
O dicho de otra forma: las paredes llevan contando las mismas historias un siglo
En 1922, el ingeniero mecánico Elis F. Stenman empezó a construir una pequeña casa de verano en Rockport, Massachusetts, de una manera completamente convencional. Levantó un armazón de madera, instaló el suelo y construyó el tejado. Entonces decidió experimentar con uno de los objetos más efímeros de su época: los periódicos que cada mañana llegaban a las casas y terminaban desechados. Más de 100.000 periódicos terminarían formando parte de las paredes.
Más de un siglo después, buena parte del papel continúa allí.
Construir con papel. Elis F. Stenman era un ingeniero mecánico de Cambridge con afición por experimentar y comenzó la vivienda de Rockport como cualquier otra: estructura, suelo y tejado de madera. La rareza apareció cuando llegó el momento de completar las paredes y decidió averiguar hasta dónde podía llevar las propiedades aislantes del papel de periódico.
Lo que comenzó como un experimento relativamente modesto terminó apoderándose de la casa: Stenman acumuló miles de periódicos usados y convirtió un producto pensado para tener una vida útil de apenas unas horas en el material más característico de una vivienda que acabaría sobreviviendo durante generaciones.
Paredes con 215 periódicos. Stenman no se limitó a colocar unas cuantas hojas como revestimiento: superpuso aproximadamente 215 capas hasta obtener paneles de alrededor de 2,5 centímetros de espesor. Para mantenerlas unidas utilizó un pegamento casero elaborado fundamentalmente con harina y agua, al que según los relatos familiares incorporaba también pieles de manzana, y posteriormente cubrió el conjunto con barniz para protegerlo de la humedad.
El detalle resulta especialmente importante porque Rockport es una localidad costera de Massachusetts, por lo que la supervivencia del experimento no procede de ninguna propiedad milagrosa del periódico, sino de combinar papel fuertemente compactado, adhesivo, sucesivas capas protectoras y una estructura convencional de madera que continúa realizando el verdadero trabajo estructural.
Una casa de 100.000 periódicos. Una vez comprobado que podía convertir las hojas en superficies resistentes, Stenman llevó el experimento mucho más lejos que las paredes. Enrollando, prensando y pegando periódicos fabricó sillas, mesas, escritorio, estanterías, lámparas, un mueble para la radio e incluso un reloj, muchos de ellos objetos completamente funcionales.
Las principales excepciones son el piano, que únicamente está revestido de papel, y la chimenea. El reloj contiene además periódicos procedentes de los 48 estados que componían entonces Estados Unidos, convirtiendo la vivienda en una colección de prensa además de en un experimento de ingeniería doméstica.
Paredes que llevan un siglo contando lo mismo. Stenman no ocultó por completo el material bajo pintura o revestimientos, y eso produjo una consecuencia que seguramente no estaba entre los objetivos originales del proyecto: la casa se convirtió en una enorme hemeroteca tridimensional. Todavía pueden leerse fragmentos de artículos, publicidad y titulares de los años veinte directamente sobre paredes y muebles.
Incluso un escritorio conserva información sobre el vuelo transatlántico de Charles Lindbergh de 1927, mientras el mueble de la radio muestra referencias a la campaña presidencial de Herbert Hoover de 1928. Uno de los titulares conservados anuncia “Lindbergh despega para su vuelo oceánico a París”, de modo que acontecimientos que estaban destinados a desaparecer con el periódico del día quedaron literalmente incrustados en la arquitectura.
El secreto está en los lados. La Paper House suele describirse como una casa construida con periódicos, aunque la realidad técnica es algo más interesante: no son 100.000 periódicos sosteniendo por sí solos un edificio. El esqueleto, el suelo y el tejado son de madera, mientras que el papel prensado constituye las paredes y domina puertas, superficies interiores y mobiliario.
Plus: el barniz ha tenido que renovarse ocasionalmente para mantener alejada la humedad. El propio envejecimiento produce un efecto peculiar: cuando las capas exteriores se deterioran pueden aparecer debajo nuevas páginas que llevaban décadas ocultas, como si la casa fuera revelando lentamente otra capa de las noticias con las que fue construida.
Economía circular antes de economía circular. La Paper House no fue el único experimento que acabaría demostrando hasta dónde pueden llevarse materiales destinados a la basura. Décadas después, Mike Reynolds comenzó a levantar sus Earthships en Nuevo México utilizando neumáticos rellenos de tierra, latas y botellas, y Édouard T. Arsenault y su hija construyeron en Canadá varias edificaciones con unas 30.000 botellas de vidrio.
Por su parte, Robert Bezeau desarrolló en Panamá un poblado en el que decenas de miles de botellas de plástico quedaron encerradas en estructuras metálicas para formar paredes, incluido un castillo de cuatro plantas construido con unas 40.000 (que está en el Guinness). Todos casos que responden a una intuición parecida: antes de fabricar otro material, mirar qué puede hacerse con aquello que la sociedad ya ha decidido desechar.
El experimento sigue allí. Elis y Esther Stenman utilizaron la pequeña vivienda durante los años veinte, pero en 1930 se trasladaron a la casa contigua y convirtieron su creación en un museo informal que empezó a atraer visitantes. Con el tiempo su conservación pasó a manos de la familia y desde 1995 su sobrina nieta, Edna Beaudoin, se ocupa de protegerla del clima y de los animales mientras continúa abriéndola al público durante parte del año.
Sea como fuere, la paradoja con la que comenzó el experimento sigue intacta más de un siglo después: Stenman tomó miles de páginas fabricadas para contar algo durante un solo día, las pegó unas contra otras y terminó construyendo con ellas algo que ha durado más de cien años.
Imagen | Daderot
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