Instrucciones para NO leer Lolita

Hace ya años, en alguna revista que ahora no encuentro, una actriz muy joven que había hecho un papel sexy decía: “Siempre me ha inspirado mucho Lolita, me encanta cómo usa su sexualidad”. Este mismo verano, en el suplemento de estilo de un diario nacional leíamos:

“Es posible que la pesadilla de unos padres sea la visión de su hija adolescente leyendo la Lolita de Nabokov”

Una de nuestras escritoras jóvenes más agudas, buena lectora y buena crítica, ha escrito sobre el personaje en estos términos:

“La historia de Dolores ayudó a que se abriera una nueva puerta [...]. No se trataba de embellecer o adornar la pedofilia, sino más bien de intentar explicar un fenómeno, una oscura pulsión humana, una forma de amor prohibida”

Otro opinador, poeta y todo, nos ilustraba hace un par de años: “En la lucha entre libertad y puritanismo, Lolita está del lado de la libertad”. Y no faltan cada tanto los artículos sobre moda para lolitas, el triunfo de las nínfulas o el oscuro encanto de vestirse de adolescente perversa y seductora.

Pero, vamos a ver, gente: ¿ustedes han leído Lolita?

La parte de culpa de (la excelente película de) Kubrick no se la vamos a quitar

Ya se sabe que el cartel y las escenas famosas de la película no ayudan mucho: la niña en bikini, con gafas y piruleta, todo ello en forma de corazón, mirando con malas intenciones a su padrastro fascinado. Tampoco su fama de novela prohibida, pornográfica y transgresora, que encarna el mito del “verano del amor” yanqui, con los dos amantes huyendo del mundo, registrándose con nombre falso en los moteles, una niña caprichosa y dominante con su novio cuarentón... Pero, ¿es que nadie ha leído Lolita?

Lo que realmente cuenta Lolita

Por si acaso, vamos a hacer un resumen de la trama. Ya se sabe que cada lectura es la lectura de alguien, y que no hay interpretaciones fijas porque cada uno y su mirada etcétera, pero, interpretaciones aparte, la novela cuenta con transparente claridad las siguientes cosas. Que Lolita es una niña de doce años, huérfana de padre, que se lleva fatal con su madre, una pobre mujer estúpida y atolondrada para quien su hija es un engorro y que solo piensa en encontrar un nuevo marido. Que Humbert Humbert, escritor y diletante europeo encadenado por un lejano amour fou hacia una niña cuando él mismo era pequeño, aparece por casualidad en casa de Lolita y, al verla tomando el sol en el jardín, decide quedarse a vivir allí como inquilino.

Que acaba casándose con la madre, por pura obsesión de estar cerca de la hija. Y que, en la página 50, ya es evidente que algo no le funciona bien en el piso de arriba: es un personaje lleno de secretos, que rellena compulsivamente un diario sobre su fijación por la niña, mirón, melancólico, de un egoísmo marciano, concentrado solo y al cien por cien en sus deseos y sus placeres. Lolita, que ve en su nuevo padrastro la herramienta perfecta para hacer rabiar a la tarada de su madre, se deja mirar y tontea, y se va enredando en la tela de araña de su padrastro sin darse cuenta ni de que la tela de araña existe.

Luego, la cosa se complica muy rápido: muere la madre y Humbert Humbert se hace cargo de Lolita. No hay padre ni hermanos ni familia cercana: los vecinos se admiran muchísimo de la generosidad de ese viudo desolado que, sin ser familia directa de la niña, asume su custodia y se la lleva a conocer mundo para aliviar su pena. Y los olvidan de inmediato.

Lolita, que tiene la mala suerte de haberse quedado doblemente huérfana y de estar sola en una habitación de hotel con Humbert Humbert, emocionada por la aventura y por lo mayor que se siente, se acuesta entonces con él.

Las palabras literales de Humbert Humbert, temblando de éxtasis, son: "A las seis ya estaba despierta, a las seis y quince éramos amantes". Y Lolita no solo se acuesta con él, sino que para ella no es el primero y, en esa mañana de verano, a solas con él en una cama revuelta, le cuenta sus aventuras con un chico de su edad, algún jugueteo con otras niñas, y lo divertido que le parece todo ello.

Y así a la chiquilla se le abre el suelo bajo los pies y cae en una mazmorra de la que no sale ya en otras doscientas páginas. Humbert Humbert ("¡ella no era virgen!") no necesita más, y ya no la suelta. Lolita no vuelve a querer nada con él: se da cuenta enseguida de la intensidad de los sentimientos de ese hombre con el que ahora está sola, y ya nada es divertido: le da miedo, y un poco de asco, y quiere volver a su casa.

"Pero, ¿entienden ustedes? Lolita no tenía absolutamente ningún sitio adonde ir".

Humbert Humbert la sube al coche y conducen sin rumbo, parándose a dormir donde a él le parece que nadie les hará preguntas ni podrá recordarlos. Y cada noche amenaza a Lolita con el orfanato, con el reformatorio o con la indigencia si huye de él o lo denuncia. Todo irá bien, le dice, mientras seas cariñosa conmigo, y cumplas con tus obligaciones por la mañana, en la siesta y por la noche.

Ella lo odia, patalea, se resiste, a veces simplemente se queda quieta y ausente dejándose hacer, ya apenas habla ni se ríe. Pero tiene trece años recién cumplidos y teme a Humbert Humbert, se cree sus amenazas y sobre todo piensa que lo que le está pasando es por su culpa, y que eso es para lo que ella sirve y lo que ella se merece.

El amor de Humbert y el odio de Lolita

Decíamos antes que la novela cuenta con transparente claridad, y al llegar aquí hay que recordarlo: todo esto no es una interpretación, sino lo que cuenta el narrador, que es el protagonista, el único punto de vista que tenemos. Él no se hace ilusiones: adora a Lolita con un amor pegajoso y brutal (dice en algún momento que solo siente no poder darle la vuelta para besarle los pulmones, el hígado, los riñones nacarados), pero reconoce que ella lo odia y que está a punto de volverse loca.

Se lamenta, con una metáfora extraordinaria, de que a los pocos días de estar con él Lolita ya no tiene columna vertebral: se deja caer en el asiento del coche como una muñeca de trapo, y él tiene que hacer un gran esfuerzo cada mañana prometiéndole ir a ver un lugar especial, o comprarle un regalo, algo que pueda darle una expectativa y un objetivo al día que tienen por delante. “No tenemos nada que hacer en ninguna parte”, responde ella.

Y a él le pesa, y le gustaría hacer feliz a Lolita, o al menos que las cosas fueran menos tensas, pero no ve otro remedio que forzarla porque no concibe que esté en el mundo para otra cosa. Dice que la pobre es frígida, su princesa de hielo, qué mala suerte. Y el rencor que ella le devuelve a cambio de ese amor asqueroso solo se compensa, solo se le ocurre compensarlo a la criatura, pidiendo cosas. Quiere helados, revistas de moda, vestidos nuevos, quiere que en el siguiente hotel haya piscina y que alquilen una suite buena y no un cuartucho, quiere ir al cine todos los días y otro batido.

Humbert Humbert se arruina con los caprichos de Lolita, pero mientras pueda violarla a diario sin que ella alarme a todo el motel a gritos, sin que llore demasiado ni se tire del coche en marcha, todo le parece barato. Solo se siente culpable, tiene hasta gracia, de estar corrompiendo la ética de Lolita, que cada vez se vende más cara. Y desde ahí se ha llegado al mito de la niña caprichosa y malhumorada que tiene loco de amor a un pobre hombre complaciente.

A estas alturas del relato, el improbable lector que sujeta esta novela tristísima y enferma tiene muchas dificultades ya para sentir la menor empatía por nadie. En Lolita, la víctima no es simpática. La madre, menos, ni viva ni muerta. Humbert Humbert da el mismo miedo que todos los psicópatas. No hay un respiro de cariño humano hacia nadie, porque son todos horribles. ¿Es razón suficiente para negar que ella es la víctima, que es una nena secuestrada y violada a manos de un animal?

Ni porno ni pop ni transgresora, pero sí obra maestra

Pasan así casi tres años, en esta huida por todo Estados Unidos, a veces quedándose unos meses en un sitio, matriculando a Lolita en un instituto, del que salen disparados de nuevo en cuanto él teme que pueda confiarse a alguna amiga o a algún profesor, o conocer a un chico de su edad, o que un curioso vaya a preguntarse qué pasa en esa rara familia del padre viudo y la jovencita enfurruñada.

Además tienen siempre detrás a un perseguidor, un coche que ven aparcado muchas veces cerca del suyo, un tipo al que Humbert Humbert se encuentra en el bar de los hoteles. No sabe si es un policía, o si le quiere robar el tesoro, o si simplemente se lo imagina, porque en este relato el obsesivo es él, no puede creerse que alguien esté dedicando su vida desde hace años a seguirle.

La trama se va cerrando y complicando, y ya el lector no sabe lo que Humbert Humbert imagina o experimenta de verdad, y Lolita está completamente desquiciada buscando la forma de huir, y al cabo de otras cien páginas el lector tiene ganas de tirar el libro por la ventana. Pero la novela es tan hermosa, tan lírica, está contada y casi cantada por un narrador tan distinto a todos, tan loco y tan capaz de cualquier cosa, que uno sigue leyendo completamente maravillado. Ni es porno, ni es pop, ni es transgresora, ni es casi nada de lo que tiene fama de ser, excepto una obra maestra.

¿Qué razón tendrían unos padres normales para espantarse si encuentran a su hija quinceañera leyendo Lolita? Déjenla leer, hombre: además de que la novela es el colmo, se le van a quitar las ganas de tontear con tipos mayores para siempre. ¿De qué libertad está a favor Lolita? ¿Cómo usa su sexualidad para resultarle tan inspiradora a una starlette? ¿Qué puerta abre, qué fenómeno explica? Pero, ¿de qué están hablando cuando hablan de Lolita?

Lolita acaba mal. Todo el mundo es desgraciadísimo, ella la que más. Pero acaba y, aunque parezca increíble, ahí empieza para ella otra desgracia aún mayor: la de haber pasado a la historia como una lolita.

Nota: este texto surge de este hilo de Twitter...

... que a su vez surge de este artículo en El País.

Pilar Álvarez Sierra nació en Gijón en 1967 y vive en Madrid desde muy joven. Es editora de no ficción (ensayo, divulgación, biografía, historia, música) en la editorial Turner. Antes trabajó como redactora, traductora de inglés y colaboradora editorial en general.

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