
Francia tiene que aprender que hay muchas cosas que cambiar y tiene que hacerlo más rápido de lo que parece dispuesta a hacerlo
Los campos de girasoles, los acantilados blancos, los agradables paseos a media mañana por jardines en plena floración, tardes infinitas. Tradicionalmente, Normandía en verano se ha considerado una auténtica maravilla. Claro que 'tradicionalmente' el récord de temperaturas del aeropuerto de Caen eran 35,2 grados en junio.
En 2026, ese mismo termómetro marcó 40,8 grados.
Europa se puso nerviosa, pero no mucho. De la misma forma que todos sabíamos que lo que estaba ocurriendo entraba dentro de lo posible, todos esperábamos que fuera un hecho aislado. No sabíamos todo lo que nos equivocábamos.
Pero Francia está empezando a darse cuenta. En realidad, el país galo ya había superado la barrera psicológica de los 40 grados. Los primeros registros son de los años 50 en Mont-de-Marsan y el récord nacional data de 2019 cuando se alcanzaron los 46 en Vérargues (Hérault), cerca de Montpelier.
De hecho, en 2003, una ola de calor mató a unas 15.000 personas. No necesitan que nadie les explique lo que es el calor. Lo que necesitan que alguien les explique el mundo en que las temperaturas extremas estaban recluidas al valle del Ródano y el Languedoc ha pasado.
Están en la quinta ola de calor del año y todo parece apuntar a que están viviendo el agosto más cálido jamás registrado.
Pero ¿qué está pasando? En los últimos meses lo hemos explciado en varias ocasiones: no es casualidad que las temperaturas más altas de España se den sistemáticamente en los grandes valles del Guadalquivir al Ebro. La combinación de aire caliente, volumen menor y falta de ventilación hace que estas zoans se conviertan en sartenes.
El problema de Francia es que casi todo su territorio es así: una enorme planicie que está a punto de saber lo que se siente en Écija en verano.
Y, claro, esto tiene consecuencias. El 9 de agosto, por poner un ejemplo, el 15,6% de la potencia nuclaer francesa estaba fuera de juego por restricciones medioambientales. EDF ya ha reconocido que las centrales francesas están diseñadas para ríos que están dejando de existir y que se necesitarán en torno a 8.700 millones de euros para adaptarlas.
Consecuencias también para la salud. Durante décadas, en España ha muerto más gente por el calor que en Francia. Las 6.743 muertes españolas frente a las 2.451 de 2024 se traducen en unas cuatro veces más por millón. Este año eso ha dejado de ser así: solo en junio, Francia registró más de 2.766 muertes en exceso frente a las 1.033 de España.
Y, pese a todo, la temperatura es lo de menos. Lo importante, como hemos aprendido en España por las malas, es comprender que la temperatura no es solo una incomodidad: es una presión constante que hace obsoletas nuestra formas de vida actuales. Adaptarnos es más que climatizar las casas, es darle la vuelta a la forma en la que administramos nuestras comarcas.
Imagen | Meteociel
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