A mediados de los 80, las malvasías cabeciblancas estaban a punto de desaparecer de la península. Entonces, el gobierno tuvo una idea: francotiradores

Oxyura Leucocephala Clot De Galvany Alicante 1

Y, sorprendentemente, funcionó

Javier Jiménez

Editor Senior - Ciencia

A mediados de los 80, solo había 22 malvasías cabeciblancas en toda la península ibérica. La situación era tan dramática que en 1984 las autoridades decidieron tomar medidas drásticas para salvarla: matar a otro pato. 

"La mejor erradicación (venía a decir el Ministerio mientras financiaba cazadores por todo el país) es la que nunca llega a hacer falta".

Quién paga el pato. La malvasía canela, ese "otro pato", era una especie norteamericana que se había afincado en el norte de Europa después de escaparse de las colecciones británicas de aves acuáticas que lo habían importado al continente. Poco a poco, siguiendo las rutas migratorias, había empezado a llegar a España. 

El primer avistamiento en nuestro país fue en 1983 en el delta del Ebro y lo cierto es que no parecía una amenaza. No era una especie agresiva, no se trataba de una plaga terrorífica: era un pato en un humedal con muchos patos más.

Y, sin embargo, era un problema. Muy rápidamente mezclarse con las cabeciblancas y la amenaza de dilución genética se convirtió en algo muy serio. Los híbridos estaban en la laguna cordobesa de El Rincón en 1991 y ese, precisamente ese, era el problema: la canela no se iba a comer a la cabeciblanca, pero sí que iba a mezclarse con ella hasta hacerla desaparecer como especie diferenciada.

Ahí fuimos rápidos. De hecho, la respuesta española fue anterior a la aparición de los híbridos. Desde 1984, canela que se veía, canela que se abatía o se retiraba. Entre ese año y 2011 se sacaron de los humedales españoles 186 malvasías canelas puras y 69 híbridos. 

Funcionó muy bien y hasta el Consejo de Europa nos pone como ejemplo, pero la estrategia tenía un límite claro: mientras Inglaterra siguiera criando miles de canelas, en España solo estaríamos retrasando lo inevitable. No hay cazadores en el país como para frenar ese tipo de presión migratoria.

Por suerte, Inglaterra entró en razón. En 2005, el Reino Unido puso en marcha un programa de erradicación de la malvasía canela y cinco años después la población había pasado de 4.400 aves a 200 adultos. El resto de Europa también se puso manos a la obra.

Y el esfuerzo coordinado dio sus frutos. Para 2023 apenas quedaban unas 200 malvasías canelas en toda Europa: unas 110 en Países Bajos, unas 30 en Alemania, otras 30 en Francia, unas 15 en Reino Unido y unas 10 en Bélgica. 

En España, entre 2019 y 2023, se abatió un ejemplar y se observó otro. Este último, un macho visto en abril de 2022, se marchó antes de que diera tiempo a hacer nada.

Un manual de instrucciones. En definitiva eso es lo que es esta historia: un manual de instrucciones sobre cómo atajar la entrada de especies invasoras. Desde 2019, solo hemos sido capaces de vencer a una sola especie de este tipo (la rana toro en el Ebro) y hay un motivo: es muy difícil. 

La malvasía canela nos da esperanzas, pero hay que tomarlo en serio. Algo que ahora solo hacemos muy de vez en cuando. 

Imagen | Ferran Pestaña

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