200 años de Waterloo, la batalla que fue algo más que una canción de ABBA

Hoy se cumplen doscientos años desde que, entre las colinas suaves y las explanadas verdes de Bélgica, las tropas napoleónicas sufrieran su última y más espectacular derrota. Waterloo, la batalla librada entre los ejércitos de la Séptima Coalición y del Imperio Francés, se prolonga ya dos siglos en la historia. Desde entonces, el mundo, huelga decirlo, ha cambiado radicalmente. Pero su relevancia continúa siendo clave. De ahí que, dos centurias después, se conmemore por todo lo alto.

Entre mañana y el sábado tendrán lugar las conmemoraciones de Waterloo, lateral a la historia de España, dado el menor protagonismo de nuestro país en la batalla, pero determinante en el devenir del siglo XIX. Los actos se podrán seguir por streaming en el canal oficial de Waterloo 2015, y entre ellos se incluirán, como no podría ser de otro modo, representaciones de los combates entre las tropas francesas y las coaligadas. De modo que veamos por qué Europa celebra Waterloo.

¿Quiénes se enfrentaron en Waterloo?

El Imperio Francés, el primero, y diversas naciones y estados englobados en la Séptima Coalición, la última de muchas alianzas a lo largo del continente europeo durante las guerras napoleónicas. Protagonismos notorios: Inglaterra y Prusia, los dos únicos grandes estados que habían sobrevivido a años de dominio francés a lo largo y ancho del continente. Austria estaba perdida en batalla (¡Austerlitz!), Rusia se lamía sus heridas a miles de kilómetros de allí.

¿Cómo se llegó a Waterloo?

A la altura de 1815, las tropas napoleónicas daban sus últimas y agónicas bocanadas en los campos de batalla europeos. Habían sido derrotadas primero en España, para amargo sinsabor de Napoleón, y después en Rusia, donde una suicida campaña francesa y la política de tierra quemada por parte de la población local, sumado al crudo invierno del este, habían mermado de forma notoria al grueso de la Grande Armeé. Los golpes fueron duros y Napoleón, en la primavera, fue derrocado y deportado.

Pasó 100 días en la isla de Elba mientras el Congreso de Viena, formado por las fuerzas vencedoras y partidarias de volver al status quo previo a la Revolución Francesa y al advenimiento del Imperio Francés, reorganizaba las monarquías y las fronteras de Europa. Tres meses después, Napoleón huía de Elba, volvía a Francia entre vítores, reunía a los grandes generales de su ejército y se disponía de nuevo a la batalla. El Congreso de Viena no estaba dispuesto a permitirlo.

Napoleón huía de Elba, volvía a Francia entre vítores, reunía a los grandes generales de su ejército y se disponía de nuevo a la batalla. El Congreso de Viena no estaba dispuesto a permitirlo

La Séptima Coalición es el resultado del temor a Napoleón de las fuerzas europeas. Su última alianza en pro de la derrota del emperador. Napoleón había decidido invadir los Países Bajos, lugar de reunión de todos sus miembros de la alianza continental. Miembros que, especialmente Prusia e Inglaterra, tenían importantes diferencias entre sí, políticas, logísticas y militares. Napoleón quiso aprovechar esta teórica división y debilidad de su enemigo.

¿Por qué era tan temible Napoleón?

La Séptima Coalición detestaba la idea de enfrentarse de nuevo a Napoleón, ese hombre bajito que gracias a su privilegiada inteligencia militar se había impuesto de forma sucesiva a todas las grandes naciones del orbe continental. Además, encarnaba las ideas ilustradas, cierta herencia revolucionaria (aunque hubiera aniquilado a la revolución) y el ascenso de un outsider, alguien ajeno a la aristocracia clásica europea. Un extraño y peligroso compañero de cama al que nadie había invitado.

¿Qué sucedió en la batalla?

Que alrededor de 200.000 hombres entablaron combate en las explanadas verdes, imperecederas, cercanas a Waterloo, hoy la actual Bélgica. Francia contaba con el mejor ejército, pero sólo con uno. Superada numéricamente, agotada tras años y años de conflictos (las guerras napoleónicas duran más que la Segunda y Primera Guerra Mundial juntas), y enfrentada a un gran general (Wellington) y a un gran ejército (el prusiano, que comenzaría a cimentar aquí su leyenda). A esto hay que añadir un hándicap: Napoleón ya no era el que era en 1805. Su tiempo había pasado, cometía errores.

Las tropas francesas, pese a estar motivadas por el regreso de Napoleón, no pudieron imponerse a la coalición. Fue la última gran batalla europea hasta pasada la primera mitad del siglo, algo inédito en la historia del continente. El último vestigio del mundo clásico, de la guerra de ayer, de un mundo que estaba abocado a cambiar para siempre. Épica, sangrienta y bella, Waterloo es carne de la imaginación de los apasionados por la historia bélica.

¿Quién gana?

La Séptima Coalición. Inglaterra, Prusia, y la miriada de estados pequeños que les acompañaban. Pero también Austria y Rusia, que sin participar en la batalla habían aniquilado la mayor amenaza a sus intereses dentro del continente. Wellington pasaría a ser leyenda del Reino Unido, del mismo modo que ya lo era Nelson, y Prusia comenzaría a competir con Austria por la hegemonía germánica en Europa central. A partir de aquí, tocaba, de nuevo y de forma definitiva, reorganizar Europa.

¿Quién pierde?

Ante todo, Francia. Napoleón había construido quizá el imperio continental más importante de la historia de Europa desde los romanos, pero su recorrido no había sido siquiera tan largo como el dominio hispánico durante los siglos XVI y XVII. Corto, explosivo, efusivo, Waterloo supuso también el fin de la hegemonía francesa dentro de Europa. Sería el canto de cisne de Francia como potencia principal del continente y directora de la política internacional. Jamás regresaría. Fue su drama.

¿Qué consecuencias tiene Waterloo para Europa?

El fin momentáneo del sueño revolucionario. Aunque Napoleón había transformado el espíritu de 1789 en un imperio belicoso y no demasiado apegado a los intereses directos del pueblo, los grandes imperios europeos observaban con gran recelo sus pasos. Para Austria, Prusia y Rusia, Napoleón representaba el orden que les habría de derrocar, una amenaza insostenible. En Waterloo acaban con su mayor temor, el de ser destronados y ejecutados como Luis XVI.

El campo de batalla en la actualidad.

En rigor, Waterloo es una victoria del absolutismo frente a las ideas ilustradas, del Antiguo Régimen frente a la llama incandescente de la revolución. Europa no iba a cambiar, y el Congreso de Viena se iba a encargar de ello. Fernando VII regresaría a España y Francia volvería a ser una monarquía. Tan sólo fue una victoria a corto plazo: en menos de 15 años el continente volvería a levantarse otra vez en diversas revoluciones. No pararía de hacerlo hasta 1914.

¿Qué cambió Waterloo?

Frenó una tendencia. Si observamos los acontecimientos que van desde la Revolución Francesa de 1789 hasta la Primera Guerra Mundial, el siglo largo de Eric Hobsbawm, Waterloo es una barrera temporal en el inevitable devenir revolucionario de Europa. La victoria de las tropas absolutistas en los campos belgas permite poner fin a años de conflictos bélicos, a un continente que se desangraba y a la inestabilidad. Europa vuelve a ser lo que debía ser. Poder aristocrático y orden.

¿Qué no cambio Waterloo?

Por más que el Congreso de Viena recuperara la estabilidad monárquica en las cuatro esquinas del continente, Waterloo no pudo modificar el corazón de cambios estructurales (políticos, sociales, económicos) que estaban condenados a desencadenarse. La revolución industrial, la penetración de las ideas ilustradas, el fin de la economía tradicional que mantenía el orden vigente, todo ello no podía detenerse en el tiempo simplemente venciendo a las tropas de Napoleón.

A partir del Congreso de Viena, se suceden las revoluciones. Waterloo fue un paréntesis entre 1789 y la siguiente oleada de revueltas, desatadas de forma escalonada a lo largo del siglo XIX. Primero en 1820, después en 1830, después en 1848. Después llegaría la Reunificación de Italia, la Reunificación de Alemania, la derrota del Tercer Imperio Francés, la comuna de París y una larga sucesión de acontecimientos que morirían en 1914 como estertor final de un siglo donde cambió todo.

Waterloo es otro escalón más en el camino de transición del mundo viejo al nuevo.

¿Qué memoria guardamos de Waterloo?

Una muy poderosa y romántica. Francia observa con intranquilidad el bicentenario, dado lo controvertido de Napoleón aún hoy en la memoria nacional y lo amargo de la derrota, personificada en la tristeza que inundó a Victor Hugo. Inglaterra saca pecho. Europa se acuerda de Waterloo porque fue un acontecimiento clave en su historia. Pero ante todo, Europa se acuerda de Napoleón, el hombre que venció perdiendo, la leyenda acrecentada del último gran general del continente.

Qué no conmemoramos hoy

Que Suecia ganara Eurovisión con un grupo llamado ABBA y una canción, bastante buena por cierto, llamada 'Waterloo'. No, Europa, de eso no trata todo el jaleo de hoy en torno a Waterloo, ya hemos pillado el chiste. Por increíble que pueda parecer, no todo gira en torno a ABBA. Waterloo fue algo más, sólo ligeramente más importante en el devenir de la historia europea.

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