2700 casos en Italia y 6400 en Rumanía: los antivacunas han traído de vuelta el sarampión a nuestras vidas

El sarampión es una enfermedad infecciosa altamente contagiosa. Afecta especialmente a los niños, en los que suele dejar fiebre alta y sarpullidos. En 1 de cada 15 casos deriva en complicaciones como neumonía o encefalitis. En los más extremos, provoca la muerte.

Y desde hace 70 años tiene cura.

Un par de generaciones después de que se implantasen programas de vacunación general en la mayoría de países europeos le estamos viendo de nuevo las orejas al lobo. Nos familiarizamos como antaño con la enfermedad, y más concretamente con su peor rostro: la mortandad infantil. Rumanía ha sufrido 6.434 niños enfermos y 6 muertes en este último año. El cómputo europeo: 10.000 afectados por enfermedades que casi habían desaparecido.

Italia, país hermano y con cuya población nos podemos identificar más fácilmente, protagonizará los titulares de los futuros reportajes sobre el rebrote de una enfermedad controlable: se han producido 2.719 casos de sarampión en lo que llevamos de año.

Ha vuelto la epidemia y lo ha hecho, principalmente, por la mala praxis de sus padres. Como ya decíamos, la expansión de la infección es paralela a la de los bulos que circulan entre grupos alternativos italianos: los antivacunas. El periodista Christian Sellés compartía la imagen gráfica del rebrote. En sólo un año, tras un lustro de crecimiento de la corriente antivacunas, ha aparecido este brote que ha atacado a un 90% de personas que no estaban vacunadas.

Adultos anteriores a los programas de vacunación, niños a cargo de tutores anticientíficos, pero también víctimas indirectas. En ese 10% de personas infectadas que sí estaban vacunadas se encontraban aquellos que no responden a los pinchazos, que son inmunes a estos tratamientos. Pero que, si todo marchase como debiera, no tendrían que correr riesgos.

La inmunidad de grupo ya cuenta con un porcentaje de población a la que no le hace efecto, pero es por la barrera colectiva que crea ese 90% restante que se reducen al mínimo las posibilidades de expansión de una epidemia. Es grave que unos padres jueguen con la vida de su hijo exponiéndoles a una infección, pero peor aún es saber que, por este grupo, los individuos inmunes al tratamiento también podrían morir.

La vacuna triple vírica, que nos inmuniza del sarampión, las paperas y la rubeola, terminaba cada año en España con la vida de 50 pacientes e infectaba a 350.000 más. Ahora rondamos los 200 casos anuales y ninguno de ellos termina en muerte.

Ateniéndonos a las cifras de la OMS, hemos salvado mundialmente un millón de vidas cada año desde 2000 sólo vacunándonos del sarampión. Aunque la organización tampoco puede sacar pecho: la idea era erradicar la enfermedad a nivel mundial para el año 2015, como sí ha conseguido en su territorio América Latina. Los recortes sanitarios y el descrédito hacia las instituciones de los antivacunas han torpedeado que se logre el objetivo.

Pero nada de esto importa a los que están dispuestos a creer en teorías conspirativas entre Estados y farmacéuticas, que propagan y asimilan informes sobre los efectos secundarios de las vacunas aunque estos hayan sido desmontados desde hace mucho tiempo. Que no recuerdan cómo era el mundo antes de la llegada de estas herramientas de salud pública, cuando las infecciones eran la principal causa de muerte de menores de 18 años.

Es fácil, sobre todo, porque pueden conocerse historias concretas de familias que consiguen que sus hijos crezcan al margen de la cobertura sanitaria, beneficiándose de un entorno en el que el resto de niños y adultos bloquean, con sus vacunaciones, la expansión de una enfermedad que estaba casi extinta. Pero cuando esta cadena de seguridad falla las víctimas se cuentan entre cientos y miles, y ellos son los primeros en caer.

Sobre la polémica a si deben o no los Estados a obligar a la vacunación ya hablamos aquí. También sobre cómo ayudar entre todos a convencer a los reacios a los calendarios, ya que reírnos de ellos no sirve de nada.

Pero las cifras rumanas e italianas que se han plantado este año sobre la mesa (y que muy probablemente crezcan aún más en el futuro) deberían servir al menos para convencer a los indecisos. A los que estén tentados de dudar de los férreos discursos institucionales, actividad sanísima para el bienestar democrático, pero que en este caso sólo está sirviendo para propagar ese doble virus, discursivo e infeccioso, que estábamos a punto de erradicar.

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