La brecha salarial de género está casi extinta. Ahora es más influyente si estás casado o si tienes hijos

La conversación en cuanto a la brecha salarial de género tiene que cambiar. Para alegría de cualquier persona feminista, la discriminación laboral entre hombres y mujeres sin cargas familiares está cerca de quedar extinta. Por eso ahora hay que centrar la discusión en los hallazgos que llevamos viendo unos pocos años en las ciencias sociales: que la diferencia de salarios se explica más dependiendo de si las personas que están casadas o no y si tienen hijos o no, algo que ha quedado meridianamente claro en un reciente estudio de John Iceland e Ilana Redstone por la Universidad Pública de Pensilvania.

Reduciéndolo a su mínima esencia, los triunfadores del mercado laboral son los hombres casados y sin hijos, y las que salen perdiendo las mujeres con hijos, aunque hay unas cuantas sorpresas.

En este trabajo han recopilado los datos de entre 65.000 y 97.000 individuos cada año entre 1979 y 2018 procedentes de la Oficina de Estadísticas Laborales y de la oficina censal estadounidense. Han incluido variables como lógicamente el género, el nivel de estudios y el estado civil, pero sólo han estudiado a las personas entre 25 y 29 años, incipientes ciudadanos que ya han terminado sus estudios, que empiezan a asentarse en el mercado y empiezan a definir su estatus civil.

Los resultados también quedarán alterados por un par de detalles, como que sólo hayan tenido en cuenta a los trabajadores que lo son a jornada completa (el trabajo parcial es abrumadoramente femenino) y profesionales del campo militar.

¿Principal conclusión? Que la brecha de ingresos se ha ido reduciendo, sobre todo gracias a la obtención de méritos académicos de las mujeres. Si en 1980 estas mujeres ganaban el 60% de lo que ganaban los hombres, para 2018 el porcentaje subía al 93%. Hoy el campo de batalla está, sobre todo, en qué hacemos con los niños y la conciliación.

Tu estatus personal y la penalización por hijos

Veníamos de una época en la que los salarios de las parejas casadas eran muy divergentes, siendo muy inferiores los de las mujeres que los de los hombres. Es la teoría del proveedor en la que se entiende que él trae el pan y ella “ayuda”, algo que hacía que los trabajadores solteros, especialmente entre las mujeres, tuviesen en su día salarios más altos que las mujeres que habían desposado. Eso ha ido mutando hasta dar la vuelta a la tortilla: hoy ambos desposados ganan más que los hombres y las mujeres que están solteros.

Sin que haya una explicación a este fenómeno del todo satisfactoria, la teoría más extendida es la de la “selectividad” marital: los que se casan eligen mejor a sus parejas, gente tan exitosa y educada como ellos. Otra opción: para hacerse más atractivo a ojos de su pareja los integrantes del matrimonio intentan encontrar mejores trabajos.

Del estudio,The Declining Earnings Gap Between Young Women and Men in the United States, 1979-2018.

Ahora bien, si la brecha parejil se ha invertido, la brecha por hijos se ha mantenido, lo que, dado que otros indicadores de desigualdad están mermando, hace que ahora sea más relevante. Y en este caso sí se mantiene el peso de la tradición: se castiga más a las madres que a los padres:

Las personas casadas ganan más que las que no están casadas, pero las personas con hijos ganan menos que las que no. Sin embargo, de acuerdo con los hallazgos de la literatura disponible, el efecto del matrimonio y los hijos varía según el género: estar casado es más beneficioso para los hombres que para las mujeres y tener hijos confiere una desventaja de ingresos menor para los hombres que para las mujeres.

La “segunda transición demográfica”, como se refiere el documento al cambio de modelos de vida de la población, seguirá aumentando estas brechas de ingresos en detrimento salarial de padres y madres. Y aunque los autores reconocen que se aprecia una caída de ingresos entre padres en estos 40 años que puede explicarse por la mayor involucración de los hombres en la crianza, no tiene aún punto de comparación con la penalización que sufren ellas.

Cómo los hombres se han vuelto más “mediocres”

En este período lo que ha ocurrido a grandes rasgos es que los hombres de hace 40 años ganan aproximadamente lo mismo que los hombres de hoy, mientras que las mujeres han visto incrementar sus salarios progresivamente a lo largo de las décadas. ¿Cómo puede haber sucedido esto? Según los evaluadores, se explica sobre todo por la obtención de títulos universitarios. En los años 80 había más hombres con carrera, en los años 2000 se llegó a una paridad y ahora hay un 42% de estadounidenses con carreras mientras sólo un 36% de los hombres posee este nivel académico.

Como ya han señalado otros autores, ello podría llevar en unos años a una desigualdad de género inversa que habría que combatir.

La merma de salarios también va a aparejada al cambio de modelo productivo de los países desarrollados: antes era más habitual encontrarse con hombres trabajadores de cuello azul con buenos sueldos, sueldos que no se han visto repuestos en ningún otro sector de baja cualificación a medida que se detraía empleos de las fábricas y similares.

Los autores también dejan otro recado: aunque las mujeres se han incorporado a trabajos “masculinizados” (reconocen que falta paridad en el mundo STEM, aunque se compensa a nivel grupal femenino con creces con las empleadas en educación y sanidad), los hombres no se han apuntado a los empleos feminizados, algo que, alegan, podría estar manteniendo bajos los salarios de estos sectores como son limpieza y cuidados.

La devaluación salarial universal

Si quisiésemos medir todo esto como un juego, esa ganancia de las mujeres no ha provocado una mejora total en el plano laboral. Como apuntan Iceland y Redstone, la paridad entre hombres y mujeres solteros y sin cargas se ha debido más al declive en los salarios de los hombres que al aumento de salarios femeninos. Ajustando a la inflación actual, el hombre de 1979 ganaba 48.000 dólares que ahora son 42.000, mientras la mujer ha pasado de los 32.000 a los 39.000.

Como también advierten en otro punto, les resulta de lo más llamativo cómo estos jóvenes trabajadores de entre 25 y 29 años están perdiendo poder adquisitivo en un porcentaje que no puede verse compensado simplemente por ese alargamiento de los años de estudio. Con brechas o sin brechas sociales, las rentas del trabajo están perdiendo terreno frente a las rentas del capital.

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