Solo te preocupa la privacidad para replicar el viral y por eso Ello no triunfará

Las redes sociales se han convertido, para muchos, en una ventana de lo que hacemos a diario: qué hacemos, qué pensamos, con quién y dónde estamos… Esto ha generado muchos debates sobre la privacidad y la responsabilidad que tienen estas plataformas con el uso de nuestra información. Es un tema que ha estado siempre presente y para algunos servicios se ha convertido en el reclamo para que demos el salto de Facebook y Twitter a otros lugares “más privados”.

Eventualmente surgen, casi como si fuera un ciclo, redes sociales que velan por nuestra privacidad. La última ha sido Ello (en Genbeta la han analizado) y su promesa de una plataforma más segura para el usuario y donde nuestros datos no están a la merced de terceros. Ha llegado con fuerza pero el historial de fracasos de servicios basados en la privacidad como punto central nos demuestra que tiene todas las de convertirse en un fracaso.

La privacidad no parece importar tanto

Año 2010, aparece Diaspora. Una red social que nace con las discusiones sobre la privacidad en internet en uno de sus momentos más álgidos. Sus creadores nos prometen un lugar seguro en el que compartir nuestra vida con la gente de confianza y sin tener que preocuparnos de miradas ajenas a través de servicios de escucha o el uso de esta información para data mining comercial.

Fue un fenómeno viral: todo el mundo hablaba de ella y de sus bondades. Un círculo muy exclusivo y seguro. La idea sonaba bien. Sin embargo la realidad fue muy diferente ¿quién usa Diaspora a día de hoy? ¿a alguien le resulta relevante a día de hoy? No, una vez pasó el boom, (en 2012) fue perdiendo interés, y eso que detrás de este proyecto hay una historia bastante negra con el suicidio de uno de sus creadores.

En Marzo de 2014, Diaspora tenía un millón de usuarios. No especifican si son el total de la base de datos o bien los que tienen activos cada mes. Teniendo en cuenta este detalle, cabe pensar que es la cantidad bruta de cuentas que tienen registradas. A pesar de la actualidad y lo que ocurre en el mundo, su presencia es casi invisible.

Whisper nació en 2012 con un gran foco en la privacidad, siguen adelante y tienen una buena base de usuarios pero al ser una red completamente anónima el contenido que muchas veces se pone resulta irrelevante y podría ser categorizado como chascarrillo. En esa línea tenemos también a la infame Secrets como sumidero de odio desde el privilegio del anonimato, aunque ya se vio en su día que no es precisamente una red social segura.

Otro buen ejemplo, y de alcance nacional, es Spotbros. Un servicio que empezó a posicionarse como una herramienta de comunicación privada y segura a raíz del 15M pero que al ver que no triunfaba ha ido mutando a una especie de competidor de Whatsapp donde se mantenía la seguridad pero no era el principal reclamo. Intentaron aprovechar el momento, pero hasta ahora su existencia no ha sido muy relevante.

Cada vez que ocurre un escándalo relacionado con la privacidad y las filtraciones de información (recordemos las escuchas de la NSA o el celebgate) parece que los usuarios nos vamos volviendo un poco más conscientes de nuestra privacidad. Digo parece porque la realidad es que a pesar de estas noticias el gran grueso de consumidores sigue con los mismos hábitos.

Sabemos que las redes sociales que usamos a diario usan nuestros datos, somos conscientes de que no son las más seguras pero a pesar de eso seguimos en Facebook, Twitter y Google +, si es que hay gente allí. En cambio, hay algo que nos chifla: subirnos al carro del hype y la viralidad para promover servicios.

El tren sin frenos del hype

Gracias a las caídas en los servidores de Whatsapp, y sus pocas medidas de seguridad, se dispara el interés por Telegram. Una aplicación que hace algunas cosas mejor que la compañía adquirida por Whatsapp (multiplataforma, envío de todo tipo de archivos…) y que además nos vendió un plus de privacidad: conversaciones que se podían eliminar de forma segura. Además había una capa de encriptación más sólida para evitar que se accediera tan fácilmente al contenido.

Subió como la espuma y aunque ha venido para quedarse, su presencia es pequeña (35 millones de usuarios activos) si la comparamos con gigantes como Whatsapp (600 millones) o WeChat (438). La realidad es que hay un montón de gente a la que la falta de medidas de seguridad y privacidad de Whatsapp no le importa en absoluto.

Más curioso es el caso de Snapchat (100 millones de usuarios activos al mes) una aplicación que nos permite enviar fotos de forma “segura” y sin que la otra persona pueda guardarlas. Grave error, ya se ha demostrado que tiene fallos de seguridad y, en fin, que los smartphones tienen una magnífica combinación de botones muy ágil para hacer capturas de pantalla.

De hecho, a pesar de las muchas advertencias con los fallos de seguridad de esta aplicación, recientemente hemos sabido de la existencia de una filtración de 100.000 desnudos amateur gracias a un servicio a terceros. Un grupo de personas ha ido recopilando el material y, dicen, ya está circulando por la red. Snapchat seguirá siendo una aplicación de moda pero que esto suceda es muy grave.

Privacidad vs servicios: todo tiene un precio

Llegados a este punto es hora de resolver una pregunta clave ¿Por qué seguimos usando redes sociales poco seguras? Si abordamos el problema desde una perspectiva técnica, resolver todos los fallos y agujeros no es una tarea fácil. Muchos afirman que resulta imposible crear una plataforma segura e incluso cuando se detectan los fallos, no siempre son fáciles de arreglar.

Desde una perspectiva más social hay que destacar dos elementos. Por un lado la falta de información (y educación) que tienen los usuarios de estas plataformas. A pesar de que aparecen noticias de este tipo, parece que el mensaje no cala y seguimos aceptando utilizarlas. En Corea del Sur, por ejemplo, hace poco nos dieron un ejemplo de cómo se podía romper esa dinámica y optar por servicios más seguros.

Por otro lado tenemos un pilar más pragmático. ¿Merece la pena renunciar a esa privacidad y dejar nuestra información para usos comerciales a través de terceros? La respuesta para muchos es sí. Aceptamos estar en sitios como Facebook a pesar de que sabemos que se venden nuestros datos para ofrecer publicidad.

No hay nada de malo en ello si tenemos en cuenta que estos servicios son de acceso gratuito. Las grandes redes sociales hacen dinero con nuestros datos y no nos importa renunciar a esa privacidad. Ojo: esto no significa que no deban velar por nuestra seguridad pero la realidad es que las redes no centralizadas focalizadas tienen un problema: son difíciles de rentabilizar.

Si Ello no vende publicidad ¿cómo van a mantener su negocio? Podrán recurrir a suscripciones de pago pero ¿os acordáis de App.net? Sí, aquella alternativa a Twitter que supuestamente iba a ofrecer un servicio más seguro y de calidad. Era de pago y aunque sus promesas sonaban bien, han tenido que apretarse mucho para seguir adelante.

Demostrado que la privacidad y la seguridad no nos importa tanto como parece queda hacerse una pregunta ¿por qué nos gusta viralizar estos servicios y alimentar la promoción para luego abandonarlo y olvidarnos de ello? En mi opinión la clave está en que queremos ser parte del próximo fenómeno.

Estar allí antes que nadie, queremos ser pioneros para decir que hemos llegado ahí los primeros, como si fuéramos una especie de colonizadores en busca de la tierra prometida. Nos lo podemos permitir por algo muy sencillo: no tiene ningún gasto. Solo necesitamos un registro de cinco minutos y poco más, nadie nos obliga a usarla luego.

En la parte tecnológica más de dispositivo, ser pionero de un tipo de gadget tiene un coste más elevado. Pensemos en la vida de cualquier categoría de producto y solo hay que observar que en sus inicios (hasta que su uso se estandariza) tiene una barrera económica grande. Esto no ocurre con las redes sociales. Apúntame y ya si me acuerdo la utilizaré.

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