El barril a 200 dólares ya no es una exageración: Wall Street alerta de un shock de estanflación mundial idéntico al de los años 70
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Llevamos un mes de Tercera Guerra del Golfo y ha pasado lo que todo el mundo temía: el barril WTI ha roto la barrera de los 100 dólares. Es normal que cunda el pánico. Los expertos se hartan de repetir que, si sumamos la inflación, en crisis anteriores la cosa pintaba peor. Vale, tienen razón. Pero el drama ahora mismo no es lo que marca la pantalla de cotización. El lío es que no hay crudo físico. Los barcos no llegan, los inventarios se vacían y, por mucho que estiremos los números, las matemáticas del petróleo han saltado por los aires.
Un abismo de 8 millones. La realidad del mercado petrolero actual se resume en una resta que no deja de arrojar saldos negativos. El cierre del Estrecho de Ormuz ha supuesto la pérdida inmediata de 20 millones de barriles diarios (b/d) de crudo y productos refinados.
Hasta ahora, el mercado ha logrado absorber este golpe, pero las cuentas son claras y aterradoras: tras agotar los primeros escudos de defensa, el mundo se enfrenta a un déficit neto de aproximadamente 8 millones de barriles diarios. Para ponerlo en perspectiva, esa cifra supera el consumo combinado de Alemania, Francia, el Reino Unido, Italia y España.
El espejismo de los parches temporales. Si el mundo ha perdido una quinta parte de su suministro de petróleo y gas, ¿por qué no hemos visto un colapso total desde el día uno? La respuesta está en una serie de "parches" de emergencia que, aunque efectivos, tienen fecha de caducidad.
Según Bloomberg, el mercado ha estado protegido por varias capas de amortiguación. La primera ha sido el desvío de rutas: Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos han redirigido rápidamente parte de sus exportaciones a través de oleoductos que esquivan Ormuz para salir por el Mar Rojo y el Golfo de Omán. La segunda ha sido la liberación récord de 400 millones de barriles de las reservas estratégicas de los países miembros de la Agencia Internacional de la Energía. Además, Estados Unidos levantó temporalmente las sanciones al petróleo ruso e iraní que se encontraba almacenado en buques en alta mar, inyectando más crudo al mercado.
Los esfuerzos son finitos. Como explica el analista energético Javier Blas, estas medidas conjuntas han logrado absorber el 60% de la pérdida de suministro (unos 12 millones de barriles diarios). Pero las reservas se vacían. Como advirtió Paola Rodríguez-Masiu, analista jefe de Rystad Energy: "El sistema ha pasado de estar amortiguado a ser frágil".
El agujero negro no va a cesar, porque la escalada no da tregua. Un dron iraní atacó recientemente al superpetrolero kuwaití Al-Salmi, completamente cargado, en la misma zona de fondeo del puerto de Dubái, evidenciando que ninguna embarcación está a salvo. Además, como informa en exclusiva The Wall Street Journal, el presidente Donald Trump ha comunicado a sus asesores que está dispuesto a poner fin a la campaña militar estadounidense sin reabrir el Estrecho de Ormuz. La administración evalúa que forzar la apertura de la vía marítima extendería la misión militar más allá de su plazo previsto de cuatro a seis semanas.
Entramos en la "destrucción de la demanda". Para Washington, el estrecho es un problema mayor para Europa y Asia que para Estados Unidos. Sin nuevos suministros a la vista y con las reservas agotándose, el mercado solo tiene una salida, y es la más dolorosa de todas: la destrucción de la demanda. Si no hay petróleo para todos, alguien tiene que dejar de consumirlo.
El impacto será brutalmente desigual. Como analiza Financial Times, las economías en desarrollo son las primeras en caer. A diferencia de las economías avanzadas, que se apoyan más en el sector servicios, el mundo en desarrollo depende de una manufactura que es altamente intensiva en energía. Cuando los precios suben, los países ricos simplemente pagan más y acaparan los cargamentos disponibles en el mercado al contado, dejando a las naciones más pobres a oscuras.
El racionamiento ya ha comenzado. En el continente asiático, la falta de gas natural licuado (GNL) de Oriente Medio está obligando a detener la maquinaria. De hecho, el bloqueo ya ha dinamitado el mito del GNL como "combustible puente", obligando a Asia a quemar carbón a la desesperada y a resucitar la energía nuclear para evitar un apagón a gran escala. Pakistán ha cerrado escuelas para ahorrar energía, Filipinas ha experimentado con semanas laborales más cortas y, en toda la región, fábricas de fertilizantes, acero y cerámica están apagando sus hornos.
Pero el shock energético no se quedará en esa parte del mundo, sino que está viajando hacia Occidente. Europa se enfrenta a una inminente escasez de diésel —el combustible que mueve la economía global— en las próximas semanas. Si el Estrecho de Ormuz sigue cerrado hasta el segundo trimestre del año, el petróleo podría dispararse a los 200 dólares por barril, desencadenando un shock de estanflación (inflación alta con estancamiento económico) que no se veía desde la década de 1970.
El veredicto final. A un mes de iniciada la crisis, el consenso en la industria energética es aterrador: el mundo todavía no ha comprendido la gravedad de lo que se avecina. Las herramientas gubernamentales para amortiguar el golpe se han agotado. Como confesó Mike Sommers, director ejecutivo del Instituto Americano del Petróleo: "El manual de estrategias está bastante vacío en este momento".
El crudo no fluye y las matemáticas son exactas. Faltan 8 millones de barriles diarios en el mundo. Como resumió crudamente Jeff Currie, ex directivo de Goldman Sachs y actual estratega de Carlyle Group: "El mensaje principal es que la transición energética se nos va a imponer de una manera muy dolorosa y que va a suceder muy rápido". Es decir, el salto hacia un mundo sin petróleo no llegará de forma planificada y ordenada, sino a base de apagones, inflación y el cierre forzoso de industrias. Ya no hay parches que valgan; el mercado global está a punto de estrellarse contra un muro de escasez física.
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