Letterboxd era una de las últimas plataformas "limpias" y centradas en su comunidad. Ahora el miedo es que eso se termine
Letterboxd lleva años siendo la excepción que confirma la regla en el salvaje panorama de las redes sociales: es una que crece sin sacrificar a su comunidad, sin optimizar el tiempo de pantalla pisoteando la calidad de la experiencia de sus usuarios, sin la búsqueda a toda costa de contenido viral. Ahora, la empresa canadiense que controla el 60% de la plataforma busca comprador, y se abre un interrogante que tiene las patas muy cortas, porque ya nos tememos las cositas que se vienen.
De dónde procede. Letterboxd nació en 2011 en Auckland, Nueva Zelanda, de la mano de Matthew Buchanan y Karl von Randow. Funcionaba como un diario digital donde los aficionados al cine podían registrar lo que veían, puntuarlo y compartirlo con quienes quisieran. Sin feeds algorítmicos (no hay mucho doomscroll en Letterboxd), sin contenido viral de desconocidos, sin (demasiada) publicidad intrusiva. Solo películas, opiniones y la formación de una comunidad aliviada por poder salir del asfixiante mundo de las trends, los hashtags y los influencers.
El crecimiento. Durante casi una década fue una herramienta de nicho, pero con la pandemia, Letterboxd pasó de 1,8 millones de usuarios en 2020 a 17 millones en 2024. Ese año se escribieron cerca de 100 millones de reseñas. En 2026 ha alcanzado los 26 millones de miembros. Todo ese crecimiento ha ocurrido sin que el feed principal dejara de ser cronológico, más parecido a una encarnación clásica de Facebook de 2006 que a cualquier red social actual. Pronto fue conocida en la industria. A24 citó explícitamente a Letterboxd al hablar del fuerte debut en salas 'El brutalista' y directores como Michael Mann, Rian Johnson o Francis Ford Coppola acabaron usando la plataforma como espacio genuíno para hablar de sus gustos cinéfilos.
Llega Tiny. En septiembre de 2023, la canadiense Tiny (inversora dueña de marcas muy dispares, como el fabricante de cafeteras AeroPress) adquirió el 60% de Letterboxd por entre 50 y 60 millones de dólares. Los fundadores conservaron participación minoritaria y continuaron al frente, y se prometió a los usuarios independencia y respeto a lo que había hecho crecer la plataforma, algo que a grandes rasgos se cumplió. Apareció algo más de publicidad, un servicio de alquiler de películas de difícil acceso y poco más.
Se va Tiny. Ahora, Tiny quiere salir. La compañía ha contactado con posibles compradores: Versant, matriz de CNBC y MS NOW, y The Ankler, medio especializado con el que ya intentó una operación en 2025 que no prosperó. El motivo es que las acciones de Tiny han caído desde la adquisición de Letterboxd. Además, la plataforma fue comprada a través de su fondo de capital riesgo. señal de que Tiny siempre planificó un cambio de manos rápido.
El precedente Goodreads. Es un caso parecido en términos de comunidad, función y tamaño: Goodreads es el equivalente literario de Letterboxd, y acabó siendo adquirida por Amazon en 2013, mientras también prometía no pifiar la experiencia de uso de la plataforma. Hoy se sabe que Amazon la usa para recoger datos de los usuarios y es cierto que apenas la ha tocado. Pero eso tiene su repercusión negativa: el diseño es prácticamente inusable hoy, la moderación no existe y los usuarios están empezando a migrar a alternativas como The StoryGraph.
El miedo a la mierdificación. A estas alturas ya sabemos perfectamente a qué alude el término, que tienen categoría casi académica: la enshittification, acuñada por Cory Doctorow, sucede cuando las plataformas comienzan ofreciendo una buena experiencia de uso para atraer usuarios, luego los explotan para atraer clientes con dinero que inviertan en el negocio y finalmente explotan también a esos clientes para maximizar beneficios a corto plazo. Letterboxd ha vivido ajena a ese ciclo más tiempo de lo que lo consiguieron sus rivales. Pero cada amenaza de nuevo propietario vuelve a disparar las alarmas.
La inframonetización. Letterboxd está claramente inframonetizada en comparación con sus competidores. Su generoso tier gratuito permite usar la plataforma casi con las mismas características que la opción de pago y la publicidad permanece asombrosamente limitada, sin invadir el uso cotidiano, como sí sucede en X o Instagram. Y prueban cosas: entrevistas a actores y directores sobre sus películas preferidas, servicio de alquiler de películas poco conocidas, eventos presenciales... todo ello a pequeñísima escala, casi más como una forma de difundir la marca en espacios reducidos que como una forma abierta de monetización.
Es decir, hay potencial de crecimiento, y es lo que podría interesar a un comprador. Precisamente eso es lo que genera inquietud entre su comunidad: activar esas opciones con demasiada agresividad puede destruir el valor de genuina cinefilia que reside tras ellas. Los de Letterboxd son usuarios muy activos y sensibilizados, y no hay que olvidar casos como el de Mubi, cuya base de usuarios canceló suscripciones en masa tras conocerse los vínculos de uno de sus inversores con la guerra de Gaza.
Derecho a veto. Hay un botón de seguridad que puede impedir que acuda a comprar Letterboxd una compañía con intereses ajenos a sus suscriptores: Buchanan conserva derechos de veto sobre cualquier comprador potencial, una condición que existe abiertamente para preservar el espíritu original de la plataforma. Su alcance efectivo, por supuesto, dependerá de cuánto esté dispuesto el dueño original a ejercerla y de qué precio tenga ese veto en la negociación final.
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