Hace 150 años que nadie veía un oso pardo en León, Zamora y Ourense. Acaba de volver y ya hay 85 pruebas que lo confirman
A finales de los 80 y los 90, el oso pardo estuvo al borde de la extinción total en España. Eran apenas unas cuantas decenas repartidas por zonas recónditas de la Cordillera Cantábrica y los Pirineos. Hoy son más de 400 y pese a que llevamos casi 40 años recuperando al especie, lo cierto es que no ha dejado de ser polémico ni un solo instante en todo ese tiempo.
Una polémica que, poco a poco, se extiende por el país.
Un ausencia de 150 años. En las comarcas de La Cabrera, de Sanabria o la Carballeda e incluso en zonas limítrofes de Ourense, hacía más de un siglo y medio que nadie veía un oso pardo. Sin embargo, un nuevo estudio han documentado hasta 85 pruebas de que ha vuelto a la región.
Son observaciones directas, huellas verificadas, daños en colmenas, fototrampas y testimonios. Da igual, pese al tamaño de esos bicho identificarlos es complicado. Lo interesante es que, como señalaba otro estudio, el oso se ha expandido hasta 17.000 km2.
Pero... ¿cómo lo hicimos? Hay tres piezas clave del sistema: se hicieron grandes esfuerzos por evitar la caza furtiva, se protegió su hábitat natural y se reintrodujeron osos eslovenos para reponer las poblaciones. En los Pirineos, de hecho, la línea autóctona acabó por desaparecer (aunque, en 2025, se registró el primer osezno autóctono nacido en la cordillera en más de 50 años).
Una pregunta aún más importante: ¿por qué lo estamos haciendo? Es decir, para qué nos sirve un oso pardo y por qué queremos reintroducirlo. Pues bien, según los expertos, el so pardo tiene varias funciones de importancia en el mantenimiento de sus ecosistemas.
Para empezar, son dispersores de semillas de frutos carnosos (algo muy beneficioso para la masa forestal), controlan las poblaciones de herbívoros, limpian el monte de cuerpos como carroñero y es un bioindicador de la calidad del ecosistema. El oso está en la cúspide de la cadena trófica: su presencia mejora los ecosistemas, los gestiona, los mantiene.
Pero, genera problemas... ¿no es así? Eso dice la ganadería. Según los datos del Pirineo Aragonés, en 2024 hubo 33 ataques confirmados (29 en Ansó y 4 en Hecho). El resultado, fueron 44 ovejas y 2 cabras muertas.
La disputa es que, según los ganaderos, las compensaciones (22.431 euros en 2024) son insuficientes. Para ellos, no solo hay que computar las muertes, sino los abortos por estrés, las desapariciones y la caída en la producción. Es decir, lo que defienden es que parte de los costos de la reintroducción del oso lo están pagando ellos.
El asunto, a medida que su presencia se consolida, los intereses de los ganaderos dejan de ser los únicos. Poco a poco, las regiones oseras están atrayendo turismo de fauna que también genera dinero. Mucho. En el Val d'Aran, ya se habla hasta de masificación.
Al final, el problema siempre es el mismo: ¿estamos dispuestos a pagar el coste de convivir con la naturaleza que decimos querer salvar? Queramos o no, los accidentes de las granjas del Pirineo y las replantaciones masivas (hasta 150.000 árboles) de la Cordillera Cantábrica son dos caras de la misma moneda.
No basta con lanzarla al aire y esperar a ver qué pasa.
Imagen | Zdeněk Macháček
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