También envejecemos online: las actitudes que creíamos juveniles nos hacen parecer ancianos a ojos de los veinteañeros

Viejoven
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Dijo Patrick Ness, autor de 'Un monstruo viene a verme', que "cumplir años es envejecer, crecer es otra cosa. Es darse cuenta de que la vida no es lo que esperas. Es comprobar que a veces se gana y otras se pierde. Y sobre todo, que a veces se gana y se pierde al mismo tiempo. Crecer es aceptar la incertidumbre".

Esa misma sensación experimento desde la primera vez en que alguien me reveló que los GIFs son de "viejos". También los emojis. Que la juventud solo los usa de forma sarcástica. Usar GIFs y emojis en las comunicaciones personales, ayer símbolo de modernidad, es hoy distintivo de senectud vital. En toda la incertidumbre.

Los que éramos niños en los albores del IRC, la primera generación que llegó a la adolescencia usando compulsivamente el Messenger, los que supimos antes de minijuegos.com que de las aurigas de Platón, hoy nos enfrentamos  a la dura realidad de que la agenda ya la marcan los que vienen por debajo. Los de las coreografías en TikTok a las que si se nos ocurriera asomarnos llevaríamos la palabra C-R-E-E-P-Y tatuada en la frente.

Ayer gloria, hoy supervivencia.

Con naturalidad

Somos los que dejamos atrás la terrorífica escritura de SMS en los 2000s, que economizaba el lenguaje cometiendo tropelías, para abrazar la escritura correcta cuando WhatsApp destruyó las barreras económicas que acarreaba escribir bien. Hoy es motivo de chanza, según señala un artículo de El País publicado justo después de que un servidor propusiera este tema a su jefe (grrr).

Repasar nuestras intervenciones en grupos de WhatsApp o nuestro timeline en Twitter, detectando que el tono y la forma dista mucho del de la juventud de hoy equivale a descubrirse canas frente al espejo. Ya son otros tiempos.

Pese a peinar algunas, supe pronto que contárselas no sirve de nada, que empeñarse en que el tiempo no pasa no es una opción, y que las dudas existenciales solo son complicadas de responder en la medida en que uno quiere. No hay nada de malo en ir acercándose al boomer cuya comunicación dista de la los veinteañeros, lo jodido sería no asumir el paso del tiempo y pretender seguir forever young eternamente. El Señor Burns no es ridículo ni siquiera cuando dice frases como "¡Es una auténtica sinvergonzonería que las mozas de buen ver se libren con sus coqueteos de las multas por exceso de velocidad!". Pero sí lo es cuando aparece con gorro de lana y camiseta calavérica en el despacho del director.

Lo imperecedero de la presencia online es una anomalía. Cuando uno deja atrás los treinta es cuando va viendo cómo su entorno cambia: el bala ha tenido un hijo, la que encadenaba empleos aleatorios se ha asentado en una asesoría y el runner pasa más tiempo en el fisio que en el asfalto. En Internet esas señales de la madurez, o el envejecimiento, son tan sutiles como las podamos camuflar, y la irrealidad se cronifica. De aquellos barros en Instagram, estos lodos. En la vida real no hay filtros.

Los treintañeros nos reímos de los sesentañeros que mandan ilustraciones por WhatsApp para dar los buenos días y celebran cualquier logro familiar con treinta emojis de botellas de champán. Los que no tienen edad para bebérselo son los que ven ridículas nuestras conductas online. Qué le vamos a hacer. Nada es tan sano como asumir la edad y el momento vital sin pretender ser lo que ya no se es.

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