
Henry Ford se cansó de que sus accionistas estuvieran más interesados en sus dividendos que en sus ideas expansionistas, así que empleó un truco: hacerse la competencia con otra marca para recuperar Ford
Cuenta la leyenda que Henry Ford quería regalarle el mundo a la clase obrera. En parte es cierto, pero lo hacía en su propio beneficio. Sin embargo, lo que Henry Ford no soportaba era que nadie le dijera qué hacer con su dinero. En 1919 lo demostró con un farol tan bien montado que aún se estudia en las universidades de derecho.
El objetivo del farol era deshacerse de los accionistas que, según contaba el propio Ford en su autobiografía, "no tenemos sitio para los accionistas que no trabajan". Así que urdió un plan para recuperar el control de su empresa: la promesa de fabricar un coche de 250 dólares, pero fundando otra compañía que le haría la competencia a Ford.
El gran proyecto de Ford que no gustó a los accionistas. Ford era poco partidario de endeudarse con Wall Street y por eso, en 1916, su compañía acumulaba una reserva de capital de más de 60 millones de dólares en efectivo. Su objetivo era construir su nueva factoría de River Rouge y dotarla de su propia instalación de fundición para fabricar su propio acero.
Ese proyecto de gran expansión implicaba cortar los dividendos especiales que suponían unos 10 millones de dólares al año y abaratar aún más el Model T para incrementar las ventas. Los hermanos John y Horace Dodge tenían el 10% de las acciones de Ford, pero ya fabricaban sus coches propios. Es decir, de alguna forma, Ford estaba financiando a su competencia que dependía de esos dividendos para seguir fabricando sus propios coches.
Los jueces enterraron el sueño de Ford. Tal y como se recoge en el libro biográfico "I Invented the Modern Age: The Rise of Henry Ford and the Most Important Car Ever Made', los hermanos Dodge le llevaron a juicio en 1916.
En el estrado, Ford aseguró que su empresa, "está organizada para hacer todo el bien posible, en todas partes, para todos los interesados. El dinero caerá en tus manos; no podrás evitarlo", y acusó a los hermanos Dodge de trabajar para su propio beneficio. "El accionista que trabaja está más ansioso por aumentar su oportunidad de servir que por acumular dividendos", les recriminó Ford durante el juicio
Pese a las frases épicas de Ford, el juez no le compró el discurso.
Tres años más tarde el Tribunal Supremo de Míchigan sentenció que una corporación existe, sobre todo, para beneficio de sus accionistas y obligaron a Ford a repartir 19,2 millones de dólares en dividendos. Ford salió del juzgado con una idea en su cabeza: nunca más pediría permiso a nadie. Y tenía una idea para que no volviera a repetirse.
Un truco que ya había ensayado. Para conseguirlo, Ford se inspiró en un ardid que ya le había funcionado en 1905, con su primer gran socio Alexander Malcomson, comerciante de carbón. El inversor había puesto el dinero para arrancar la empresa junto a Ford, pero el socio inversor quería que Ford fabricara coches de lujo.
Ford se negó en rotundo: "Un auto no debería tener más cilindros que ubres tiene una vaca", aseguraba. Su idea era construir coches baratos para que todo el mundo pudiera permitírselos y poner en marcha su idea de producción en cadena. El choque era inevitable.
Ford y su mano derecha, James Couzens, montaron en secreto una empresa paralela: la Ford Manufacturing Company. Fabricaba piezas y se las vendía a la matriz a un precio inflado. Todo el beneficio iba a esa filial, donde Malcomson no tenía ninguna una acción. Acorralado, vendió su parte en 1906 por 175.000 dólares. Una década más tarde, sus acciones habrían valido cien veces más.
El anuncio que confundió a Detroit. Con esa lección aprendida, Ford repitió la jugada en 1919 pero esta vez a escala mundial. El 30 de diciembre de 1918 dimitió como presidente. Dejó el cargo a su hijo Edsel y se fue a California de vacaciones con la excusa del cansancio judicial. Desde allí filtró la noticia bomba.
En marzo de 1919, The New Times publicaba un artículo en el que contaba que Ford iba a montar una empresa nueva para fabricar "un coche mejor y más barato". El Model T, dijo, ya estaba viejo, y el coche que iba a fabricar con su nueva empresa incorporaría "algunos inventos nuevos que reducirán el coste", lo cual permitiría que el nuevo modelo costaría entre 250 y 350 dólares.
El miedo a perder aceleró la venta. El farol del fundador de la compañía funcionó como se esperaba. Sin la innovadora visión de Ford al mando, las acciones de la compañía pronto no valdrían nada. Ford reclutó a algunos gestores de inversiones de incognito para que fueran a llamar discretamente a las puertas de los accionistas para que les vendieran sus acciones antes de que cundiera más pánico.
Casi todos cedieron. John Anderson, que en 1903 pidió 5.000 dólares a su padre para invertirlos en Ford, cobró 12,5 millones. Los herederos de John Gray, el banquero y primer presidente de Ford, que dudaba de que "este negocio durara", se llevaron 26,25 millones. Los propios hermanos Dodge, sus enemigos en el juicio, vendieron sus acciones de Ford por 25 millones.
Ford volvía a ser de Ford. Según confirmaba el reportaje de época del New York Times, solo James Couzens, que ya conocía el truco de 1905 de Ford, se resistió a vender sus 2.180 acciones y logró 13.000 dólares por acción (frente a los 12.500 dólares que pagó al resto). En julio de 1919, Ford logró un crédito de 75 millones de dólares de Wall Street y recobró el control como dueño único de la mayor empresa industrial del mundo.
El prometido coche de 250 dólares jamás vio la luz. Aquel proyecto se apagó en silencio en cuanto cumplió su función: asustar lo justo a los inversores para que Ford pudiera comprar barato lo que, en realidad, valía una fortuna.
Imagen | Magnific
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