A los seres humanos siempre nos quedará la creatividad, una máquina no puede crear ¿mito o realidad?

A los seres humanos siempre nos quedará la creatividad, una máquina no puede crear ¿mito o realidad?

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A los seres humanos siempre nos quedará la creatividad, una máquina no puede crear ¿mito o realidad?

Si tuviéramos que elegir cualidades que definen a los humanos, la creatividad sería sin duda una de ellas. La evolución ha dotado a nuestros cerebros de la capacidad para inventar, escribir, componer, pintar… en definitiva, crear arte. Hasta hemos pensado que esta capacidad nos hace únicos, pero la inteligencia artificial lo pone ahora en duda, con aplicaciones que producen música, textos o imágenes.

¿Puede un robot pintar una obra maestra? ¿Puede un algoritmo sentirse y expresarse de forma única y original o solo copiar e imitar patrones de las obras producidas por humanos? La denominada 'creatividad' computacional nos conduce a nuevas preguntas sobre la creatividad humana. Sobre si es un rasgo exclusivamente humano. ¿Hasta dónde puede llegar la inteligencia artificial? ¿Llegará algún día un ordenador a ser más creativo que una persona?

Hay respuestas para todos los gustos, desde las opiniones más laxas a las más puristas, que llevan a otras preguntas básicas. La primera: ¿cómo nace la creatividad humana?. "Como mamíferos, descendemos de un linaje muy largo. Hace aproximadamente 2,2 millones de años el _Homo habilis_ creó herramientas de piedra muy simples. Después llegó el _Homo erectus_, que diseñó una especie de hacha de mano que apenas cambió durante un millón y medio de años, lo cual nos dice mucho de su carácter innovador. Pero la primera evidencia de arte no llegaría hasta la aparición de nuestra especie , el _homo sapiens_" explica el neurocientífico Peter Ulric Tse, profesor en la universidad de Dartmouth College (EE.UU).

Nightmare Machine Imágenes tratadas por un algoritmo que las dota de un aspecto terrorífico. ©Nightmare Machine

La explicación de Ulric Tse a esto es que algo en el córtex frontal de nuestro cerebro cambió, y ese cambio fue clave para que nos volviéramos más creativos. "Nuestros circuitos neuronales nos brindaron la capacidad de pensar en tales cosas, crearlas y pintarlas, e incluso dibujar objetos que no podrían existir, como un león con cabeza humana. Alguien hace 40.000 años tuvo que imaginarlo y luego ir y dibujarlo", cuenta el científico.

Obviamente, las máquinas no cuentan con este bagaje. Pueden engullir y procesar toda esta información pero no son producto de ella, no está en su ADN cultural. ¿Pueden, aun así, ser creativas? "Primero deberíamos preguntarnos qué es la creatividad", dice Leire Legarreta, científica de datos y profesora en la Universidad de Mondragón. "Provenimos de una cultura en la que siempre se nos ha hecho creer que el concepto de creatividad es un concepto muy ligado a las artes y alejado de funciones más técnicas, una visión sin duda muy limitada", afirma.

Siendo así, y asumiendo que la creatividad es la capacidad o facilidad de crear o inventar , la investigadora asegura que no podemos dudar de la capacidad de una máquina para poner en relación conceptos que hasta el momento nadie había conectado. "Si sabemos cómo hacerlo, podemos utilizar técnicas de aprendizaje automático para diseñar nuevos soportes gráficos, generar nuevos textos con sentido o resolver problemas de forma nunca antes planteadas", explica en respuesta a Xataka a través de la plataforma YouCheck.

Legarreta señala, además, que muchos algoritmos de búsqueda incluyen en el proceso aleatoriedad para, de esta forma, conseguir mejores resultados, "que no es otra cosa que lo que ha venido haciendo durante años y años la propia naturaleza en su proceso creativo". Apostilla, sin embargo, que tal vez el proceso debería incluir una última fase que valide el atractivo del resultado así diseñado. "Para esto poca ciencia se me ocurre, como tampoco la hay para predecir el éxito la obra de un artista, ¿o sí?", se pregunta. "Ante la duda, siempre nos quedará la opción de testear en el mercado el producto diseñado, algo en lo que, al fin y al cabo, una máquina también nos puede ayudar", concluye.

Aprender e imitar

Lo cierto, no obstante, es que sí hay ciertos factores que pueden ayudar a pronosticar el éxito de una creación artística. En eso, de hecho, se basan sistemas de inteligencia artificial en ámbitos, por ejemplo, como el de la música. El productor ganador de un Grammy Alex Da Kid usó el sistema de inteligencia cognitiva Watson (de IBM) para analizar cinco años de textos periodísticos, sentencias del Tribunal Supremo, artículos de Wikipedia o sinopsis de películas populares para reconocer los temas culturales más significativos.

Después, Watson estudió el tono de los artículos, blogs y tuits al respecto para conocer lo que la gente se sentía sobre ellos. También analizó las letras de las canciones más populares y su composición para encontrar patrones útiles, progresiones de acordes y géneros. Con todo ello compuso 'Not easy' (No es fácil), su primera canción cognitiva -en torno al concepto de "corazón roto"- que interpreta junto con X Ambassadors, Elle King y Wiz Khalifa.

La investigadora (y pianista) y experta en informática aplicada a la música Emilia Gómez cree que un algoritmo de generación de sonido o música puede ser creativo por sí mismo y generar material musical interesante, complementando la creatividad humana. Esta científica del departamento DTIC de la Universidad Pompeu Fabra -que lidera el proyecto europeo HUMAINT sobre el impacto de la inteligencia computacional en el comportamiento humano- asegura que, en general, la creatividad musical es algo difícil de definir. "Se entiende por creativo algo que es nuevo y tiene un valor. Y esa definición es subjetiva y depende del oyente o receptor", sostiene.

La música no es ni mucho menos el único campo artístico en el que se usa la inteligencia artificial. En 2015, investigadores de varias universidades mostraron al mundo por primera vez cómo un algoritmo podía separar y recombinar el contenido y estilo de las pinturas más famosas, aplicándolo a fotografías para crear imágenes artísticas en el proyecto DeepArt.

En abril de 2016, un proyecto de Microsoft, ING, la Universidad Técnica de Delft (Países Bajos) y varios museos demostró -con Next Rembrandt- que unos algoritmos y una impresora 3D podían pintar un cuadro de Rembrandt. Más tarde, el grupo artístico Softlab e IBM Watson expusieron en público una escultura creada por esta tecnología cognitiva, bautizada como 'La primera escultura pensante', inspirada en Gaudí. Google no podía faltar en la lista, con herramientas como Deepdream, creadora del primer videoclip realizado por una inteligencia artificial.

El investigador español Manuel Cebrián lleva años trabajando en proyectos de este tipo, primero como investigador jefe de la Unidad Data61 en la Organización de Investigación Científica e Industrial de la Commonwealth (CSIRO, en Australia) y ahora como parte del grupo en el MIT Media Lab del MIT (el Instituto Tecnológico de Massachusetts). Cebrián asegura que sí: las máquinas sí pueden ser creativas. Para demostrarlo, creó una 'Máquina de pesadillas' (Nightmare Machine) mediante algoritmos de aprendizaje profundo de última generación a los que había enseñado a reconocer patrones en imágenes que causan terror y a crear, en base a ellos pero a su libre albedrío, imágenes capaces de asustar.

Después, el investigador usó esta tecnología para un proyecto humanitario con Unicef llamado 'Empatía profunda' (DeepEmpathy). Consiste en usar fotografías de conflictos armados para transformar, mediante IA, imágenes de barrios de todo el mundo con un filtro que simule cómo quedarían tras un ataque. Cebrián también dio vida a Shelley, una inteligencia artificial que puede escribir relatos de terror de forma colaborativa con humanos.

La colaboración entre arte y tecnología es lo que ha vehiculado la obra de Alberto Levy un ingeniero que desde muy temprano se interesó por cómo facilitar y potenciar esta interacción. Su última actuación fue en la inauguración de la Mobile Week Coruña el pasado noviembre, donde usó un algoritmo que él mismo ha diseñado para producir una representación visual a partir de la medición de la actividad eléctrica de su cerebro. En este caso lo hizo mientras escuchaba, sobre el escenario, la música de la banda municipal de La Coruña. Un show que ha llevado ya a países como India, Reino Unido, Colombia, Argentina, Brasil o Italia, cargado únicamente con su electroencefalógrafo portátil.

Alberto Levy Alberto Levy durante una de sus actuaciones

"Lo que hago es colaborar con talentos locales relacionados con la música o las bellas artes, con un resultado sorprendente", asegura Levy. Su propósito con esta obra es explorar las posibilidades de autoría en el arte, ya que no está claro quién es el autor. "¿Es la audiencia, los músicos, el algoritmo, yo mismo?", se pregunta. Su respuesta: es una creación colaborativa que se realiza en tiempo real y es muy singular porque no se puede repetir nunca, el resultado es único e involuntario, porque se basa en la actividad cerebral que no podemos controlar", explica.

Creatividad… ¿y arte?

Los expertos consultados coinciden en que sí, una máquina puede ser creativa. Eso no significa que pueda crear obras de arte, que son palabras mayores. ¿Puede? De acuerdo con Ulric Tse hay varios grados de creatividad y el ser humano no fue capaz de producir arte como tal hasta que no llegó a la fase de _homo sapiens_. ¿Podría establecerse un desarrollo similar en el caso de la IA? El neurocientífico ve una barrera clara: "las máquinas no pueden sentir emoción ni, por tanto, convertirla en arte".

Luis Beltrán, catedrático del departamento de Lingüística General e Hispánica de la Universidad de Zaragoza es más tajante. Asegura que las máquinas no pueden crear arte que no sea arte muerto, una mera imitación. Tal y como lo ve, el arte "es la expresión simbólica dirigida a las generaciones futuras; es la forma de comunicarnos entre generaciones que no coinciden en el tiempo". Pero las máquinas -asegura- no pueden crear símbolos, solo imitarlos. Tampoco hablan al futuro sino a los vivos.

En su artículo _Arte e inteligencia artificial,_ Beltrán sostiene que el debate sobre si las máquinas pueden producir arte es una manifestación parcial del gran debate de la Modernidad: el problema del Hombre-Dios. "La era moderna ha sustituido a Dios por el sujeto humano en el eje del Universo. Y se ha planteado divinizar al hombre", afirma. "No es casual -prosigue- que, puesto que tiene que asumir capacidades superiores, pretenda traspasar sus propias capacidades a las máquinas".

El experto asegura que una de las consecuencias del debate sobre el Hombre-Dios y la muerte de Dios es el debate sobre la muerte del arte. "Y si el arte muere, bien puede asumirlo una máquina", concluye. Gómez, por su parte, no tiene claro si el hecho de que no haya una intencionalidad invalida que algo pueda calificarse como 'arte', ya que la persona que programa la máquina probablemente sí la tenga. ¿Se dirigió Mozart conscientemente a las generaciones futuras?", se pregunta.

Lo que está claro es que los intentos por perfeccionar la creatividad artificial pueden ayudar a conocer mejor la imaginación humana, y que está podría ser la base de sistemas híbridos que se asienten en las capacidades de ambos (personas y máquinas). Tal vez no se equivoquen ni Beltrán ni el conocido escritor Yuval Noah Harari en que aspiramos a ser dioses.

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