
Porque el lodo llevaba siglos haciendo un trabajo que también estábamos deshaciendo
Es posible que si piensas en los grandes almacenes naturales de carbono tu mirada se vaya a las selvas. Sin embargo, en las costas tropicales existe otro mucho menos visible: los manglares acumulan enormes cantidades de carbono y guardan buena parte de ellas bajo sus raíces, atrapadas en capas de lodo anegadas durante siglos. El problema es que durante décadas países de todo el mundo han eliminado estos bosques para levantar piscifactorías, arrozales o plantaciones sin que desaparecieran únicamente los árboles.
Alterando sus suelos, han movilizado lo que permanecía enterrado debajo.
Aprendiendo a vivir bajo agua salada. Los manglares ocupan esa incómoda frontera en la que la tierra se convierte en mar. Sus raíces sobresalen del agua, soportan las inundaciones provocadas por las mareas dos veces al día y permiten a los árboles sobrevivir en unas condiciones de salinidad que matarían a buena parte de las plantas terrestres.
Es precisamente esa combinación de agua, raíces y sedimentos la que convierte estos bosques en ecosistemas extraordinarios: sirven como criaderos para peces, amortiguan las grandes olas, frenan la erosión de las costas y filtran sedimentos y contaminantes antes de que alcancen el océano.
El secreto no estaba en los árboles, sino debajo de ellos. Los manglares son también uno de los principales depósitos de lo que conocemos como carbono azul, el carbono capturado por ecosistemas costeros como marismas, praderas marinas y los propios manglares. Hectárea por hectárea pueden almacenar varias veces más carbono que los bosques terrestres, pero la clave es dónde lo hacen.
Las mareas depositan sedimentos entre sus raíces, las hojas y otra materia orgánica quedan enterradas y los suelos permanentemente húmedos (y pobres en oxígeno) ralentizan enormemente su descomposición. Así, capa a capa, el resultado es una especie de barro oscuro y rico en materia orgánica que puede alcanzar varios metros de espesor y mantener carbono encerrado durante siglos o incluso milenios.
Estábamos ignorando la caja fuerte. Porque un estudio global publicado en 2018 calculó que los manglares contenían alrededor de 4.200 millones de toneladas de carbono: unos 1.200 millones estaban en la vegetación y aproximadamente 3.000 millones, hasta un metro de profundidad, permanecían bajo tierra. Otra investigación de aquel mismo año elevó considerablemente la estimación del carbono contenido únicamente en los suelos, hasta unos 6.400 millones de toneladas en 2000.
Las diferencias dependen de las metodologías y profundidades empleadas, pero ambas investigaciones apuntaban en la misma dirección: la mayor parte del tesoro climático de un manglar no es aquello que podemos ver desde la superficie, sino aquello que sus raíces llevan acumulando bajo nuestros pies.
Arrancar los árboles y remover lo que había debajo. La humanidad lleva décadas eliminando manglares para aprovechar precisamente los lugares donde crecen. Se han talado para construir explotaciones de camarón y otras instalaciones de acuicultura, obtener madera, cultivar arroz o transformar terrenos costeros en plantaciones de palma aceitera. Cuando el manglar permanece intacto, sus suelos anegados funcionan como depósitos de carbono a largo plazo, y cuando desaparece y el terreno es drenado, excavado o transformado, parte de esa materia orgánica queda expuesta a nuevas condiciones. Incluso puede descomponerse y terminar liberándose como CO2.
Destruir el bosque, por tanto, no supone simplemente perder la capacidad de los árboles para capturar carbono en el futuro: también puede empezar a abrir el almacén que generaciones anteriores de manglares habían construido debajo.
Entre 2000 y 2012 desapareció un 2% del almacén. Las imágenes por satélite permitieron poner cifras a esa transformación. Entre los años 2000 y 2012 la superficie mundial de manglares se redujo aproximadamente un 2% y con ella desaparecieron hasta 86 millones de toneladas de carbono almacenado, equivalentes a unos 320 millones de toneladas de CO2.
Los investigadores calcularon que la deforestación de manglares estaba asociada a alrededor de 24 millones de toneladas de CO2 anuales, para que ons hagamos una idea, aproximadamente las emisiones que tenía entonces Myanmar en un año. Otro estudio estimó que entre 2000 y 2015 la pérdida de manglares pudo provocar la desaparición de entre 30 y 122 millones de toneladas de carbono almacenado solamente en sus suelos.
Tres países concentraron buena parte de la factura. Porque el fenómeno no se distribuyó por igual. Indonesia, Brasil, Malasia y Papúa Nueva Guinea reunían aproximadamente la mitad del carbono almacenado en los manglares del planeta, mientras que el Sudeste Asiático se convirtió en uno de los grandes puntos calientes de su desaparición.
Según una de las estimaciones de 2018, más del 75% de las emisiones de carbono del suelo asociadas a la pérdida de manglares entre 2000 y 2015 procedieron únicamente de Indonesia, Malasia y Myanmar. En Indonesia, detener la deforestación de estos bosques podría reducir entre un 10% y un 31% las emisiones del país relacionadas con el uso de la tierra, una dimensión sorprendente para un ecosistema que ocupa una fracción diminuta de su territorio.
El Sudeste Asiático y un problema. La región conserva unos 4,7 millones de hectáreas, aproximadamente un tercio de todos los manglares del mundo, pero las mismas fuerzas que destruyeron los del pasado continúan presionándolos. Una investigación publicada en 2025 calculó que 1,8 millones de hectáreas consideradas potencialmente aptas para proyectos de carbono azul (el 85% de esa superficie susceptible de inversión) podrían enfrentarse durante los próximos 25 años a riesgos derivados de la expansión de la acuicultura, la palma aceitera y el arroz, además de ciclones y aumento del nivel del mar.
Indonesia, Camboya y Filipinas aparecen entre los principales puntos calientes futuros, mientras países como Malasia, Papúa Nueva Guinea y Myanmar mantienen formalmente protegido menos del 5% de sus manglares.
Arrancar no libera siglos de carbono. Pero puede abrir la puerta. Hay un matiz fundamental: talar un árbol no provoca que todo el carbono almacenado varios metros bajo él salga inmediatamente disparado hacia la atmósfera. Cuánto termina liberándose depende de la profundidad afectada, de cómo se transforme posteriormente el terreno y de las condiciones del suelo, y por eso las estimaciones varían considerablemente entre estudios.
Pero el principio que ha cambiado nuestra forma de mirar estos bosques es ahora mucho más sólido: conservar un manglar significa proteger simultáneamente los árboles que siguen capturando carbono y un depósito subterráneo construido durante periodos enormemente largos. Durante décadas arrancamos de muchas costas esos extraños árboles que crecen con las raíces sumergidas en agua salada… y solo después empezamos a comprender que, debajo de ellos, el lodo llevaba siglos haciendo un trabajo que también estábamos deshaciendo.
Imagen | SP, Putra Mahanaim Tampubolon, James St. John
En Xataka | En 1979, un hombre decidió plantar árboles cada día para frenar la erosión. Hoy tiene un bosque gigantesco
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