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La IA en tu smartphone no es cosa del futuro: la tienes ya entre las manos

La IA en tu smartphone no es cosa del futuro: la tienes ya entre las manos
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El 77% de los estadounidenses posee un teléfono inteligente. Eso son muchos dispositivos “inteligentes”: casi 250 millones de smartphones sólo en el gran país. Aunque algunos serán más listos que otros, claro.

La de la Inteligencia Artificial y la telefonía móvil es una relación necesaria. Cuanto más inteligente es, mejor servicio brinda. Pero no hace falta cruzar las manos en visera y mirar al horizonte para imaginar el futuro: lo tenemos delante. Gracias a los algoritmos de aprendizaje automático, ése que dice que cuanto más hablamos al micro mejor reconoce y entiende nuestra voz, nuestros teléfonos son cada día más audaces.

Y voraces: si nos fijamos en el teléfono LG G6 nos encontramos con un procesador Qualcomm Snapdragon 821 de 14 nanómetros y 4GB de RAM. Seguro que algunos de los que estáis leyendo estas líneas recordáis los estándares de hace apenas una década. Ya hubiésemos querido para nuestros XP un núcleo así.

¿Cuál es el coeficiente intelectual de mi móvil?

Ia

Determinar la inteligencia de nuestros teléfonos actuales es harto difícil, ya que no dependen de la potencia bruta, sino de las aptitudes de su software.

No necesitamos hablar de gigas de memoria, sino de los avances en reconocimiento facial, el rendimiento de Maps y la forma en la que obtienen información contextual para ofrecernos soluciones. Respuestas dinámicas a situaciones cambiantes.

Muchos expertos apuntan a que los smartphones, tarde o temprano, «se comportarán como entidades inteligentes que sabrán cómo nos sentimos, cuáles son nuestras emociones», lo que ayudaría a predecir mejoras en nuestro estatus. Ian Fogg, director de telecomunicaciones de IHS Markit, aseguró que será a través de nuestros asistentes como avanzará nuestra industria social. ¿A qué se refería?

Oreo

Para responder a esta pregunta sólo hay que fijarse en una galletita de la fortuna, en una Oreo para ser exactos. El actual sistema operativo de Android permite conectarse a una red WiFi con sólo escanear el router emisor. Eso se llama información contextual.

Más aún: seguramente hayas oído hablar de Google Lens. Esta IA reconoce objetos, edificios emblemáticos o lugares de interés comercial. Información que utiliza para lanzarnos datos históricos y enlaces, con sólo enfocar la cámara.

Ésta es, a todas luces, una revolución en ciernes: aunque se prevé un progreso lento y cauto, analizando hasta el último resquicio de sus oscuros secretos y riesgos reales, la inversión en tecnología de IA ha aumentado en un 300%. Se estima que las IA’s robotizadas aumentarán las interacciones con los servicios de atención al cliente hasta en un 85%. Para 2035, estas tecnologías habrán hecho crecer la productividad comercial hasta en un 40%.

Potenciando aplicaciones hasta un nuevo nivel

Lg

Pongamos como ejemplo el citado LG G6, uno de los primeros equipos en contar con Google Assistant. Y centrémonos en su sistema de reconocimiento facial: gracias a sus algoritmos de reconocimiento, la app nativa cuenta con opciones como Auto Shot o el Gesture Shot avanzado. Podemos lanzar una selfie haciendo el gesto de cerrar el puño o una secuencia de cuatro selfies repitiendo este gesto dos veces. Sirven, por un lado, como método de identificación y, por otro, como herramienta de ocio avanzado.

Estos añadidos de software han sido posibilitados gracias a la inteligencia artificial, ni más ni menos. La mejora del estabilizador óptico gracias al Steady Record 2.0, o el tracking focus, una opción que graba vídeos de objetos o personas en movimiento y ajusta el enfoque para hacer un seguimiento preciso.

Todas son consecuencia directa de un avance en la forma de procesar la información que recibe el teléfono —las fotos que toma, por cierto, recaban hasta el triple de metadatos que la app anterior—. Y esta circunstancia no sólo se da en apps nativas como podría ser Google Maps: todas las redes que comprendan una interacción directa con el usuario —Facebook, WhatsApp— se benefician de las herramientas “inteligentes” de nuestro smartphone.

Robot

La evolución más importante (y veloz) vivida en la historia de las IA’s viene propiciada a partir del aumento de chatbots. Durante años se programaron para dar respuestas concretas a preguntas específicas. Eran juguetes bobos y limitados.

El deep learning implica una modulación de esas respuestas, un progreso que ha desembocado en asistentes que hacen la compra si detectan que la nevera está vacía o que responden «¿qué respuesta le agradaría más?» a la abstracta pregunta «me pregunto qué debería escribir». Eso no es vencer al Test de Turing, es mantener una maldita conversación.

La importancia del anonimato

En este punto suele surgir una línea de debate recurrente: ¿por qué acumular tantos datos? Cuanta más información recolecta un teléfono, más información puede usar. Es sencillo: desde el mismo instante que descargas una aplicación estás aceptando un contrato con una empresa. En esa transición estás aceptando compartir varios niveles de información.

Los servidores de las empresas ya ni siquiera guardan ficheros de usuario

Los servidores de las empresas ya ni siquiera guardan ficheros de usuario, sino que son las propias Inteligencias Artificiales quienes modifican la oferta de contenidos en torno a esa información minada y acumulada.

Las IA sirven incluso para potenciar la privacidad: la distribución de recursos mediante crowdsourcing anonimiza la información, diseminarla en distintos servidores para que un acceso indebido pueda reconocer a qué tipo de usuario individual se refiere. Esa lista de emojis más usados, ese vocabulario privado, esa carpeta de enlaces… es información no asociada a una persona, sino a una serie de nodos que componen un perfil anónimo.

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Las IA’s aún tienen bastante que aprender sobre comportamiento humano, pero la transformación hacia esa Web 4.0 ya está frente a nosotros: comunicación máquina a máquina (M2M) y aprendizaje profundo alterando nuestro día a día.

El último paso se vertebra en torno a la eficiencia, a ese momento donde la potencia de cálculo haya optimizado los procesos y los haya reducido a pausas imperceptibles, como si estuviésemos ante una persona pensando en una palabra que tiene en la punta de la lengua. Entonces estaremos ante una relación más directa, personalizada y, por definición, inteligente.

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