La situación refleja hasta qué punto Corea del Norte depende económicamente de China pese al aislamiento internacional
La escena tiene lugar en los años 90, cuando un turista occidental que visitó Pyongyang cuenta la misma experiencia extraña: podía recorrer avenidas gigantescas durante minutos enteros sin cruzarse apenas con otro vehículo. Algunas carreteras parecían tan vacías que muchos pensaban que habían sido construidas más como decorado propagandístico que para soportar tráfico real. Décadas después, esa misma ciudad empieza a descubrir un problema que durante mucho tiempo parecía reservado al resto del mundo.
La paradoja más inesperada. Durante décadas, una de las imágenes más reconocibles de Corea del Norte eran sus enormes avenidas prácticamente vacías. Pyongyang fue diseñada como una capital monumental para exhibir poder estatal, pero con muy pocos coches circulando realmente por sus calles. Contaba Reuters que ahora la situación está cambiando de forma tan rápida que el régimen empieza a enfrentarse a un problema que habría parecido absurdo hace apenas unos años: atascos, falta de aparcamiento y dificultades para gestionar el crecimiento del tráfico privado.
Lo más llamativo es que gran parte de esta transformación tiene un origen muy concreto. Aunque las sanciones internacionales prohíben exportar vehículos al país, las carreteras norcoreanas se están llenando de coches y componentes llegados directa o indirectamente desde China. El resultado es una paradoja de lo más fascinante: uno de los países más aislados del planeta empieza a parecerse, poco a poco, a cualquier gran ciudad asiática atrapada por su propio boom automovilístico.
Kim ha abierto una puerta. La explosión del tráfico no es accidental. En los últimos años, Corea del Norte ha legalizado y regulado parcialmente la propiedad privada de automóviles, permitiendo que determinados ciudadanos puedan comprar un vehículo por hogar a través de concesionarios controlados por el Estado. La medida forma parte de una estrategia más amplia de Kim Jong-un para absorber y controlar actividades económicas que antes funcionaban en mercados grises o directamente clandestinos.
Por su puesto, el coche privado sigue siendo un lujo reservado sobre todo para las élites urbanas y para la clase empresarial conocida como donju, pero el simple hecho de que exista ya un mercado relativamente formalizado está alterando rápidamente la vida cotidiana en Pyongyang. Donde antes predominaban vehículos militares y oficiales con matrículas azules o negras, ahora empiezan a multiplicarse las matrículas amarillas de coches privados.
China como motor silencioso. El detalle más importante es que esta nueva cultura del automóvil depende casi por completo de China. Oficialmente, Pekín apenas reconoce exportaciones de vehículos hacia Corea del Norte desde que entraron en vigor las sanciones de la ONU en 2017.
Sin embargo, las cifras de exportación de piezas y suministros cuentan una historia completamente distinta. Los envíos de neumáticos, espejos retrovisores, lubricantes y componentes relacionados con automóviles se han disparado en los últimos años. A ello, Reuters recordaba que se suma el flujo informal de coches usados y nuevos que cruzan la frontera a través de redes de intermediarios y contrabando. Muchos vehículos cambian varias veces de manos antes de entrar en Corea del Norte, dificultando rastrear su destino final. Así, mientras oficialmente apenas llegan coches al país, las calles de Pyongyang se llenan cada vez más de modelos chinos de marcas como Changan, Chery o Geely.
Sufriendo como si fuera Londres. Las consecuencias empiezan a ser visibles en toda la capital. Visitantes extranjeros y análisis satelitales describen hoteles con aparcamientos saturados, vehículos ocupando calles adyacentes y puntos de congestión inéditos hasta hace pocos años. Algunos negocios y edificios nuevos ya incorporan incluso aparcamientos subterráneos, algo extremadamente raro en la ciudad tradicionalmente. Incluso empiezan a aparecer infraestructuras para taxis eléctricos y estaciones de carga limitadas.
Lo más simbólico es quizá el cambio psicológico: encontrar plaza para aparcar empieza a convertirse en una preocupación cotidiana entre sectores acomodados de Pyongyang. La imagen de avenidas casi vacías está desapareciendo rápidamente y siendo sustituida por otra mucho más reconocible para cualquier gran ciudad contemporánea: tráfico lento, embotellamientos y calles saturadas de coches privados.
Nada detiene a China. Todo esto refleja también hasta qué punto Corea del Norte depende económicamente de China pese al aislamiento internacional. La expansión del automóvil privado está reforzando todavía más esa relación. Los coches, las piezas, el combustible y gran parte de la infraestructura necesaria para sostener este crecimiento proceden directa o indirectamente del mercado chino.
Incluso marcas europeas como BMW o Audi aparecen ocasionalmente en Pyongyang a través de canales difíciles de rastrear. Si se quiere también, la situación demuestra (otra vez) una realidad incómoda para el sistema de sanciones: aunque oficialmente el comercio esté restringido, la frontera con China sigue funcionando como una válvula económica fundamental para el régimen norcoreano.
Y ahora esa dependencia se hace visible de una manera muy concreta y casi surrealista: Corea del Norte tiene problemas para encontrar aparcamiento porque las carreteras de Pyongyang se están llenando de coches chinos que, sobre el papel, nunca deberían haber llegado allí.
Imagen | (stephan), Roman Harak
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