La casa Dymaxion: el hogar para hacer más con menos y al que nunca abandonarías (Tecnologías que fracasaron III)

Richard Buckminster Fuller tardó más de 32 años en ver el sentido de su vida, en comprender qué era lo que realmente quería hacer. Que precisamente él, uno de los visionarios y futuristas más importantes del siglo XX, tardase tanto tiempo en darse cuenta de su “misión” es paradójica y a la vez alentador para el resto de nosotros: aunque aún no esté muy claro, siempre hay tiempo para ponernos en marcha y hacer algo mejor.

A Fuller, en concreto, fueron las desgracias personales las que le mostraron que tenía que descubrir cuánto podía cambiar el mundo un sólo hombre. Con 27 años, murió su hija y, cinco años después, el propio Fuller se quedó sin trabajo y sin dinero.

Tan cerca del abismo, tanteando el suicidio incluso, decidió levantarse y miró las notas con las que, cada día durante 15 minutos, documentaba todas sus ideas. Aquel diario, al que más tarde llamaría el Dymaxion Chronofile, le hizo ver que tenía talento para imaginar un futuro mejor. Y quiso ponerlo en práctica. De sus muchos inventos, la casa Dymaxion es uno de esos que no consiguió perdurar más que en forma de maravilloso proyecto. Es otra tecnología que fracasó.

Dymaxion: tenemos que dejar de desperdiciar el mundo

“La tierra”, decía Fuller, “es como una nave espacial que venía sin manual de instrucciones”. Y él creía que precisamente por lo difícil de pilotar a ciegas, los hombres lo estábamos haciendo mal. Trabajábamos por separado, desperdiciábamos los recursos y las posibilidades de cada material. No veíamos más allá que el presente, lo cual nos convertiría en las víctimas del futuro, en vez de en sus arquitectos.

Fuller, por el contrario, creía en un mañana mejor, casi de un optimismo radical:

“Cuando trabajo en resolver un problema, no puedo pensar en la belleza. Pero cuando he terminado, si la solución no es bella, entonces es que es incorrecta”.

Precisamente, muchas de las soluciones que él consideró bellas (y, por tanto, las correctas) llevaron el nombre de Dymaxion. Pero el término no fue idea suya, sino de un publicista, Waldo Warren.

Hablando con Fuller sobre su idea de cómo sería la casa del futuro, Warren se dio cuenta de que el inventor usaba de manera constante tres palabras: “Dynamic Maximum Tension”. Así, en 1929, nació Dymaxion, que serviría desde entonces como resumen perfecto de lo que Fuller quería conseguir con sus ideas.

La casa Dymaxion

Buckminster Fuller creía que las casas se construían mal. Que se malgastaban materiales, que no se adecuaban a cada uno de los lugares en los que debían estar, que se perdía tiempo en hacerlas. Y que la vida en ellas era también derroche. Nuestros hogares no eran eficientes, ni sostenibles, no estábamos construyendo el mañana, sino que estábamos derrochando el presente.

La casa Dymaxion pretendía ser todo lo contrario: fácil de construir y de montar de manera autónoma, eficiente en lo energético y hasta en la distribución de los espacios. Por fuera, parecería una futurista yurta: como si esa tienda de campaña que usan los nómadas mongoles se hubiese hecho aluminio, ventanas y cúpula.

A Fuller, por ejemplo, le preocupaba especialmente el agua que derrochábamos. Hablamos de un diseño que se pensó entre 1927 y 1929, lo que da la idea de lo avanzado de sus ideas: por aquel entonces, y hasta mucho tiempo después, casi nadie pensaba en términos sostenibles.

Y el inventor, además, no dejaba nada al azar: ahorrar agua no se trataba de apagar el grifo antes, sino de tener un dispositivo que te permitiese ducharte con agua dispersada, en forma de niebla, que te limpiases a diario con sólo una taza de agua.

Además, la casa Dymaxion recogía en un aljibe interior agua de lluvia, que después los inquilinos usarían para lavar los platos o para la lavadora, dos de los principales gastos de un hogar. También los sistemas de aire acondicionado y de calefacción usaban efectos naturales para conseguir más por menos.

El diseño arquitectónico, un anillo hexagonal, también era radical: tomaba ideas de la industria aeronáutica de entonces para trabajar con materiales livianos y usaba diferentes revestimientos de plástico según se necesitase más o menos iluminación. En el punto más alto de la casa, en la zona superior de la cúpula, estarían todos los servicios mecánicos.

Ni ladrillo ni piedra: Fuller quería abandonarlos y hacer una construcción ligera y fácilmente cambiable, que pudiera moverse de sitio si la familia también lo hacía. Nada de cajas de cemento que duran para siempre y pueden quedar abandonadas: la Dymaxion House podría levantarse de nuevo en poco más de un día.

¿Quién vive ahí?

Buckminster Fuller logró convencer a distintas personas para que se convirtieran en socios de su proyecto y, en 1945, construyó dos prototipos. Fuller no quedó contento del todo, quería mejorarla antes de lanzarla al mercado, pero sus socios le presionaban para venderla ya. De hecho, la voz se empezó a correr e incluso Robert A. Heinlen, uno de los escritores de ciencia ficción más importantes de la Historia, decidió comprar una.

Nunca se construyó, como ninguna otra más, por culpa de las desavenencias entre Fuller y sus socios. Sin embargo, una de las casas Dymaxion sí que se usó para vivir, precisamente gracias a que William Graham, ex-socio del inventor, adquirió los prototipos. En uno de ellos estuvo viviendo durante 30 años en Wichita, de manera absolutamente normal.

Ahora, la casa Dymaxion permanece expuesta al público en el museo Henry Ford de Dearborn (Michigan). Fuller inició otros proyectos y, por suerte, sus ideas sobre vida sostenible aún pueden ser mejoradas, pese a que nunca veamos construirse de manera industrial casas Dymaxion.

(Un buen libro dedicado integramente a la Casa Dymaxion, con mucha más información sobre los precedentes que fabricó Fuller antes de los dos prototipos de 1945, es ‘Fuller Houses‘)

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