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Europa huyó del gas de Rusia para echarse en brazos de EEUU. La guerra de Irán demuestra que fue una trampa

  • Los barcos de gas natural licuado estadounidense se están desviando hacia el pujante mercado asiático al mejor postor 

  • La factura fósil de la UE se ha disparado en 14.000 millones de euros en apenas un mes. Mientras el gas se encarece un 70%, casi 700 GW de proyectos renovables europeos siguen bloqueados

Alba Otero

Editora - Energía

Detrás de los movimientos de tropas y los bloqueos marítimos por la Tercera Guerra del Golfo, hay un giro de guion mucho más silencioso que está haciendo temblar los cimientos de la economía continental: la falsa seguridad europea.

Un problema que viene del otro lado del charco. Tras la crisis energética por la Guerra de Ucrania (aún vigente), Europa pensó que había solucionado su gran vulnerabilidad energética cambiando el gas que llegaba por los gasoductos rusos por el gas natural licuado (GNL) que cruzaba el Atlántico en barcos desde Estados Unidos. 

La idea de la Unión Europea era apostar sus importaciones a Washington para diversificar fuentes y evitar futuros chantajes geopolíticos. Sin embargo, el salvavidas estadounidense ha resultado estar pinchado. Con el mercado global en máxima tensión por la guerra de Irán, EEUU no está garantizando el suministro europeo y supedita el gas a guerras comerciales y caprichos políticos.

El verdadero talón de Aquiles. Europa ahora depende de Estados Unidos para dos tercios de sus importaciones de GNL, según advierte el centro de estudios económicos Bruegel. Al caer la oferta global por el conflicto, los compradores asiáticos —que tradicionalmente se abastecían en el Golfo— están compitiendo agresivamente por los barcos de gas flexibles. El resultado es una guerra de pujas al mejor postor: según constata Bruegel, varios cargamentos de GNL estadounidense ya se han desviado de Europa hacia Asia en pleno conflicto.

A nivel diplomático y comercial, la situación con nuestro "socio salvador" es enormemente inestable. En medio de esta crisis, Donald Trump ha llegado a criticar a los aliados europeos, instándoles en redes sociales a "conseguir su propio petróleo", según Bloomberg. Por si fuera poco, las fricciones políticas sobre las condiciones del acuerdo comercial entre la UE y EEUU han provocado que altos funcionarios estadounidenses amenacen con tomar represalias, sembrando serias dudas sobre el compromiso previo de Washington de vender 750.000 millones de dólares en productos energéticos (incluido su preciado GNL) al bloque europeo.

El precio de la "ilusión verde". El impacto de este desajuste está siendo brutal para los bolsillos europeos. Según recoge el Financial Times a partir de los datos aportados por la propia Comisión Europea, la factura de las importaciones de combustibles fósiles de la UE ha engordado en 14.000 millones de euros en apenas 30 días de conflicto. Los precios del gas han experimentado un repunte del 70%, mientras que los del petróleo se han encarecido un 60%.

Esto pone frente al espejo lo que en Euractiv han bautizado como "la ilusión verde" de Europa: un fallo estructural clamoroso en la transición energética. A pesar de haber invertido cerca de un billón de euros en energías renovables, la dependencia energética de la Unión Europea respecto a las importaciones se mantiene en un 60%, prácticamente la misma cifra que tenía en el año 2004.

Un diseño ineficaz. El motivo de este contagio de precios se encuentra en el propio diseño del mercado eléctrico europeo. Al funcionar con un sistema marginalista, la tecnología más cara (suele ser el gas) es la que marca el precio de la luz para todos, como explican en Strategic Energy. En países fuertemente dependientes del gas para generar electricidad, como es el caso de Italia, el gas marca el precio el 89% del tiempo, exponiendo a los ciudadanos de forma directa a la volatilidad internacional.

Sin embargo, hay esperanza si se hacen los deberes. En España, el enorme crecimiento de la energía eólica y solar ha provocado que el gas solo marque el precio de la luz el 15% de las horas, blindando mucho mejor al país frente a estos choques externos. De hecho, no todo son malas noticias: la generación de electricidad solar ha evitado a la UE gastar 2.000 millones de euros en importaciones de combustibles fósiles solo en los primeros 20 días de marzo.

¿Y ahora qué? No parece que vayamos a tener un respiro pronto. La crisis no será breve, tal y como ha advertido tajantemente el comisario europeo de Energía, Dan Jørgensen, quien ha dejado claro que, incluso si se declarara la paz mañana, los precios no volverían a la normalidad en un futuro previsible.

La Comisión Europea ya está ultimando una "caja de herramientas" con medidas de emergencia que nos devuelven de golpe a los escenarios de 2022. Sobre la mesa de Bruselas está la posibilidad de recuperar los impuestos a los beneficios extraordinarios caídos del cielo (windfall tax) para las empresas energéticas.

Medidas drásticas a la vista. Bruselas también prevé medidas drásticas de contención de la demanda basadas en el conocido plan de 10 puntos de la Agencia Internacional de la Energía. Esto se traduciría en recomendaciones a los Estados miembros para fomentar el teletrabajo, reducir los límites de velocidad en las autopistas y potenciar tanto el transporte público como el uso compartido del coche.

En el plano estratégico, para frenar la sangría de los precios del GNL y evitar que EEUU juegue a enfrentar a Europa con Asia por los cargamentos, el think tank Bruegel propone una solución radical: que la UE actúe como un bloque y coordine sus compras de gas directamente con grandes importadores como Japón y Corea del Sur para evitar una guerra de pujas.

El problema invisible. Para entender la fotografía completa, hay que hablar del gran cuello de botella del que casi nadie habla: el hormigón y el cobre. El despliegue renovable europeo está chocando contra la falta de capacidad en las redes eléctricas. Según un informe del grupo de expertos climáticos Ember, al menos 120 GW de proyectos de energías renovables planificados en Europa están en riesgo simplemente porque la red no puede soportarlos. El atasco es monumental, con casi 700 GW de proyectos renovables atrapados en las colas de conexión esperando permisos a lo largo de los países europeos que reportan estos datos. 

Y esto no es solo un problema de las macroplantas de las grandes corporaciones; afecta directamente al ciudadano de a pie. Según los cálculos del mismo informe, 1,5 millones de hogares europeos podrían enfrentarse a retrasos para poder conectar los paneles solares de sus tejados por culpa de unas redes de distribución obsoletas que no tienen capacidad para asumir la energía.

Un desfase crónico. El problema de fondo es un desfase crónico en el propio sistema. Como señala Euractiv, Europa ha cambiado cómo genera su electricidad, pero no ha electrificado su economía real. Los coches siguen quemando petróleo, la industria pesada sigue usando gas fósil y la electrificación general de la economía lleva estancada diez años.

Europa ha pasado dos décadas y ha gastado miles de millones de euros creyendo que su salvación pasaba por cambiar la bandera del barco que le traía el gas. Al sustituir a la Rusia de Putin por el GNL de Estados Unidos, Bruselas pensó que compraba estabilidad democrática y seguridad de suministro. Sin embargo, la realidad de la Tercera Guerra del Golfo nos ha devuelto a la casilla de salida, topándonos de bruces con guerras comerciales, desvíos de cargamentos al pujante mercado asiático y tuits presidenciales que mandan a los europeos a buscarse su propio petróleo.

Detrás de la moraleja. La gran lección de esta crisis, refrendada por los datos de los países que más han apostado por su parque renovable, es rotunda: la verdadera independencia energética no consiste en tener el privilegio de elegir a quién le compras tu adicción a los combustibles fósiles. Consiste, simple y llanamente, en construir la infraestructura (redes modernas, electrificación industrial y bombas de calor) necesaria para dejar de consumirla.

Imagen | Photo by Haydn on Unsplash

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