des acontecimientos: no solo en conciertos de Año Nuevo en países como Japón o Australia, sino también en casi todas las ceremonias de apertura de los Juegos Olímpicos. En los de 1956 y 1964 sonó como himno común para los equipos de las dos repúblicas ale­manas. Pero es probable que el acontecimiento his­tórico más importante en la trayectoria de esta pieza musical fuera su interpretación en Berlín en la Navidad de 1989, pocas semanas después de la caída del muro.

Desde entonces, se ha utilizado en publicidad, para villancicos y hasta en videojuegos. De hecho, en los viejos ordenadores Windows XP, este era el único tema musical que venía de fábrica en la máquina. Algunos dicen que existe el peligro de que se vuelva demasiado comercial, pero, a fin de cuentas, sigue siendo ese himno reconocible que todos acabamos achacando a la idea de paz y unión.

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