He conocido mejor Instagram en un año sin él que tras ocho años usándolo

He conocido mejor Instagram en un año sin él que tras ocho años usándolo
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Empecé a usar Instagram en junio de 2011. Recuerdo perfectamente dónde y con quién estaba, y cuál fue la primera foto que subí. Me pareció una novedad divertida por lo fácil de crear imágenes bonitas (vistas casi diez años después, eran espantosas), y más que por su propia red social -éramos cuatro gatos-, por poder llevar esas imágenes a Twitter o Facebook, mucho más concurridas. Por aquel entonces, Facebook todavía no era la reina de las comunicaciones globales.

En diciembre de 2018 decidí dejar de usar Instagram y pasé a desactivar todas las notificaciones de Instagram, llevar su icono a la última página de una carpeta remota y vetar que me apareciese en las sugerencias de aplicaciones de Siri. Ahí estuvo unos meses, por si me hiciese falta para contactar con alguien (escribo reportajes y cualquier vía de contacto puede ser muy útil), hasta que decidí desinstalarla por completo. Entre medias, años pasando cada vez más tiempo al día en esta aplicación.

Sentía varias causas para dar este paso. En primer lugar, no me gustaba en lo que se había convertido esta red. En segundo lugar, quería hacer un uso más consciente de la tecnología, e Instagram a menudo se convertía en un agujero negro para mi atención: me era muy difícil asignar un tiempo diario dedicado a usarlo y no excederme por mucho. Incluso el recibir notificaciones de nuevos likes y sus chutes de dopamina me dificultaban enfocarme en las tareas importantes. En tercer lugar, quería neutralizar los efectos que Instagram había tenido en mi vida durante mucho tiempo. Luego iré con eso. Casi un año y medio después, he aprendido más que nunca sobre Instagram y lo que implica decirle adiós.

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¿Está seguro de que quiere eliminar 'Instagram'?

Mosaico de fotos idénticas (mujer de espaldas con un sombrero y un paisaje al fondo) publicadas por instagrammers. Subir la misma foto que los demás para sentirnos originales.

En las primeras semanas, quizás incluso meses, noté que Instagram se había convertido en un hábito que alcanzaba incluso a la memoria muscular. Sacaba mi iPhone del bolsillo y a veces ni siquiera sabía exactamente qué iba a hacer con él. Fue entonces cuando noté que tenía asumido que el pulgar iba por inercia a pulsar el icono de Instagram para perderme viendo stories, publicaciones, y la mayor espiral de improductividad de todos los tiempos: la sección 'Explorar'. Cuántas horas perdidas en esa lupa y ese scroll infinito.

Instagram se convirtió en una espiral que acaparaba mi atención, algo que quise atajar

Instagram había reemplazado a varias distracciones. Ni recordaba cuál fue el último juego que instalé en el iPhone, posiblemente la mayoría de juegos para iOS tienen una vocación casual, para ratos muertos, e Instagram estaba llenándome por completo esas horas.

Luego entendí que Instagram ya no era exactamente una red social, sino mucho más. Era básicamente un soporte publicitario, tanto de marcas que pagan por aparecer entre nuestras stories como de gente que busca lucirse de forma constante, ya sea para encontrar pareja o un empleo mejor. La pureza de antaño, donde simplemente se buscaba transmitir a nuestros conocidos las novedades de nuestra vida, se había perdido.

Instagram incluso fuerza inconscientemente a exponer ahí nuestra mejor cara. La del triunfo, la de los avances en el gimnasio, la del libro de nuestra mesilla de noche, la de las comidas en lugares idílicos. Pero no la de la vida real, donde todos tenemos problemas, placeres culpables e imperfecciones. Aunque esto último está empezando a tener un giro perverso: el de la tristeza convertida en capital cultural. El de quien retuerce las conversaciones sobre salud mental en su propio beneficio.

La llegada en 2016 de las stories fue clave para terminar de engancharnos. Al llegar el contenido efímero, no hacía falta tanta labor de edición para perfeccionar el resultado: con algo espontáneo ya podía servir. Y así pasamos de retratar momentos puntuales a exponer nuestras vidas de forma periódica. Y en muchos casos, a poner una barrera entre nuestras experiencias vitales y nosotros: si no dejamos constancia de esto en Instagram será como si no lo hubiésemos vivido.

Asistentes a un concierto, todos sosteniendo un móvil en sus manos.

Durante los meses previos al adiós me planteaba si dar carpetazo me iba a suponer quedarme sin contacto social con la gente que me importaba, y más viviendo lejos de la mayoría de ellos. La consecuencia finalmente fue en otra dirección: no saber absolutamente nada de esas personas me hizo empezar a escribirles más por motu proprio. No supe que una vieja amiga estaba embarazada hasta el séptimo mes, pero cuando me lo contó estuvimos hablando un largo rato. Con Instagram me hubiese enterado tan pronto lo hubiese hecho público, pero me cuesta creer que hubiese intercambiado con ella algo más que un "enhorabuena" con un par de emojis.

Socializando más sin redes sociales

Paradójicamente, mi ausencia en las redes sociales mayoritarias me ha hecho volver a socializar más. Navegando por Instagram me llevaba una ilusión de completitud, "ya estoy al día sobre lo que le está ocurriendo a mi gente", que no me generaba alicientes para profundizar. Como el que ve una TED Talk y se marcha pensando que ya sabe todo lo que hay que saber sobre el marketing.

Por descontado, me di cuenta de que había pasado demasiado tiempo pendiente de gente que no me importaba lo más mínimo. Esa gente que el aura de Instagram nos induce a considerar, pero una vez fuera de ella, caemos en que ni siquiera hemos echado de menos saber sobre ellos. Y sin embargo, antes sentimos esa cierta necesidad de estar al tanto de su vida. O del cachito que quieren enseñar.

En última instancia, fui cayendo en algo más doloroso: repasando mis publicaciones antiguas para ir archivándolas y dejando ese pasado fuera del alcance de mirones, noté cómo durante años había priorizado la estética para la foto de turno a la hora de decidir ciertos planes o destinos. La obsesión por retratarnos en parajes perfectos y originales ha acabado fastidiando a urbanizaciones que de la noche a la mañana se han visto llenas de gente haciéndose fotos. Y no son las únicas.

La voluntad de convertir Instagram en un lugar exageradamente agradable ha terminado resultando hostil

He conocido gente que ha pasado sus vacaciones en Bali exclusivamente para hacerse una foto con posado místico en el Templo Lempuyang, una foto que por cierto se ha acabado descubriendo como una engañifa más. El turismo de los likes. Yo no llegué a ese extremo, pero podría haberlo hecho y caí en trampas similares.

Resulta curioso que los esfuerzos por ser exclusivos y originales a la hora de adornar nuestras cuentas nos ha llevado a publicar fotos idénticas en masa. Facebook ha querido hacer de Instagram un lugar tan agradable que ha terminado resultando artificial y hostil. La decisión de bajarme de ese barco tuvo cierto peaje social, pero no me arrepiento en absoluto. Al menos TikTok ha asomado como alternativa a Instagram que plantea un cambio de paradigma: en Instagram se es quien se sueña ser, en TikTok se es la versión cutre y honesta de quien ha perdido los filtros.

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