
Porque el hormigón envejece en décadas, pero el plutonio lo hace en milenios
Durante 12 años, Estados Unidos convirtió dos atolones de las Islas Marshall en uno de los mayores campos de pruebas nucleares del planeta. Cuando llegó el momento de limpiar parte de aquel legado, encontró una solución aparentemente sencilla: concentrar decenas de miles de metros cúbicos de material radiactivo en el cráter de una de sus propias bombas y cubrirlo con hormigón. Casi medio siglo después, el océano que rodea aquella improvisada tumba se ha convertido en una de sus principales amenazas.
Cómo recoger los restos de 67 bombas nucleares. Entre 1946 y 1958, Estados Unidos detonó 67 dispositivos nucleares en los atolones de Bikini y Enewetak, en las Islas Marshall, después de desplazar a comunidades que llevaban generaciones viviendo allí.
Las explosiones se realizaron bajo el agua, sobre la superficie y en la atmósfera, y una de ellas alcanzó una potencia unas 1.100 veces superior a la bomba lanzada sobre Hiroshima. El resultado fueron islas cubiertas de suelo y escombros contaminados con radionúclidos como el plutonio-239, cuya vida media ronda los 24.000 años.
La bomba convertida en un vertedero nuclear. Y aquí viene la parte más surrealista de la historia. La solución apareció en Runit, una pequeña isla del atolón de Enewetak donde la prueba Cactus había abierto en 1958 un enorme agujero en el coral.
Entre 1977 y 1980, militares estadounidenses retiraron tierra contaminada y otros residuos de diferentes zonas del atolón, los mezclaron y depositaron la masa resultante dentro de aquel cráter. El vertido terminó acumulando alrededor de 85.000-90.000 metros cúbicos de material contaminado, el equivalente aproximado a 35 piscinas olímpicas.
La solución: colocar encima una gigantesca tapa de hormigón. Sí, Estados Unidos cubrió el cráter con 358 paneles de hormigón que formaron una estructura circular de unos 115 metros de diámetro y aproximadamente 45 centímetros de espesor. Había nacido el Runit Dome, aunque los habitantes de las Islas Marshall acabarían dándole un nombre bastante más gráfico: "The Tomb", la Tumba.
El problema es que aquello no era un moderno depósito nuclear hermético, sino en esencia una enorme tapa construida sobre un agujero existente en el terreno para contener un problema que Washington no quería trasladar a su propio territorio.
EEUU puso una tapa al vertedero, pero no construyó un fondo. El cráter Cactus no fue revestido por debajo con una barrera impermeable antes de introducir los residuos, de modo que el material contaminado quedó sobre el coral poroso y en contacto con las aguas subterráneas. De hecho, décadas después se han observado grietas en el hormigón y los estudios estadounidenses han confirmado el intercambio de agua entre el cráter y su entorno.
Por su parte, el Departamento de Energía sostiene que eso no implica necesariamente una gran liberación adicional: los terrenos exteriores ya están contaminados y algunos presentan concentraciones superiores a las del propio contenido del domo. Es un matiz importante porque la Tumba nunca fue una caja completamente aislada que ahora haya empezado repentinamente a tener fugas. Es más, el agua ha formado parte del problema prácticamente desde su construcción.
La amenaza que nadie esperaba. Runit apenas sobresale sobre el Pacífico y las Islas Marshall tienen una elevación media de alrededor de dos metros, lo que las hace especialmente vulnerables al aumento del nivel del mar, las marejadas y las inundaciones. Ocurre que, cuando se construyó el domo a finales de los setenta, el diseño no contempló el cambio climático y la subida del océano como uno de los grandes condicionantes de su futuro, y hoy ocurre exactamente lo contrario.
Los científicos llevan años advirtiendo de que tifones, marejadas y una inundación cada vez más frecuente de la isla pueden erosionar el entorno de una estructura destinada a convivir durante muchísimo tiempo con materiales cuya radiactividad sobrevivirá miles de años.
El hormigón envejece en décadas, el plutonio en milenios. El plutonio-239 enterrado en Runit tiene una vida media de unos 24.000 años, mientras que la estructura destinada a cubrir parte de aquel legado nuclear tiene menos de medio siglo y ya muestra los efectos del paso del tiempo.
De hecho, investigadores han advertido de que ninguna construcción de este tipo puede simplemente abandonarse esperando que permanezca intacta de forma indefinida, especialmente en un entorno marino sometido a inundaciones y tormentas. El océano, además, está recuperando poco a poco un territorio que Estados Unidos escogió precisamente por su aislamiento para realizar allí sus pruebas nucleares.
La Tumba ya no es responsabilidad mía. Cuando los habitantes regresaron a Enewetak y las Islas Marshall establecieron su nueva relación política con Estados Unidos, Washington consideró resueltas buena parte de sus responsabilidades derivadas del programa nuclear. Es más, sostiene que el Runit Dome se encuentra en territorio bajo jurisdicción marshalesa.
Sin embargo, para un pequeño país insular, hacerse cargo de una estructura que contiene decenas de miles de metros cúbicos de residuos contaminados supone un desafío económico y técnico extraordinario. De ahí la ironía que persigue a Runit desde 1979: Estados Unidos encerró parte del legado de sus pruebas nucleares bajo una gigantesca cúpula de hormigón, pero la dejó sobre un cráter sin impermeabilizar y junto al océano.
Casi medio siglo después, ese mismo océano está subiendo alrededor de ella.
Imagen | NASA, US Defense Special Weapons Agency
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