Nueva California: la Tabarnia estadounidense que pide la independencia de la California rural

Vivimos tiempos de creatividad geopolítica. Pensemos en Cataluña: un nutrido grupo de intelectuales y políticos unionistas han bromeado con la idea de una independencia dentro de la independencia, una secesión de una imaginaria región bautizada como Tabarnia que aglutinaría a la Cataluña urbana, castellanoparlante y reacia a la aventura secesionisa. Como quiera que la idea caló hondo, tiene incluso representantes.

De forma repentina, otras ideas semejantes han surgido a ambos lados del Atlántico. En Bulgaria, por ejemplo, las regiones fronterizas de Vidin, Vratsa y Montana han planteado un referéndum de autodeterminación y anexión a Rumanía. La región, al otro lado de la cordillera de los Balcanes, es uno de los rincones más pobres y depauperados de Europa: para llamar la atención de Sofía, ha lanzado un globo-sonda-broma en forma de independencia.

El fenómeno ha llegado a Estados Unidos, y más en concreto a California. Allí, hace un año, el movimiento de independencia de California obtuvo su punto álgido de atención mediática. Tras la victoria electoral de Donald Trump, un pequeño grupo de activistas reivindicaron con mayor voz que nunca la secesión del estado, el más poblado y rico del país. De claro signo demócrata, el movimiento se fundamentaba en la irresoluble diferencia entre la costa y el interior estadounidense.

Pero del mismo modo que Cataluña, las aspiraciones independentistas de California jamás han sido totales. Al contrario, se han formulado desde una perspectiva de signo liberal (entendido al modo americano, no europeo) donde el amor por las políticas progresistas, los impuestos progresivos y un sector público potente contrasta con el signo quasi-libertario, evangélico y de recta moral del heartland interior. Y no todo el mundo en California piensa así.

Nueva California: más rural, más conservadora

Basta observar un mapa electoral por condados para descubrirlo: las zonas más alejadas de la costa y de los polos de atracción de San Francisco o Los Ángeles son más proclives a votar republicano. Hay una división clara entre la California costera (repleta de santuarios para refugiados, alcaldes que desafían en abierto al gobierno federal y barrios contraculturales) y la rural (preñada de concursos de rodeos, sombreros de ala ancha y cierto conservadurismo social).

Ahora, un año después de aquel pequeño ruido ahogado bajo la marea posterior que ha generado la administración Trump, otro mimetiza lo planteado por Tabarnia: la independencia de una teórica "Nueva California" que aisle el corredor demócrata y urbano que une Los Ángeles y San Francisco a lo largo de la costa pacífica. Un nuevo estado, el 51º, que aspiraría a un gobierno más justo, lejos de la tiranía demócrata y cosmopolita y resuelta a solucionar los problemas del californiano rural.

California no es ajena a los movimientos independentistas. (Martin Jambon/Flickr)

En este sentido, Nueva California sería el reverso de Tabarnia: si la segunda optaba por cimentar su reivindicación legítima en el carácter urbano de su territorio, la primera busca desgajar los condados rurales de las grandes ciudades. Se acabarían así décadas de gobierno demócrata (constante en la región) y se formularían las prioridades políticas de los californianos interiores. Una división justa, a su juicio, que liquidaría un estado "ingobernable".

Como quiera que California ha estado acostumbrada históricamente a esta clase de disgresiones territoriales (es un estado muy amplio y diverso), la propuesta ha ganado momentum mediático gracias a la cobertura de medios como USA Today y a un manifiesto de independencia que, publicado el pasado lunes, sienta las bases de una supuesta y futura constitución de Nueva California (los estados tienen sus propias constituciones).

A la izquierda, los resultados en las elecciones presidenciales de 2016. A la derecha, los resultados en las elecciones al Congreso. Hay cierta similitud con Nueva California, pero en absoluto una certeza estable.

Lo cierto es que hay un punto de viabilidad en esta historia: al igual que la Constitución Española prevé la creación de nuevas comunidades autónomas, la estadounidense reconoce la posibilidad de crear nuevos estados (y en un país con semejante historia, es lo más lógico). Salvado el obstáculo legal, el mismo que impediría a California iniciar un procés similar al catalán, los conservadores impulsores de Nueva California sólo necesitarían apoyo político.

Quizá algún político republicano ande tentado, pero la idea tiene pocos visos de prosperar. La secesión, sea del tipo que sea, tiene mala prensa en Estados Unidos. El único movimiento comparable a Nueva California data del siglo XIX, de los años de la Guerra Civil, cuando West Virginia fue arrancada al actual estado de Virginia en el contexto de la batalla por la esclavitud. Aquella circunstancia excepcional no se ha vuelto a repetir.

De momento, los impulsores de la idea han ganado cobertura en todos los medios conservadores y en algunos progresistas, y aspiran a trabajar desde las instituciones californianas para convencer a sus representantes y colocar la idea de una "Nueva California" rural y conservadora en la agenda de Washington.

¿Una buena idea para los demócratas?

Pese al decidido carácter conservador de la idea (liberar a los condados rurales del yugo cosmopolita de San Francisco y Los Ángeles, mucho más pobladas y ricas y, por tanto, vectores de la política del estado, tan demócrata y progresista), hay quien ha realizado defensas liberales de la separación de ambos estados. En NYmag lo lo plantean del siguiente modo: dividir California sería un modo estupendo de solucionar el problema de representación territorial en el Senado.

En Estados Unidos, la cámara alta ejerce como cámara de los estados. Cada estado elige a dos senadores, independientemente de su población. Así, se dan paradojas como que California, con más de 50 millones de habitantes, tiene tanta voz y voto como Wyoming, de apenas 500.000. Dada la peculiar distribución demográfica del país (el 50% de la población se apila en las costas, en estados muy concretos), el resultado es una ventaja natural para los políticos republicanos fruto de los avatares geográficos del país.

¿Dos nuevos senadores demócratas para contrarrestar la mayoría republicana?

De forma similar, la misma distribución provoca que el colegio electoral (el peculiar sistema de reparto de "votos" para elegir al presidente cada cuatro años, el mismo que permitió a Trump llegar a la Casa Blanca pese a obtener menos votos que Clinton) esté trampeado desde el inicio. El surgimiento de un nuevo estado en California corregiría parcialmente esta dinámica: dotaría de un mayor peso en el Senado y en el colegio electoral a una región... Demócrata.

Porque sí, el principal problema de Nueva California no es ni el bloqueo que pueda afrontar en las instituciones ni las resistencias del resto de California: es que la mayoría republicana es, en realidad, una minoría. Muchos de los condados seleccionados por el movimiento son en realidad feudos demócratas, y los resultados de las elecciones estatales y federales indican que los candidatos demócratas han obtenido varios puntos de ventaja sobre los republicanos en la idílica Nueva California.

Es decir, cuando los neocalifornianos protestan por la política económica de California (la misma que ha permitido a los estados costeros progresar y ha dejado atrás a las comunidades rurales) están protestando por las elecciones que los propios neocalifornianos han hecho en las urnas. Más allá de lo exótico de la propuesta, el principal contra-argumento a Nueva California es simple: los números no dan.

El carácter algo más serio de Tabarnia y las peculiaridades políticas de California han permitido, en todo caso, que la idea cale. Lo más probable es que termine tragada por el sumidero de la actualidad política en unas cuantas semanas, tan pronto como Donald Trump se vea en vuelto en el enésimo escándalo racista, Steve Bannon declare por la supuesta implicación de la campaña con los agentes rusos o los republicanos avancen su nueva ley fiscal. Hasta entonces, hola, Nueva California, irreal estado.

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