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¿Podría erradicarse la tecnología de consumo en un mundo como el de 'The Handmaid's Tale'?

¿Podría erradicarse la tecnología de consumo en un mundo como el de 'The Handmaid's Tale'?
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A estas alturas seguramente ya hayas oído hablar de 'The Handmaid’s Tale'. No sólo es una novela de éxito, reeditada sin pausa y situada entre las 100 novelas más vendidas de este 2017: también ha sido condecorada a la mejor serie dramática en la 69ª edición de los Premios Emmy. Ambas piezas, serie y novela, viven un momento de gloriosa popularidad gracias a su lectura distópica de unos Estados Unidos pesadillescos.

Uno de los aspectos más llamativos de su ficción la encontramos en la ausencia de dispositivos electrónicos de ocio. Olvídate de tu smartphone: el mundo ha vuelto a un estado casi medieval, donde todo lo remotamente tecnológico ha sido extirpado por un gobierno totalitario altamente militarizado.

Pero, ¿podría darse una situación de estas características en la actualidad? ¿Imaginas cómo sería si, de repente, no pudieras utilizar tu LG G6 para poner un WhatsApp o simplemente hacer un comentario en Instagram?

Libertad dirigida

Switchboard

Tal vez debamos remontarnos a nuestro pasado para entender nuestro presente. Hoy es muy difícil vivir desconectado cuando aquello que nos rodea —trabajo, estudios, amistades— está tan informatizado. Es habitual escuchar quejas en claustros de profesores donde apenas uno o dos alumnos no cuentan con ordenador en casa; igual que es incómodo comprobar que algún colega del trabajo ni siquiera tiene móvil para localizarlo y es imposible cuadrar turnos con él.

Estimamos Internet casi como un "derecho fundamental", por todas las soluciones que propone

Esto nos ha llevado al punto de normalización total: estimamos Internet casi como derecho fundamental por todas las soluciones que propone. Mientras pedimos el Über más cercano o buscamos dónde comer, pasamos una media de 46 minutos delante de Facebook. Mientras nos traen la compra a casa en unos 30 minutos, consultamos la cartelera y reservamos las entradas para el cine.

Ese supuesto derecho natural cataloga nuestro tiempo como único: la tecnología es parte de nuestro día a día a un nivel muy íntimo y personal. ¿Qué pasaría si este esquema se rompiese? Más aún: ¿podríamos dar pasos atrás hacia un punto donde no tenemos derecho a usar nuestros gadgets, nuestros wearables o consolas?

El día que el mundo se quedó a oscuras

Hand

Todo comenzaría a través de bots farmeando palabras y recolectando información de búsquedas. Exacto: tal y como se hace hoy día para detectar posibles criminales. Las Inteligencias Artificiales minarían esas enormes bases de datos y crearían perfiles de “usuarios problemáticos”.

¿Nos estamos desviando demasiado? No: China lleva unos meses viento en popa a toda vela con su SkyNet, su red de redes que vincula y reduce cada ser humano a una bolsa de datos. No es necesario dejarse caer por videojuegos como Watch Dogs para ser conscientes de la viabilidad de esos bloqueos.

Recibiríamos mensajes del tipo «una ley gubernamental ha bloqueado tu dispositivo porque incumples con la Ley Orgánica tal o cual». A partir de aquí llegarían demandas en masa y, para helar los ánimos, dicho bloqueo se daría a nivel estatal. Tras ese primer contacto de redes cortadas y bloqueos de información en zonas comunes —como el trabajo, lugares públicos como centros comerciales— llegaría una segunda fase de cacheos y aduanas regionales, para desembocar en un seguimiento mediante chips y militarización total.

Erradicar toda tecnología de consumo es más sencillo que hacerla llegar a las manos de los consumidores

Nada mejor que la confusión para maniatar al ciudadano. Esta es una de las premisas centrales en la novela: «[…] Fue después de la catástrofe, cuando le dispararon al presidente y ametrallaron el Congreso, y el ejército declaró el estado de emergencia. En aquel momento culparon a los fanáticos islámicos. Hay que mantener la calma, aconsejaban por televisión. Todo está bajo control. Yo estaba anonadada. Como todo el mundo».

Lanzar un virus que inutilice nuestros dispositivos es más efectivo aún que intentar confiscarlos, que requisar cada aparato a través de cacheos aduaneros. Aún podríamos operar sin Internet, claro. Aquí entronca la tercera fase: limpieza sistemática. Erradicar toda tecnología de consumo es más sencillo que hacerla llegar a las manos de los consumidores. ¿Cómo? A través de la ley, claro.

¿Podrían quitarnos el móvil de las manos?

Ley

Sí. Los intereses privados no valen nada si, por nuestro bien, por nuestra protección, debe suspenderse todo cacharro electrónico. Y tendríamos que remontarnos a una ley que data del 10 de enero de 1879. Entonces se entendía como «expropiación tendente a la mejora, saneamiento y ensanche interior de las grandes poblaciones». Los ayuntamientos podían ejecutar remodelar los espacios comunes mediante concesiones de particulares. Dicho de otra forma: si tenías un huerto en mitad de una futura carretera, ese huerto dejaba de ser tuyo. Y de aquí tendríamos que derivar a la Ley de 16 de diciembre de 1954 sobre “expropiación forzosa”.

En pos de la eficacia administrativa, de garantizar unos mínimos en materia de salud, economía o seguridad ciudadana, estos están obligados a deponer cualquier artículo de su propiedad que pueda vulnerar la máxima. ¿Ha escrito un asesino una nota sobre el cuaderno escolar de un niño? Ese material pasa automáticamente a ser parte de una investigación: confiscado. Más aún: ¿la información que contiene tu móvil es susceptible de interferir o perjudicar sobre intereses gubernamentales? Confiscado. No hay más debate.

La Ley de 16 de diciembre de 1954 sobre expropiación forzosa obliga a entregar cualquier artículo que vulnere cualquier máxima gubernamental

Pero la «amenaza sobre el estado de derecho» no son las únicas argollas que pueden condicionar libertades. En España nació la ‘Ley Mordaza’ para «evitar otro 15M». La Ley de Seguridad Ciudadana penaliza a cualquiera que perturbe dicha seguridad, imputando a un particular que siquiera fotografíe a un policía secreta —ya que compromete su trabajo—.

Los precedentes no son tan remotos: Iraq congeló el acceso a Internet para evitar que sus alumnos copiaran en sus exámenes de graduación. India restringe el acceso cada vez que… bueno, cada vez que estima oportuno. La autora Rebecca MacKinnon lo bautizó como “autoritarismo en red”, en referencia a la forma en la que el gobierno chino congela y vitupera sus redes a conveniencia. De hecho, la web que visitamos ya es una versión censurada y configurada en torno a unos parámetros comerciales y perfiles de usuario.

¿Quién espía a los espías?

China Png

«Escala de censura» Fuente: Economist.com

Seguramente recuerdas aquella psicosis vivida hace unos meses a costa del WannaCry. El ransomware implicado secuestró a casi 350.000 ordenadores repartidos por 150 países. Cuando se buscaron culpables muchos dedos apuntaron hacia el Bureau 121, unidad hacker operando desde 1998 que trabaja para el régimen de Corea del Norte, aunque cuentan con fuerzas desplegadas en Shenyang, China.

La faceta perversa de todo este descubrimiento fue que el exploit, el parásito que se alojaba en distintos servidores, es herencia del creado por la NSA, la Agencia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos. El grupo hacker Shadow Brokers sólo filtró las llaves entre equipos como EternalBlue; el resto es historia.

Wanna

Este, a su vez, era análogo de ExpressLane, un virus diseñado por la CIA para espiar al FBI. El propio FBI ya tuvo su violento affaire; la Homeland Security hizo lo propio entre sus filas; y WikiLeaks puso sobre la mesa cómo el gobierno espía a su ciudadanos de forma indiscriminada mediante smart TV’s, altavoces inteligentes o teléfonos, incluso servicios como WhatsApp o Signal.

La mayoría de estos servicios incluyen un “botón de pánico” que bloquea el sistema para que no les detecten. Hacktivistas y novelistas como Cory Doctorow ya subrayaron en Little Brother sobre la mesa la propiedad telúrica que posee cualquier gobierno: la protección contra el terrorismo puede conducir a acciones que vulneren los derechos humanos básicos. Es decir, miedo espoleado con más miedo.

De vuelta al jardín del Edén

¿Y después? ¿Qué sucedería si nos privaran de todos nuestros gadgets? Los antecedentes antropológicos nos han dejado una valiosa lección: ante la confusión, el ser humano se vuelve inestable, inesperado, pero no siempre violento; tiende a huír, recluirse y volverse dócil a cambio de esos derechos básicos —el estándar de bienestar desciende rápidamente—.

Code

EDEN fue un reality show que disfrazado de experimento sociológico. O al revés: Channel 4 abandonó el proyecto tras las bajas audiencias y pero mantuvo a sus cobayas más de ocho meses aislados del mundo real, en un pequeño islote escocés donde la prensa no informaba, por ejemplo, del Brexit. Muchos abandonaron este sistema tribal. Pero, ¿y si no pudieras renunciar? La pesadilla se tornaría realidad.

Antes de preguntarte si de verdad estarías dispuesto a renunciar a tu LG G6 no olvides un matiz destacable: tu móvil puede ser también una importantísima herramienta liberadora contra cualquier forma de censura. Un mundo como el de ¡The Handmaid’s Tale' es improbable en este mismo instante. A nivel internacional, al menos. ¿Pero qué podríamos dar por seguro a través de sus recovecos, de los resquicios legales?

Imágenes | Hulu, Pixabay, Economist

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