En tiempos atomizados, la generación Z española está encontrando un extraño refugio en 'Los Serrano' y 'Aquí no hay quien viva'

Los Serrano 1

La accesibilidad, la certidumbre, la nostalgia de lo no vivido y las tramas sencillas y familiares de las series de los 2000 funcionan años después de su emisión

Lara Ben-Ameur

Colaborador

“Qué ganas del puente y terminar la temporada de Los Serrano” me reconoció una alumna de 15 años a la que di clase recientemente. Si, 15 años. Posiblemente la combinación de esa frase y esa idea nos produzca un cortocircuito: hablamos de una serie que terminó en 2008; cuando ella ni había empezado el parvulario. No pude contenerme y como alguien que sí creció con Diego Serrano, la escobilla y el boom por Fran Perea, tuve que preguntarle de dónde había salido esa pasión.

Llegó a través de clips en TikTok. 

Ese contenido de pocos minutos y fragmentos sueltos descontextualizados no fueron suficiente, y convirtieron algo que empezaba como una simple curiosidad en una auténtica maratón para conocer en detalle qué ocurrió con Eva y Marcos, los hermanastros más famosos de la tele de los 2000. Una ficción tan icónica como esa, pero para la generación X y más especialmente la millennial, había encontrado en la Generación Z a su nuevo público de cabecera.

Me sorprendió, claro, pero la idea se quedó en el fondo de mi cabeza, como una cuestión puntual a la que no darle más importancia. Como cuando tu amiga te cuenta que está embarazada y de repente empiezas a fijarte en la gente por la calle y descubres algo que casi podríamos catalogar de epidemia bebé; al poco tiempo otra alumna adolescente, a la que llamaremos Victoria, me muestra la tarea pendiente en su tablet. Entre verbos irregulares y vocabulary por aprender, me fijo en el fondo de pantalla: nada menos que de ‘Santa Justa Klan’, el grupo ficticio (y no tan ficticio) que se formó en ‘Los Serrano’.

Llegado este punto, yo ya estaba modo ‘Gambito de Dama’, proyectando teorías en el techo sobre algo tan extraño de comprender y que además estaba viendo por todas partes. 

Mismamente hace unas semanas, en la mesa de al lado en un restaurante, un grupo de universitarias revela en su charla que esto no va sólo de ‘Los Serrano’. Hasta cierto punto, declararse fan de ‘Aquí no hay quien viva’ es entendible con el hilo conductor que tiene con una serie ya veterana, pero aún en emisión, como ‘La que se avecina’. El asunto es que empiezan a citar ‘El internado’, ‘Física o Química’, ‘El barco’ o ‘Los hombres de Paco’, debatiendo con pasión sobre cómo el revival de Prime Video de la primera no tiene ni un ápice de la calidad de la original.

De nuevo, no pude contenerme, y les asalté con mis dudas acerca de cómo habían llegado a estas ficciones tan propias de mi generación y no tanto de la suya. El mismo patrón: descubrimiento en redes sociales, posibilidad de ver todas las temporadas en plataformas o incluso a través de esos fragmentos, y la cámara de eco que se crea en clases y grupos de amigos. Ese efecto fenómeno semana a semana que apenas hemos visto desde ‘Juego de Tronos', se está consiguiendo de forma orgánica en las clases de media España.

Algunos actores tienen vigencia en la actualidad, y aunque es complicado pensar que toda la juventud  ha llegado a ‘El Barco’ mirando el IMDb de Mario Casas o a ‘El Internado’ haciendo lo propio con Ana de Armas, podría llegar a tener sentido en ciertos casos. Nada de eso: es la propia serie la que engancha tantos años después. Así lo reconoce Catalina, una de estas chicas: “Estoy terminando El Internado; cuando lo haga pienso decirle a mi hermana pequeña que la empiece”.

El contraste generacional es más que evidente, y la frase lapidaria que descoloca a toda una generación millennial que, como yo, ha crecido con ‘A tres metros sobre sobre el cielo’ y ‘SMS sin miedo a soñar’ la pronuncia Sara, a quien sus amigas le estaban recomendando encarecidamente ‘El Barco’: “Ah, ¿pero Mario Casas salía ahí? No tenía ni idea”.

Del meme al maratón

El furor por la historia de Lucas y Sara de ‘Los hombres de Paco’ o las teorías descabelladas que despertaba ‘El Internado’ ahora no comienzan en la televisión, esperando semana a semana un nuevo capítulo. Más bien ocurre lo contrario; como casi todo en los últimos años, todo empieza con el móvil. 

Si antes veías una serie y después era cuando empezaba el festival del meme en redes, ahora el recorrido es a la inversa, del meme se pasa a la televisión. Y quien dice meme dice fancams o fragmentos de entrevistas que despiertan el interés por aquellas ficciones dosmileras. “Empecé a ver la historia de Teté y Guille por partes en TikTok y ya no pude parar”, me recordaba una de mis alumnas. Así que, el clip abre la puerta y la serie hace el resto, convirtiéndose casi en un trailer involuntario. 

Y, realmente, este formato fragmentado e instantáneo va muy acorde con el modelo de consumo actual. Todo tiene que ser rápido, que capte tu atención en los primeros segundos y te anime a consumir algo, del carácter que sea. Así que no es casualidad que el algoritmo funcione como un perfecto programador cultural para la generación Z, una herramienta que prioriza la alta carga emocional o humorística tiene en el drama amoroso de Lucas y Sara o en las frases de Belén a su mayor aliado. 

Este resurgir plantea una paradoja muy curiosa: en plena era del consumo rápido, estos jóvenes vuelven a series largas, corales y pensadas para ver sin ninguna prisa. Hablamos además de ficciones que consiguieron cifras de audiencia impensables en la televisión actual (‘Aquí no hay quien viva’ o’ Los Serrano’ alcanzaron 7.000.000 de espectadores), así que todo el mérito de su revival no puede recaer en las redes sociales o en la viralidad de ciertos clips. En un mar de plataformas y contenido a la carta, disponible a cualquier hora, algo único y especial debe tener ese imaginario televisivo de los 2000.

Una de las claves probablemente sea la identificación con los personajes. Incluso hoy, muchos universitarios de la generación Z encuentran en Belén o Emilio de ‘Aquí no hay quien viva’ ese reflejo de la precariedad laboral y vital, una cotidianidad muy tangible. 

Si para los millennial, especialmente para las mujeres, se convirtió en lema generacional y carne de meme ese famoso "tengo veintisiete años, no tengo dinero ni perspectivas de futuro, ya soy una carga para mis padres y tengo miedo” de la adaptación de 'Orgullo y Prejuicio' (2005), para ellos ese espejo emocional puede ser perfectamente el "No tengo trabajo, no tengo casa, no tengo novio, no tengo nada" de Belén. 

Algo parecido ocurre con las relaciones personales. Los conflictos familiares, las historias de amor imposibles y tortuosas y los vínculos caóticos que atravesaban estas series siguen siendo más que reconocibles para cualquier nueva generación. Eso sí, hay tramas que en las series de hoy en día sería imposible plantearlas del mismo modo, o, al menos, no se romantizarían de esa manera. Véase como ejemplo la relación de Lucas y Sara en ‘Los Hombres de Paco' , una historia de amor con una gran diferencia de edad, que en los 2000 funcionó como un romance icónico y que ahora veríamos con mucha más reticencia. 

La certidumbre de las series

En un mundo de incertidumbre, otro de los factores que reconfortan a la generación Z es que ya están completas; sin capítulos sorpresa ni temporadas por las que esperar dos años y, lo más importante, no hay miedo a una cancelación repentina. Tener una serie de cabecera esperándote y saber que ya tiene un final parece aliviar parte de esa ansiedad asociada al consumo actual. 

Otro elemento que juega a favor es una forma de nostalgia muy particular: la que se genera hacia lo no vivido. El auge de lo vintage no solo se extiende en el mundo de la ropa o de la tecnología, también atraviesa el audiovisual. Y aquí ocurre algo curioso, la nostalgia ya no funciona únicamente como el deseo de vivir una experiencia propia. La mayoría de la generación Z ni siquiera vivió el boom original de estas series, pero aún así siente fascinación por ese aura dosmilera.

Un clásico.

Así que a través de su consumo en plataformas o redes sociales estas series se han convertido en una especie de recuerdo compartido de una época que no han vivido pero que sí perciben como cercana. Además esto entra en directa relación con esa búsqueda de una generación por lo colectivo, de alejarse de esa individualidad y huir de la soledad.

Tenemos a unos jóvenes que han crecido con un consumo muchísimo más individualizado y catálogos infinitos donde pocas personas coinciden en su watchlist. Ese sentimiento de comunidad, de cultura colectiva donde todo el mundo veía lo mismo y al día siguiente comentabas el episodio semanal es algo más desconocido para ellos y que quieren conquistar. Estas ficciones vuelven a ser un punto de encuentro generacional. 

Sumado a esto, son ficciones cómodas de ver. Tramas relativamente previsibles, personajes familiares y cliffhangers para nada equiparables a los de ‘Juego de Tronos’. Incluso dentro del delirio narrativo  que suponían algunos episodios de ‘Los Hombres de Paco’, siempre predominaba el tono ligero y humorístico aportándonos esa sensación reconfortante. Y ahora, además, cualquier tensión tiene solución inmediata: “Ver siguiente episodio”

Lo más llamativo es que rompemos por completo la narrativa y lógica generacional. Los millennials crecimos con las series de nuestra época, pero desde luego no desarrollamos una fascinación masiva por las ficciones que marcaron a nuestros padres. Se podrían contar con los dedos de una mano los adolescentes que en 2008 hacían maratón de ‘Medico de familia’ o debatían en su grupo de amigos sobre personajes o tramas de ‘Farmacia de guardia’.

Seguían teniendo ese espíritu de “televisión ya pasada”. Todo lo contrario ocurre con la generación Z, ya que esas series de los 2000 no las perciben como antiguas o ajenas, sino que es un imaginario cultural vivo completamente inesperado.

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