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Hay mucho más que estética detrás de un borde curvo o recto

Hay mucho más que estética detrás de un borde curvo o recto
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Durante muchos años los teléfonos móviles eran cajas de plástico que encerraban un circuito impreso, una botonera y una larga antena conectada. Su circuitería era básica; sus funciones, muy limitadas. Pero esa discursiva en torno al gadget mutó: ha de adaptarse al ser humano, tornar hacia lo orgánico. La tecnología lo propició.

En el mundo del smartphone, cada cierto tiempo surge un nuevo debate sobre diseño: ¿por qué ahora teléfonos curvos, por qué cambiar de aluminio, por qué recortar espacio a los biseles? No imaginamos que estos movimientos hacia uno y otro lado surgen en los laboratorios de diseño, no en los departamentos de marketing.

Un universo de círculos

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La filosofía nos dice que la línea recta no existe, sino que se trata de una ilusión óptica —un segmento minúsculo de una gran circunferencia—. Importantes teóricos en geometría como Bernhard Riemann lo sostienen. Los rayos de luz, la propagación del sonido, las ondas de radio: todo está compuesto por curvas a distintas escalas.

En diseño, al contrario, bajo cada curva convive una línea recta. Las necesitamos para poder analizar el espacio, para encapsular su dimensión. Y, a partir de aquí, empezar a curvar. Si nos fijamos en smartphones como el LG G6 podemos entender mejor esta analogía: sus esquinas redondeadas encuentran su punto de equilibrio en las líneas rectas que embellecen el marco.

Las líneas contorneadas conceden más funcionalidades: los terminales son menos vulnerables en los golpes por caídas

Las líneas contorneadas conceden más funcionalidades: los terminales son menos vulnerables en los golpes por caídas; también mejora el agarre, haciendo que hablar por teléfono sea más cómodo. Esto es algo sobre lo que han insistido algunos de los más importantes fabricantes de los últimos tiempos. Sólo tenemos que contemplar nuestra anatomía: la simetría apenas es una percepción por proximidad.

Es posible que hayas oído hablar de los rectacicles y ‘squircle’ —evocando una figura geométrica denominada cuadrírculo, es decir, un cuadrado de bordes redondeados—. Las curvas inspiran cierta suavidad. La tradición japonesa asocian la recta al género masculino y la curva al femenino: un teléfono que contenta estos dos elementos se mantendrá en perfecto equilibrio.

Lo que el ojo ve pero no entiende

Lame

Estas figuras son conocidas desde hace dos siglos y se llaman superelipses, también denominadas “curvas de Lamé”, en honor al matemático francés Gabriel Lamé, quien contribuyó enormemente a la teoría de las ecuaciones diferenciales parciales mediante el uso de coordenadas curvilíneas.

Lamé generalizó la ecuación de la elipse, donde N es siempre un valor mayor que cero y sus dos ejes A y B actúan en consecuencia directa, conservando sus características geométricas, tanto el eje semi-mayor como semi-menor. Pero no todo el mundo estaba de acuerdo con sus postulados: no fue hasta mediados del siglo XX cuando el poeta y arquitecto Piet Hein comenzó a usar hiperelipses en sus creaciones.

Como es lógico, todo esto responde a una serie de condicionantes: durante los primeros estadios del diseño y prototipado —ya sea mediante modelado, impresión 3D, etcétera—, los ingenieros realizan una esquematización básica de componentes y determinan el espacio que necesita el móvil para contenerlos.

Si un terminal fuese estrictamente rectangular, cuando los bordes se golpeasen acabarían abollados a la primera caída y afectarían a los componentes internos. Esa fuerza, medida en newtons, se distribuye de manera más orgánica sobre una superficie curva. Es física: los bordes lisos ofrecen mayor resistencia; las formas afiladas son más vulnerables.

Seduciendo al cerebro

Curva

Esto no alude sólo a una necesidad en resistencia y accesibilidad: también confiere ese aspecto amable, ya que los bordes hacen que la luz rebote de distinta manera que sobre superficie recta, embelleciéndolos. La distribución de la luz no es homogénea: la curvatura provoca que las superficies tengan cambios de iluminación —lo que se conoce como peine de curvatura—. Y sí, estos índices de reflectancia también se estudian y calibran.

Los bordes curvos hacen que la luz rebote de distinta manera que sobre superficie recta, embelleciéndolos

Gracias a aplicaciones de software como CAD (Diseño Asistido por Ordenador) se simulan las condiciones lumínicas y espaciales de un terminal sobre distintos escenarios, incluso sobre nuestras manos. Estas pruebas después pasan a ser tests reales en dimensión y masa para obtener el feedback de betatesters y saber «qué sensación genera» ese dispositivo sobre unas manos.

Hacia 2013, muchos fabricantes abandonaron el plástico a favor de los acabados metálicos y el vidrio: ayudaba a distribuir mejor el calor, echando una mano a procesadores cada vez más potentes. Pero durante algún tiempo limitó el uso de curvas. Los revestimientos reflectantes sub-superficiales implantados a partir de 2014 concedieron al teléfono de toda la vida un carácter propio de la joyería, cierto sentimiento de exclusividad y personalidad propia.

Donde nosotros vemos simples esquinas redondeadas, los ingenieros ven una posibilidad de mejorar un teléfono, tanto a nivel interno como externo. Las curvas atienden a una combinación de practicidad y personalidad. Además son los puntos donde el material demuestra su mayor eficacia: resistencia, calidad de acabado y accesibilidad.

Una moda por necesidad

Ahora pongamos nuestro foco en la pantalla: una de las mayores revoluciones en diseño vino propiciada gracias al trabajo de los ingenieros de Corning. Ya en 2012 había 1.000 millones de dispositivos usando su tecnología; no son precisamente novatos.

Escena

Durante años, la pobre elasticidad de algunos materiales y la exigencia de baterías cada vez más grandes imponía restricciones geométricas que condicionaron los diseños. En 2010 algunos fabricantes experimentaron con el diseño tipo barbilla —el dock inferior doblado ligeramente hacia adelante— y los revestimientos con teflón. En 2012 se dio el salto a los revestimientos de policarbonato.

Estos avances alcanzaron un nuevo pico cuando LG presentó su G FLEX, un terminal ligeramente autorreparable que aseguraba que si arañábamos la pantalla, el revestimiento blando podía volver a su estado original frotándolo y calentándolo. De repente, la mayoría de fabricantes pedían pantallas curvas.

Una pantalla cóncava hace que un dispositivo móvil sea más legible a la luz ambiente

Durante estos años, los papás del Gorilla Glass han ido presentando distintos vidrios templados que podían doblarse hasta 80° sin quebrarse. Este equipo ya trabajó en modelos como Willow Glass —para LG—, un vidrio que se enrollaba como si de un plástico se tratase, gracias a su grosor es de 100 micrómetros.

En este caso, la curvatura cumple una distinta función. Si antes queríamos capturar los brillos para conceder cierta sensación de lujo, una pantalla cóncava hace que un dispositivo móvil sea más legible a la luz ambiente. ¿En qué se traduce esto? Sencillo: si la pantalla tiene menos posibilidad de capturar reflejos, mejora la vida útil de la batería, ya sea una pantalla adaptativa o simplemente condicione que el usuario no tenga que subir el brillo al máximo.

Dándole tiempo al tiempo

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G Flex no supuso un cambio de paradigma, pero sirvió para abrir un nuevo camino en torno a la ergonomía. Esa curvatura en el chasis nos enseñó que no todo debía partir de bloques monolíticos. Es decir, puso sobre la mesa una alternativa sobre la que trabajar e ir mejorando. De ahí nació el LG G Flex 2 y otros tantos teléfonos.

El problema, como es habitual, está en las capacidades de la materia. Un terminal nace siempre bajo una premisa básica: rango de precios donde competirá. Cuando nosotros, como lectores, oímos sobre materiales milagrosos como el grafeno, damos por seguro que los móviles podrían enrollarse como pergaminos. Pero el estado de pureza de estos materiales e implementación puede tirar por tierra cualquier alternativa de comercialización.

En todo caso, aquel movimiento hacia la pantalla curva, como el actual hacia la muerte del bisel tradicional, responde a ese equilibrio constante entre funcionalidad y estética. De hecho, hay mucho más de funcionalidad. No lo olvidemos: las líneas rectas apenas son tramos de una larga curva.

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