En 1902 un geógrafo se propuso explicar el origen del nombre de cada ciudad de EEUU. La respuesta la tenían dos países de Europa

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Algunas explicaciones han resultado ser leyendas populares

Miguel Jorge

Editor

En 1902, cuando Estados Unidos todavía estaba terminando de llenar su propio mapa, el geógrafo Henry Gannett se embarcó en una tarea monumental: averiguar por qué miles de ciudades, pueblos, ríos y accidentes geográficos del país se llamaban así. El resultado fue un informe federal de 334 páginas que acabaría reuniendo el origen de unos 10.000 topónimos. Y lo que apareció al ordenarlos sobre el mapa fue algo parecido a una arqueología lingüística de Estados Unidos: bajo sus nombres actuales seguían estando los indígenas que habitaban aquellas tierras, los colonos que avanzaron hacia el oeste.

Y, de manera especialmente visible, dos viejos imperios europeos que habían llegado mucho antes.

Explicando el mapa entero de Estados Unidos. Contaba hace unos días el Wall Street Journal que Henry Gannett no era un geógrafo cualquiera: trabajaba para el U.S. Geological Survey y fue una de las figuras fundamentales de la cartografía estadounidense de su época. Su gigantesco catálogo apareció por primera vez en 1902 y fue actualizado en 1905, después de recopilar información mediante cartas enviadas a organizaciones y funcionarios de todo el país. 

La ambición era extraordinaria para una época sin bases de datos ni búsquedas digitales: documentar manualmente el origen de unos 10.000 nombres y convertirlos en una especie de registro de cómo colonización, independencia y expansión territorial habían terminado escribiéndose sobre el mapa.

Una historia que las fronteras habían borrado. La distribución de aquellos topónimos no era aleatoria. En el noreste aparecían numerosos nombres ingleses y holandeses, consecuencia de las primeras colonias europeas, hacia el interior surgían referencias bíblicas y grecorromanas adoptadas por estadounidenses que, después de la independencia, preferían no bautizar sus nuevas comunidades con nombres británicos. 

Ithaca, Troy o Lebanon pertenecen a esa segunda oleada. Pero cuanto más se ampliaba la mirada hacia el sur, los grandes ríos del interior y el oeste, más evidente resultaba que una parte enorme del país conservaba nombres heredados de pueblos y potencias que habían controlado aquellas tierras antes de que Estados Unidos llegara hasta ellas.

Primero Francia dejó su firma siguiendo el curso de los ríos. Luisiana ofrece la pista más evidente: el propio territorio recibió su nombre en honor a Luis XIV y ciudades como Baton Rouge, New Orleans o Lafayette conservan directamente su herencia francesa. Pero aquella huella no se detiene en el golfo de México. 

Comerciantes, exploradores y colonos francófonos avanzaron siguiendo los grandes sistemas fluviales hacia el norte y dejaron nombres como St. Louis, Detroit, Dubuque, Duluth o Pierre, dibujando sobre el mapa moderno las antiguas rutas comerciales que conectaban el interior del continente con Canadá. Siglos después de desaparecer el dominio francés, sus nombres continuaron indicando por dónde había pasado.

Luego España hizo algo parecido al otro lado del país. En California, el sur de Texas y el corredor del río Grande a través de Nuevo México ocurre prácticamente lo contrario: allí el mapa empieza a hablar español. Son territorios que pertenecieron al Imperio español y posteriormente a México, y sus ciudades conservaron la costumbre de exploradores, misioneros y colonos de utilizar nombres religiosos. 

Los Angeles remite a los ángeles, Santa Fe a la Santa Fe y San Antonio a san Antonio de Padua. La herencia llegó incluso más lejos: Toledo, Ohio, recibió el nombre de la ciudad española y Buena Vista, Virginia, recuerda la batalla de Buena Vista de la guerra entre Estados Unidos y México.

Antes de españoles y franceses, el mapa ya tenía nombres. Ocurre que por debajo de esas capas europeas permanece otra mucho más antigua. Los topónimos de origen indígena atraviesan Estados Unidos y son especialmente frecuentes en zonas del Medio Oeste y la costa de Nueva Inglaterra, donde el contacto comercial entre indígenas y europeos se prolongó durante más tiempo. 

Muchos fueron modificándose al pasar de unas lenguas a otras: Poughkeepsie procede aproximadamente de “Apokeepsingk”, en una lengua indígena de la región, mientras Schenectady deriva de una palabra nativa cuyo significado se aproxima a “más allá de las llanuras”. Los europeos no siempre sustituyeron los nombres que encontraron, muchas veces los pronunciaron, escribieron y deformaron hasta incorporarlos a su propio mapa.

Henry Gannett

La independencia añadió otra capa. Después de la Revolución estadounidense apareció además una necesidad política de bautizar el territorio de una forma diferente. Recordaban en el Journal que los colonos que avanzaban hacia el interior dejaron de recurrir a ciudades británicas y buscaron referencias en mundos que consideraban más adecuados para la nueva república: la Biblia y la Antigüedad clásica. 

De ahí que Estados Unidos terminara poblándose también de Troy, Ithaca o Lebanon, mientras otras comunidades adoptaban nombres de personajes, acontecimientos históricos y batallas. Cada generación iba escribiendo encima de la anterior sin conseguir borrar completamente lo que ya estaba allí.

Un mapa que funciona como una excavación arqueológica. Si se quiere también, el trabajo de Gannett estaba lejos de ser perfecto: faltaban ciudades importantes como Jacksonville e Indianápolis, apenas aparecía Alaska y Hawái ni siquiera estaba incluido. No solo eso. Algunas explicaciones resultaron ser leyendas populares, como la historia que afirmaba que Yreka, California, procedía de alterar las letras de “bakery”, cuando probablemente tiene un origen indígena. 

Sea como fuere, más de un siglo después, el patrón general que descubrió sigue siendo extraordinariamente visible. Basta recorrer los nombres de las ciudades estadounidenses para reconstruir buena parte de la historia del país: primero los pueblos indígenas, después holandeses y británicos, luego colonos estadounidenses avanzando hacia el oeste y, atravesándolo todo, dos huellas europeas difíciles de borrar. 

Francia quedó escrita siguiendo los ríos del interior, España, sobre buena parte del oeste y el sur. Así, el mapa de Estados Unidos terminó conservando la memoria de quienes estuvieron allí antes de que muchas de sus fronteras siquiera existieran.

Imagen | Lencer

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